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Charlies

MI QUERIDA MAGA

Metió la carta en un sobre, lo cerró y puso la dirección de su casa en el dorso. Cogió una nueva hoja y se dispuso a escribir otra. A ella. 

Tenía decidido aprovechar el valor que la distancia y la palabra escrita le darían, sin embargo, le temblaba la mano, como le tembló la voz la tarde antes de partir. Había estado a punto de decírselo. La tuvo delante, mirándola incómodo, despidiéndose sin querer despedirse, pero antes de que las dudas y el miedo dejasen pasar esas dos palabras, ella se había marchado y él caminaba hacia su casa, arrepintiéndose otra vez. 

Miró la hoja en blanco, sin saber como empezar. 

«¿Querida…?» 

Decidió empezar con el cuerpo de la carta y dejar el saludo para el final. 

“¡Aquí estoy! ¡Lo hice! 

Esto es increíble, es impresionante lo que está ocurriendo. Nada de lo que te he contado, de lo que me han contado, nada es comparable a vivirlo. 

Aquí hay miles de personas que lo han perdido todo, que apenas se tienen los unos a los otros, algunas ni si quiera eso. Refugiados los llaman, pero no encuentran refugio, caminan por tierra de nadie y nadie los quiere, vienen de abandonar sus casas, sus ciudades, solo buscan seguridad, pero un muro invisible, de la altura y el grosor de nuestra vergüenza, les prohíbe el paso. ¿Tenemos derecho? ¿Tenemos los demás derecho a negarles cruzar nuestras fronteras? Frontera, que palabra más fea y más injusta. 

Sabes que este era uno de mis sueños, me siento muy feliz, sabiendo que los estoy ayudando. Estas personas no se merecen la odisea que están viviendo, es indignante ver a pequeños con abrigos gigantes y padres ateridos, por el frío de los dos. Esas y otras imágenes tan duras como bellas, se me están grabando en el alma. 

Hoy al atardecer me he acordado de ti y de aquella tarde que pasamos en la sierra, ¿Te acuerdas? Miramos como las sombras de los árboles y las rocas se iban estirando, “Es curioso, parece que huyen”, dijiste. Para cuando el sol se escondió detrás del monte, todas se habían convertido en una, que lo cubría todo. “ha sido en vano; la sombra gigante —como llamaste a la sombra del monte—, se las ha terminado comiendo”, continuaste, sonriendo. Fue muy bonito ver como el cielo cambiaba de color hasta oscurecer y encenderse de estrellas poco a poco.” 

Dejó de escribir. Quería seguir diciéndole, que sobre todo, fue muy bonito verlo junto a ella, pero no se atrevió. 

“Aquí las sombras no eran de árboles y rocas, eran de personas, y no me ha parecido que huyeran de la sombra del horizonte, si no de una mucho más grande y oscura, que ni el sol es capaz de borrar. 

El cielo está igual que entonces, totalmente despejado, pero las estrellas brillan mucho más fuerte, es hermoso, muy hermoso. Me pregunto si no intentarán aportar esa luz, que la tierra les está negando. 

Bueno no quiero deprimirte mucho. ¿Estás leyendo el libro que te regalé? Conociéndote seguro que sí y seguro que te estará gustando. Tenía ganas de que lo leyese, es un poco complejo, pero como te dije, para mí es una maravilla. Yo tengo aquí el mío para releerlo, es el único que me he traído, de todas maneras no es que pudiera traerme muchos.” 

Dejó de escribir de nuevo. Quería decirle que la echaba de menos, que le encantaría que estuviera con él, viviendo aquella experiencia y leyendo juntos en los ratos de descanso “Rayuela”, su libro favorito, como ya habían hecho con otros, quería decirle, que para él, ella era la Maga, pero seguía temblándole la mano. 

No se imaginaba que fuera tan difícil decir “te quiero” por primera vez. 

“Bueno, mañana seguiré escribiéndote, aunque estoy deseando contartelo todo en persona. 

Un abrazo.” 

«Te quiero», pensó. 

Releyó la carta despacio, igual que la última tarde, intentaba retrasar la despedida. Faltaba el saludo, «el saludo», en ese momento lo tuvo claro. Cogió el bolígrafo y escribió: 

“Mi querida Maga”.

Publicado la semana 48. 02/12/2018
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En cualquier momento , Refugiados
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