Semana
06
Charlies

LA ESTACIÓN DEL TIEMPO (I)

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¿Qué hace ahí?
Anda sin saber a dónde ni porqué. Bajo los pies, tierra desértica, cuarteada, seca, sobre la cabeza, un cielo de color terroso, igual de cuarteado y seco. Tiene la extraña sensación de que sí cayera, si perdiera en algún momento el equilibrio, no sabría hacia dónde levantarse. 
“No estaría mal levantarme al revés”, piensa,  “y  aliviar los pies. Mejor caminar sobre nubes marrones, sucias, viejas, oxidadas, pero nubes, aun a riesgo de encallar la cabeza en una de estas grietas traicioneras, sin esperanza de deshielo.” Sonríe ante lo absurdo de sus pensamientos, y la mueca le hace sangrar los labios secos y cuartados también, como todo lo que lo rodea. “O tampoco estaría mal caer en una de ellas, reducido al tamaño de un insecto, y perderme en este laberinto de erosiones infinitas”.
No sopla ni una brizna de aire, el calor asfixia, le quema  la piel, los pulmones. Lo Abraza. 
Sigue andado. No recuerda desde cuando, no sabe hasta cuando. Sin horizonte por referencia, sin sol ni estrella por  brújula. Ni día ni noche. ¿Quién o qué marca el tiempo? ¿y el espacio? 
Y si ese manto beis que lo cubre todo no fuera sino una gigantesca esfera opaca, que girara movida solo por sus pasos, como un insignificante roedor. Se lo imagina. Convierte todo lo que lo rodea en una bola, pero no gigantesca, pequeña, y el dentro, observado desde algún sitio por alguien o algo, con el entusiasmo tan maravillosamente inocente de un niño.
Pero no, aparece un punto, una pequeña mota marrón. De pronto todo se vuelve más real, hay algo, un dónde, un destino. Parpadea varias veces para descartar la alucinación. Para su alivio sigue ahí. 
“Por fin”. 
Quiere avanzar más rápido, pero las fuerzas no dan para tanto. 
La mancha marrón crece a un ritmo que lo desespera.
“Llegaré. Llegaré… llegaré”. 
La impaciencia hace que el hambre y la sed se vuelvan más insoportables aún. Pero barajando posibilidades, ¿y si aquello hacia lo que avanza está lejos de ser un oasis? La incertidumbre y el miedo apacigua un poco las necesidades fisiológicas.
Después de mucho, la mota, el punto, comienza a coger forma. Sus pasos van dando fruto, la mancha se vuelve lugar. Intenta desde la distancia, que aún es considerable, distinguir que es. “Parece… ¿un reloj? “ Sin detenerse, se refriega los ojos intentando eliminar la cortina de polvo que tiene que estar distorsionando la imagen, pero no, o es o parece un reloj.
Gigantesco, de dimensiones catedralicias. Cada vez lo ve más claro. Más que un reloj parece un despertador de mesa de color cobrizo, de esos que tienen dos campanitas arriba, en este caso campanas, y que, a la hora fijada, son golpeadas por un martillo con un rápido movimiento pendular.
Aquella visión le despierta un recuerdo, le araña la memoria desenterrando de lo más profundo, casi donde yace el olvido, su despertador plateado y su tictac, su esfera beis con números romanos de color oscuro y sus agujas, lentas hasta la desesperación, cada vez que su sonido rítmico no lo dejaba dormir. Ese recuerdo no viene solo, de pronto la soledad le suena a engranaje... 

 

Publicado la semana 6. 11/02/2018
Etiquetas
Relatos , En cualquier momento
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