Semana
09
Charlies

EL GRITO DE UN PUEBLO

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Relato
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Últimamente, cada vez que veo alguna noticia sobre refugiados, víctimas civiles en guerras y otros horrores, por desgracia de terrible actualidad, me pongo a escribir. Las imágenes suelen ser todas impactantes, pero hoy he visto una que me ha llamado la atención de una forma dolorosamente especial. Es una calle ancha convertida en un gigantesco pasillo de escombro, y en medio, caminando hacia donde está el objetivo de la cámara, hay un hombre con un niño en brazo. Los dos tienen un gesto mezcla de horror, de desesperación, de angustia. La cámara ha cogido al hombre en pleno grito. Un grito mudo, pero que a mí me ha retumbado más que el bombardeo que lo ha provocado. Es el grito de un padre, el grito de un hombre. Es el grito de un pueblo.

Seguramente sea mi imaginación, pero todas las imágenes que se me quedan de esas catástrofes, las que durante días me persiguen, removiéndome, o tienen, o les pongo yo el mismo color gris plomizo por cielo. Esa misma imaginación, ahora me lleva hasta aquella calle.

No hay nadie. Huele a humo, un humo indescriptible, mezcla de madera, goma, algo dulzón, empalagoso. El viento sopla encarando una calle en ruina. Leí en un libro la descripción de una calle parecida, “los edificios parecían espectros”, decía, y eso me parecen, espectros de edificios que un día lucieron esbeltos y orgullosos, un día que fue ayer, hoy yacen inertes, fríos. 
Igual que he llegado hasta allí, con esa misma imaginación que me obliga a desahogarme, con esa misma necesidad, lleno de vida aquella ruinas.

En una de las estructuras a medio caer se veo perfectamente restos de lo que era una cocina. Hay un hombre trajinando sobre el fregadero, asomado a la media ventana que ha quedado,  mira hacia el horizonte. Por detrás aparece una niña en el umbral de una puerta que seguramente da al pasillo. Lleva una muñeca en los brazos. Le dice algo al hombre y este asiente mirándola con ternura. La pequeña sonríe y sale corriendo. Me llega de pronto el sonido de sus pasos rápidos. Se abre y se cierra una puerta y suenan de nuevo sus pasos, pero esta vez bajando peldaños. Miro los restos de fachada siguiendo el sonido, imaginando a la pequeña casi saltando por una escalera medio derruida en busca de la calle, en busca de juego. Mientras bajo la vista, me paro en lo que parece una biblioteca o un estudio. En una esquina hay una estantería inclinada en una posición imposible, aguantada por algo que no alcanzo a ver. Casi todas las baldas están vacías, pero hay una donde algunos libros desafían a la gravedad. Aparece una mujer de mediana edad, se acerca, y después de unos segundos, coge uno. Se  sienta en algún sitio, que tampoco puedo  ver, abre el libro y se pone a leer.
Vuelven los pasos de la niña, esta vez fuera. Intrigado, busco por donde ha podido cruzar la montaña de escombro que se interponía entre el edificio y la calle; lo veo imposible, pero el caso es que ahí está, mirando indecisa hacia los lados, hasta que de pronto parece decidirse y echa a correr hacia la izquierda, calle abajo. La sigo con la mirada.

La escena me sacude un poco. La realidad, por unos segundos, parece resquebrajarlo todo, amenazando con sacarme palabras que no quiero escribir. Por un instante, se separan escenario y protagonista. Por un lado escaparates, balcones, puertas, vigas, escayolas, hierros, cristales, mezclados en un caos perfecto, y por otro la niña con su muñeca, a cual más bonita, vestidas las dos de alegría, una corriendo, la otra volando. Escena y actrices parecen pertenecer a distintas historias, pero no es así, son parte de la misma, solo que de diferentes actos.

Mi mente se aferra a ese anacronismo, probablemente, de minutos; la calle llena de espectros de hormigón y la pequeña corriendo feliz. Como una flor en un desierto. Una imagen irreal, que me produce una sensación extrañísima y contradictoria, mezcla de la desazón de saber que el desierto termina secando cualquier intento de vida, y de la esperanza porque la flor germine más allá de todo pronóstico, que el gris del cielo no sea humo y la riegue, y que broten niñas con muñecas.

Escucho ruido al otro lado de la calle. Me giro y veo a un hombre y un niño, el niño lleva una pelota bajo el brazo. Esquivan trozos de muro y madera, con la más absoluta normalidad, mientras avanzan en la misma dirección que la pequeña. Un hombre en bicicleta pasa por el lado y los saluda levantando la mano, los dos le devuelven el gesto. Una anciana sale de entre los escombros que hay delante de ellos y camina en dirección contraria; también se saludan. Veo aparecer una pareja por donde se fue la niña, caminan agarrados. Y así, en pocos segundos la calle está llena de gente que va y viene, los edificios ya no parecen tan en ruinas. Las paredes que faltan, dejan ver a familias enteras: cocinando, fregando, cociendo, leyendo…, viviendo.

De nuevo la realidad quiere resquebrajarlo todo, dejando cocinas, salones y habitaciones vacías, libros por el suelo, bicicletas debajo de montones de escombro, trajes preciosos sucios y rotos, pelotas de futbol olvidadas en cualquier sitio, muñecas esperando, padres gritando. Y yo podría inventar algún drama de los que perfectamente pudo vivirse en aquellos momentos, pero veo la imagen del hombre con un niño en brazos, veo ese grito que nadie parece oír y no me apetece.
Me apetece seguir allí, como espectador, como un espectro más, confundido entre las ruinas. Y ver como la niña vuelve por la calle arriba abrazando a la muñeca, y escuchar una pelota botar entre voces y risas. Me apetece mirar hacia el cielo y sentir como me caen gotas frías en la cara. Descubrir o soñar que el gris plomizo no es humo.

 

Publicado la semana 9. 04/03/2018
Etiquetas
Relatos , La vida misma, La realidad , Guerra, Víctimas
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