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Charlies

DOS MINUTOS Y TREINTA Y SIETE SEGUNDOS

DOS MINUTOS Y TREINTA Y SIETE SEGUNDOS 

 

Con una hoja de papel y cinco dobleces hechos con la precisión y conocimiento, que sólo un niño puede tener, en simetría y aerodinámica, se puede hacer magia.

Siempre que veo un avión de papel me viene a la mente mi amigo Migue, el día que murió de lo primero que me acordé fue de su avión de papel que voló durante más de dos minutos, exactamente dos minutos y treinta y siete segundos. Con la memoria tan pobre que tengo resulta raro que me acuerde del tiempo que estuvo el avión volando sobre los olivos, pero es así, lo recuerdo perfectamente, recuerdo aquel momento: Los dos mirándolo asombrados, yo con el cronómetro de mi reloj Casio, y él sonriendo orgulloso. Hacíamos buenos aviones de papel, pero ninguno voló como aquel. Nos poníamos en la valla que separa la barriada de mis padres del olivar que está más abajo; las copas de los árboles quedan casi a la altura de la calle. Lanzábamos los aviones y mirábamos el tiempo que aguantaban en el aire. Aquel momento fue casi mágico; comenzó a dar vueltas en círculo cerca de uno de los olivos y no caía, bajaba, y cuando parecía que iba a aterrizar en algún matorral, volvía a subir. El día que mi madre me dijo que mi amigo Migue había muerto en un accidente de moto, de eso hace unos veinte años, me asomé al balcón, y vi el avión dando vueltas, volando, y lo vi a él feliz y orgulloso, y sentí mucha pena. No llegamos a ser los mejores amigo, pero lo apreciaba mucho, y sé que él a mí también. Migue era demasiado sincero, una sinceridad que llegaba a ser cruel en algunos momentos, era muy buen chico, siendo casi dos años mayor que los demás jamás se aprovechó de eso, jamás humilló a ninguno, no abusó de su supuesta superioridad, ahora, escribiendo, estoy intentando recordar, y creo que nunca lo vi pelearse con nadie, si lo vi no lo recuerdo. Yo le tenía mucho cariño. Hace poco fui a tomar café al bar de la barriada, ahora lo tiene un hermano suyo. Estaba en la barra distraído, curioseando, llevaba muchos años sin entrar allí. Justo delante de mí vi una pequeña fotografía pegada con fizo en los azulejos. Me sentí muy mal, no lo reconocía, murió hace veinte años, pero hacía algunos más que no lo veía, y ahí estaba, mirándome; no sé, pero tuve la sensación de que seguro que él a mí sí me hubiese reconocido. Me dio mucha pena verlo ahí, al lado de un almanaque, cerca de la cafetera, casi nadie de los que entran en el bar lo reconocerán, y por supuesto no lo echarán en falta cuando el fizo ceda a la gravedad, o su hermano decida colocarlo en un lugar más íntimo. Siento vértigo pensando en lo insignificante que somos, en lo que el tiempo termina convirtiéndonos antes de hacernos desaparecer. ¿Volaría su foto si la doblase? Me la imagino dando vueltas cerca del árbol, y el cronómetro detenido. Fragmentos de su cara convertidos en alas mirando hacia el cielo. Algún día no habrá bar, algún día no estará su foto despertándome recuerdos, algún día no estaré yo, y los dos minutos y treinta y siete segundos no significará nada para nadie. Sin embargo, me gustaría creer que igual que la energía no se destruye, con la amistad pase algo parecido, y que algún día dos niños paren un cronómetro, asombrados y orgullosos de su capacidad para desafiar a la física.

Probablemente no te lo creas, pero me acuerdo mucho de ti, me caías muy bien. ¿Sabes? se siguen vendiendo los Casio F91, pero ya no se hacen tantos aviones de papel, y por supuesto ninguno vuela dos minutos treinta y siete segundos, sigues teniendo el récord. Ya no se juega al pincho ni se ven a los niños sentados en un coro con barajas de cartas y estampas de futbol. Pero seguro que hay buenos amigos soltando verdades que escuecen. Hace poco hice un avión, llevaba mucho tiempo sin hacer uno, no tenía reloj, y menos mal, porque cayó en picado; mi hijo se rio mucho. Me he hecho mayor, Migue. 

Publicado la semana 55. 15/01/2019
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En cualquier momento , Recuerdos
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