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Charlies

LA NIETA FUTBOLISTA

Se anudó las zapatillas sentada en la cama, se incorporó y se acercó al espejo que tenía enfrente para ajustarse la coleta. Había conseguido cortarse la larga melena por encima de los hombros, pero no pararía de incordiar a su madre hasta tener el pelo como de verdad le gustaba; lo odiaba largo. Bajó las escaleras a saltos.

—Me voy un rato al parque, hasta luego—le dijo a sus padres al pasar por el salón. Abrió la puerta de la calle y salió.

—No tardes —respondió el padre sin apartar la mirada del televisor.

La madre había dejado de coser el pantalón que estaba remendando y miraba por la ventana con rostro serio.

—No me equivoco, tu hija nos sale lesbiana. Mira que pintas lleva… —le dijo al marido, que seguía mirando la tele.

—¿Qué?

—¿Crees que es normal que la niña vaya a jugar a fútbol?

—No sé, hoy en día las mujeres también practican deporte. Lo que no me hace gracia es que esté rodeada de tíos, son todos unos salidos.

—Me da a mí que eso no es un problema. Ojalá que se le arrimara alguno.

EL marido volvía a estar absorto en la pantalla.

—¡¿Te haría gracia que a la niña le terminaran gustando las mujeres?!

Esa pregunta consiguió robarle el protagonismo a lo que quiera que estaba viendo. Miró a su esposa y luego hacia la puerta. Contestó después de unos segundos:

—Imposible, ¡qué vergüenza! Pero vamos, la culpa es tuya por dejarla vestir así. ¿Y el pelo? Con lo guapa que estaba con la melena.

—Pues quiere cortársela entera.

—Vamos, vamos, igual que el hermano. ¿Estamos locos?

—¿Culpa mía, dices? Si por mí fuera iría como Dios manda… Tenemos que hacer algo.

—Mano dura. Esta tarde se le leen las cuarenta. Se va a enterar.

Unos pasos desde la escalera los interrumpió. La abuela llegó hasta la puerta.

—Voy a pasear un rato, que está la mañana muy buena.

—Ten cuidado, madre —le dijo la hija—, que hay muchos niños con patinetes y bicicletas.

—No te preocupes, hoy no me apetece montar. —A pesar de la broma, miraba seria—. Adiós.

—Adiós —respondió el yerno, de nuevo hipnotizado POR LA CAJA TONTA.

La abuela no iba a pasear. No era su intención aprovechar la mañana para andar un poco. Había oído toda la conversación y no se lo pensó, iría a buscar a su nieta. Tenía que hacer algo.

En su cabeza, como una vieja letanía, le retumbaban las palabras lesbiana y vergüenza, vergüenza y lesbiana; por nada del mundo lo permitiría. Se fue adonde jugaban al fútbol, una explanada junto al parque, y allí estaba su niña corriendo, rodeada de chicos. Se acercó a un árbol para apoyarse. “Los años no perdonan”, pensó, y esperó a que acabara el partido.

Al poco de llegar, la nieta la había visto y la había mirado extrañada; era la primera vez que la abuela iba por allí y se asustó, pero esta la tranquilizó con un gesto y una sonrisa. Al terminar corrió hacia ella.

—Abuela…

—Qué bien juegas. He pasado por aquí y me he dicho, “voy a ver a mi nieta dar una paliza a los chicos”, ¡y vaya! eres toda una figura.

Las dos sonrieron. En ese momento se acercó una chica y la abuela lo notó enseguida; hay miradas especiales, que hablan, que no necesitan nada más, miradas como aquella que se dedicaron las dos. A su nieta se le iluminó la cara, y a ella un recuerdo lejano, inolvidable, la hizo tragar saliva y esforzarse para no derramar dos lágrimas mezcla de dolor y orgullo.

—¿Abuela? —preguntó la nieta preocupada.

—Estás muy guapa con la melena más corta…, pero hay que convencer a tu madre para que deje quitártela entera.

—¡Abuela! —No pudo evitar emocionarse, se acercó y la abrazó.

—Se feliz, cariño —le susurró.

—Gracias.

Las dos rompieron a llorar.

Publicado la semana 79. 07/07/2019
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