Semana
08
Charlies

METAMORFOSIS

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Eran las tres de la madrugada. Había tenido una pesadilla muy extraña, y me levanté para escribirla antes de que el resto de la noche la distorsionase. No quería despertar a la mañana siguiente y no recordarla, como me había pasado tantas veces.

"Paseo por una calle ancha y recta. En la acera por donde voy, árboles en flor se alternan con farolas negras y altas. Hombre y naturaleza, qué contraste. Desde la derecha llega una especie de niebla dorada. Miro, buscando el origen, y veo un parque. La puerta, una cancela negra como las farolas, está abierta. Entro. Oigo voces y risas de niños que juegan. La niebla que llamó mi atención es una especie de polvo que parece nacer de ellos. Me quedo observando. Todos van vestidos con ropas coloridas y de sus espaldas salen pequeñas alas multicolores, que se agitan suaves, desprendiendo ese polvillo en cada aleteo como polen de flores arrancado por el viento. Todo, menos el albero del que están hecho los  caminos del parque, parece brillar.

Avanzo hacia dentro. Los niños aparecen y desaparecen de entre los árboles y arbustos corriendo y riendo.

Más adelante encuentro un banco gris, de patas de metal labrado y baldas anchas que parecen de madera, pero que están pintadas de ese color tan feo. Sigo. Otro banco, en este hay jóvenes sentados. Me acerco. No son niños, pero tampoco adultos, parecen en plena pubertad. Tienen también las alas detrás, pero están mustias. Apenas si se mueven, parece que agonizaran, los colores, presumo que antes vivos y brillantes, son tenues, pálidos, tristes. Alrededor de ellos las baldas del banco están cubiertas por una pátina de polvo dorado. Me doy cuenta de que ya no oigo las risas y voces de los niños, ya no los veo. Ahora me llega un murmullo incesante, un zumbido, es como si todo el mundo hablase, pero nadie quisiera ser oído. Los juegos, de pronto, se han convertido en secretos.

Continuo andando. A los lados, entre el camino y la zonas verdes, veo montoncitos de ropa colocados de forma regular, todos en la misma posición. Entre la ropa asoman alas, alas secas, como hojas otoñales que han cumplido su ciclo.

Oigo pasos, alguien se acerca, parece que con prisa. Aparece un hombre por uno de los carriles que se conectan al principal, por donde voy, y cruza por delante mía. En ese breve intervalo, de apenas unos segundos, mira el reloj dos veces. A dónde quiera que va, va tarde. Apenas si llego a ver su cara, pero juraría haber visto que está cubierta de pequeños pliegues; me repugna un poco. Viste de riguroso gris. Lo sigo con la mirada y al pasar junto a una farola, por un momento los confundo.

Me giro para seguir adelante y descubro que todo ha cambiado. El albero es lo único que sigue igual. El verde de alrededor ha desaparecido, en su lugar fachadas que se pierden en el oscuro cielo forman un claustrofóbico pasillo. Los bancos y farolas, que antes veía a cada cierto espacio, ahora se alternan uno tras otra como una procesión estática en busca de algún lejano punto de fuga. Las fachadas están llenas de puertas, rectángulos oscuros de donde comienzan a salir hombres y mujeres, todos con prisa, cada uno va en una dirección distinta. Estoy rodeado de gente que va y viene sin orden aparente. Cada uno parece inmerso en su propio mundo. Tengo la sensación de que la falta de tiempo es lo único que los une, la falta de tiempo y el gris, el color que ahora lo cubre casi todo.

Sus caras, estas si puedo verlas bien, son como había creído ver antes, acordeones de piel, decenas de pliegues deforman sus rostros y manos, dándoles la apariencia de repugnantes gusanos gigantes. Me fijo detenidamente en uno de ellos, e incluso en la ropa se adivina las protuberancias que cubren su cuerpo.

Sigo, y por un momento me uno a ellos. Asustado me miro las manos y me toco la cara, esperando los mismos pliegues, pero sigo igual. Aligero el paso intentando dejar atrás la barahúnda, de murmullos y protestas, que ahora me aturrulla.

Poco a poco disminuye el número de personas, hasta quedarme solo de nuevo.

Todo lo que me rodea ha vuelto a cambiar. El albero a desaparecido, piso sobre baldosas grisáceas. No hay bancos ni farolas. Paredes blancas me marcan un pasillo más claustrofóbico, más estrecho, pero con la misma indefinida altura.

Conforme avanzo aparece una niebla plateada. Sale de una puerta que hay al fondo. A pocos metros de ella encuentro montones de ropas apiladas en el suelo como antes, pero estás son oscuras. Mezclado con camisas, chaquetas y pantalones hay trozos de lo que parece piel seca y un líquido espeso que lo impregna todo. Paso asqueado y llego hasta la puerta. Entro.

No veo nada, solo niebla; ni albero ni baldosas, no se donde piso, ni bancos ni farolas, ni paredes ni árboles. No hay niños jugando ni jóvenes cuchicheando ni adultos corriendo. Yo y la niebla plateada, que en realidad es polvo como el que nacía de los niños. Levanto una mano y veo como cientos de motas de ese polvillo van depositándose en la palma, parece plata.

En ese momento salta aire, es suave, pero suficiente para dispersar la plata que me rodea, y descubrir que estoy rodeado de bultos extraños en el suelo. Decenas, cientos. Camino hacia delante esquivándolos, despacio y con cuidado de no pisar nada. Están por todas partes, al menos hasta donde me alcanza la vista.

Con más miedo que curiosidad, me agacho junto al que tengo delante,  y veo que son extrañas bolsas hechas de hebras de color marrón. Desprenden un olor raro, mezcla de óxido y aceite que me empalaga. Se mueven, como bebés que durmieran inquietos por alguna pesadilla. Me fijo bien en las hebras que ahora me parecen alambres, y me doy cuenta de que giran despacio; a lo que quiera que sea lo están envolviendo. Despacio acerco la mano y toco la que tengo delante.

Se estremece con mi contacto y suena un quejido; hay alguien dentro. Decidido agarro las hebras con las manos Intentando apartarlas. Antes de poder abrir ese entramado escucho algo que me hiela la sangre.

¡Papá!"

Me desperté con el corazón en la boca. Angustiado, me levanté y fui a la habitación de mi hija. Estaba durmiendo tranquila. Sentí una impotencia dolorosa. Sentí un miedo demasiado real. Miré el reloj de su mesilla, y lo maldije, a él, a sus malditas hebras, a esa maldita  crisálida.

Ojalá pudiera estamparlo contra el suelo, ojalá fuera suficiente.

Publicado la semana 8. 25/02/2018
Etiquetas
sueños , En cualquier momento , onírico
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