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Charlies

C Y LA UTOPÍA DE LAS PALABRAS

A C le encanta San Julián, lleva viviendo más de dos años en esa ciudad, le gusta pasear por sus calles y sus parques, lo que más le atrae y admira de ella son precisamente los parques, hay muchos y muy cuidados, y él disfruta cruzándolos o sentándose en sus bancos, donde pasa horas leyendo o simplemente observando a los transeúntes. Está en San Julián por trabajo; tiene a su esposa y a su hija en su ciudad natal a más de doscientos kilómetros, y los fines de semana los pasa con ellas. C se plantea traérselas allí, y que San Julián termine convirtiéndose en su ciudad adoptiva. Es una decisión difícil, sobre todo por su niña, a esa edad se adaptan rápido a todo, pero lo entristece pensar que la aleja de su cole, de sus amigas y amigos, de sus abuelos, del resto de su familia; es verdad que no estaría demasiado lejos, pero sabe que la distancia, sea cual sea, es eso, distancia, y la distancia siempre termina haciéndose insalvable. C tiene familia, sin embargo, pasa casi todas las noches solo, a veces llora, a su forma, mirando la cama individual y fría donde no entra el calor que necesita. Algunas madrugadas lo despierta el frío, y en medio de la oscuridad se revuelve un poco, aprieta los ojos y ve su habitación, ve a su mujer y a su niña dormidas, abrazada como las dejó la madrugada de ese domingo antes de irse, dándoles un beso en sus mejillas cálidas y suaves, pagaría lo que fuera por que el sueño lo llevara hasta allí, solo para besarlas.

 

El parque que más frecuenta C está a cinco minutos de donde vive, es un cuadrado perfecto atravesado por dos calles anchas adoquinadas que se encuentran en el centro formando una cruz que lo divide en otros cuatro cuadrados, cada uno de ellos está diseñado de forma distinta: en uno hay un lago artificial, en otro unos pequeños caminos que llegan serpenteando hasta el centro donde hay una marquesina, allí a veces ve grupos de personas haciendo alguna actividad, otro es un jardín cubierto de flores que en primavera se vuelve multicolor, y el otro está lleno de atracciones infantiles. En el centro de todo el parque, donde se encuentran los caminos principales, hay un faro marinero a pequeña escala. C se sienta casi siempre en el mismo banco, cerca del faro, allí pasa horas, a veces leyendo, a veces solo mirando. Ve pasar a los transeúntes y le gusta imaginar a dónde van o de dónde vienen, les pone nombres, les da familia, un pasado, los lleva y los trae de infinidad de lugares y hogares. C escribe sobre ellos, tiene un cuaderno donde da vida a los transeúntes que pasan por el parque del faro de la San Julián de su imaginación. Pero hace unos días vio una noticia que ha conmocionado al país entero, la muerte violenta de una joven que había salido a correr sola. Horrorizado, tardó unos minutos en recordar algo que lo estremeció, se acordó del primer personaje que cobró vida en su cuaderno. Fue a su habitación, se sentó en el escritorio y lo abrió. “Una joven de pelo castaño y largo, recogido siempre en una cola, pasa corriendo todas las tardes sobre las cinco y media, vive sola a un par de manzanas de allí. Trabaja en una gestoría. Después de correr llega a su casa, se ducha y prepara algo de cena. Le gusta la música, sobre todo el jazz, en su casa, casi siempre suena jazz. En una habitación que usa de estudio, con algunas estanterías con libros y discos, tiene, debajo de la ventana, un escritorio con un pc, un lapicero con algunos bolígrafos y un cuaderno que usa de diario. Allí escribe todas las noche, la mayoría anécdotas sin importancia, pero en alguna que otra página…” lo había dejado ahí, era apenas un esbozo, una idea, no sabía si abriría el diario, si buscaría entre sus hojas algún amor o desamor, no sabía si haría de aquella joven algo más que un borrador en la página de un cuaderno. Aquella terrible noticia, aquella inoportuna coincidencia lo descolocó, C, en sus ínfulas de escritor, intenta retratar el día a día con realismo, hurgar en la personas, buscar hasta en el más simple de los gestos algo de lo que aprender, C cree o quiere creer que de algún modo, las palabras pueden humanizar, pero la realidad a veces se vuelve tan oscura, tan desesperanzadora que siente ganas de abandonarlas. Mira el borrador y recuerda la noticia y se siente mal y cierra el cuaderno y sale a la calle y pasa por el parque, pero no se sienta en el banco, sigue hacia donde pasa todas las tardes la joven del pelo castaño, la real, a la que no conoce, la que lo inspiró. Camina como si siguiera sus pasos. Mira las personas con las que se cruza, y se pregunta si de verdad ese hombre que hay un portal o aquel que acaba de bajar de un coche o el que pasa conduciendo un furgón de reparto o el joven que va en bicicleta o él mismo pueden ver a una joven, como ella, y no verla como lo que es, una mujer, se pregunta qué cómo pueden sentir deseos de violentarla, y no de ser protagonistas de su diario. C vuelve a su casa de San Julián triste, pensando que allí como en cualquier otro lugar una joven que corre no puede correr tranquila. Se vuelve a sentar delante del cuaderno, pero no lo abre, no le apetece; tal vez no merezca la pena continuar. Está anocheciendo, y C sólo tiene ganas de acostarse y que lo despierte el frío en plena madrugada, para poder apretar bien los ojos.

 

Publicado la semana 51. 23/12/2018
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En cualquier momento , Soledad, Realismo
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