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Charlies

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

Era finales de año, C, curioseando en Internet encontró un artículo que se titulaba, “Las mejores imágenes del año”, el enlace se abría pinchando sobre una de ellas, que después de verlas todas le resultó la más impactante. La imagen mostraba en el centro a un grupo de personas con chalecos salvavidas rojos flotando en plena alta mar, la instantánea estaba claramente dividida en dos, a la izquierda de ellos el agua brillaba y el cielo, aunque cubierto, era de un gris plomizo claro, casi traslúcido, luminoso, sin embargo, a la derecha el mar se veía apagado, negruzco y el cielo estaba cubierto con una gigantesca nube que lo oscurecía todo. Al pie de la instantánea el texto rezaba: “Refugiados y migrantes esperan a ser rescatados…”, La imagen era una metáfora perfecta, pensó. Sobre ellos una tormenta esperando al acecho, y debajo el agua de una mar implacable y cruel, una mar que se traga la vida y vomita muerte. A un lado claridad, al otro oscuridad, y ellos en la frontera, irónico. Las fotografías son mudas, pero para él esa era ensordecedora: el rugido del agua, los gritos de pánico, los llantos de impotencia. Se quedó pensando si llegarían a ser rescatados todos, si la tormenta, la oscuridad que los acechaba, se disipó, si la frontera en forma de nube que flotaba sobre ellos se la llevó el viento, ojalá. Los compadeció. Y deseó que las demás fronteras, esas que no son nubes, sino muros, alambres y soldados también se las llevara el viento, pobre iluso.

La imagen le recordó, sin saber por qué, a “El jardín de las delicias”. Simplificado, a su forma, esa imagen tenía algo de tríptico que, como el de El Bosco, a su izquierda mostraba el paraíso, brillante, con un cielo luminoso, un lugar prometido, en el centro el pecado, (que mayor pecado que no amar al prójimo), y a la derecha el infierno, con un solo pozo gigante, negro, con la diferencia de que en ese infierno no flotaba ni se hundían los demonios.

El resto de fotografías eran todas terribles también, todas dramáticas, Las mejores imágenes del año, qué título más inapropiado.

C quería terminar el año con un cuento de Navidad, como llevaba dos años haciendo. Un cuento que dejara un bonito mensaje, pero se puso delante del cuaderno y solo le apetecía escribir para desahogarse, y escribió, escribió sobre su propio jardín de las delicias donde el paraíso era un inmenso parque lleno de niños jugando y saltando a la comba, a la rayuela, y no alambres y fronteras, lleno de chicas jóvenes corriendo por placer y no por miedo, lleno de mujeres y hombre tan iguales como diferentes. Pero en el centro de ese tríptico, más real, escribió sobre los pecados, pecados lejos de manzanas y serpientes, describió al ser humano. Y más allá, en el ala derecha de ese mural de papel, que se hacía gigantesco palabra a palabra, escribió su propio infierno, lo llenó de demonios y brujas indeseables, abominables, innombrables, y escribió sobre muros infranqueables rodeando desiertos, sobre barcos repudiado, a la deriva, lleno de chalecos rojos, escribió sobre ríos de personas caminando entre ruinas, sobre padres buscando en medio de la nada. Escribió nombres, describió imágenes que lo estremecieron, y pudo seguir hasta quedar vacío, sin palabras, pudo continuar, hasta quedar exhausto, pero paró, y leyó, y releyó. El Bosco llenó su infierno de criaturas terroríficas usando colores y formas extrañas, deformando, llenando el lienzo con seres imaginarios e inimaginables. Él, sin embargo, tenía delante sus propios pozos del mismo terror dantesco y todo lo leía y releía demasiado real, demasiado. Cerró el cuaderno con la misma sensación que últimamente le dejaban sus escritos, con la sensación de que escribía sólo para él. Aquel, como otro relatos que tenía guardado en su cajón, no le iba a interesar a nadie, y lo guardó. Ese año C no tuvo cuento de Navidad.

 

Publicado la semana 52. 30/12/2018
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En cualquier momento , Realismo
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