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44
Charlies

MONEDAS

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Hacía mucho frío, había llovido durante todo el día y el viento helaba. C salió a buscar un cajero para sacar algo de dinero. De paso paró en una administración de lotería y echó un boleto. Caminó un par de calle y en la misma donde estaba el cajero a unos cien metros, sentados en el suelo frente a un supermercado, se cruzó con dos jóvenes pidiendo con una taza de latón y un cartón donde habían escrito, “gracias”. Estaban sentados juntos, con gorros y abrigos, y al lado tenían una especie de mochila grande. Le sorprendió un poco que fueran tan jóvenes, veinteañeros, viajeros aventureros al que algún imprevisto los tenía en la calle, supuso. Buenas noches, le saludó uno de ellos sonriendo. Le devolvió el saludo y siguió hacia el cajero. Cada vez que ve un mendigo pidiendo en la calle C intenta adivinar, si está por necesidad, o por vicio o picaresca; a C le indigna que haya personas que se aprovechen de la generosidad de los demás. Esos dos jóvenes, no sabía si por el frío que hacía y que estarían pasando o por la sonrisa del que lo saludó, que la vio sincera, pero la verdad es que le parecieron necesitados de verdad, sin embargo, había pasado de largo. En los metros que le faltaban hacía el cajero y luego mientras esperaba el dinero, no dejó de pensar en ellos. Miró en su monedero y tenía casi dos euros en monedas. De vuelta, hasta llegar a la altura de ellos, vio como pasaban por delante dos personas y ninguna pareció verlos o escuchar sus saludos. Llevaba las manos en los bolsillos, en una jugaba con las monedas que había sacado del monedero; las notaba calientes. Al llegar a su altura se agachó y las dejó en la taza. Los jóvenes le dieron las gracias varias veces casi emocionados. Alcanzó a ver el interior de la taza, dentro había un par de monedas de poco valor. A ellos a penas los miró con una sonrisa tímida. Les dejaba unas monedas, pero no sé sentía bien del todo; llevaba varios billetes en la cartera y un boleto de lotería, con el que soñaba viajar por todo el mundo.

C siguió hacia su casa con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos refugiándose del viento. Echaba de menos el calor tibio de las monedas. Pensó que ellos, más que el dinero, hubieran preferido un poco de ese calor. Mientras llegaba y luego al abrigo de su hogar no dejaba de pensar en ellos. ¿Pasarían la noche en la calle? ¿Por qué estaban allí? Sin embargo, le vino de repente un recuerdo de no hacía mucho tiempo. En los alrededores de un centro comercial, yendo con su hijo de la mano, pasó por delante de un mendigo, (que palabra más fea) era un hombre mayor, con el pelo y una barba larga de un blanco amarillento, también hacía frío. El anciano le guiñó un ojo a su hijo. ¿Por qué está ese abuelo ahí sentado? le preguntó el pequeño. Está pidiendo dinero porque lo necesita, le dijo. ¿Por qué lo necesita? Porque es pobre y no tiene trabajo. C se detuvo y le preguntó: ¿Quieres dejarle una moneda? Sí, papi, respondió emocionado. Le dio una y se volvieron para que se la dejara en un plato que tenía delante. Gracias, pequeño, le dijo el hombre guiñándole de nuevo. El pequeño se volvió con timidez. El anciano y C se sonrieron. Ya le has ayudado, le dijo revolviéndole un poco el pelo. Su hijo lo miró orgulloso. Pero un rato después, en una tienda de electrónica, esperando en una caja para pagar, C vio al mendigo; llevaba en la mano un aparato que lo sorprendió para mal. En un primer momento sintió una punzada de rabia; aquel hombre lo había engañado a él y a su hijo, pero viendo la carita feliz de su niño y como le hablaba de sus cosas, ajeno a todo, pensó en lo bien que se había sentido y la rabia se disipó. Te quiero, enano, le dijo revolviéndole de nuevo el pelo. Y yo a ti, papi. La satisfacción de su pequeño valía más que cualquier capricho, tuviera el precio que tuviera. Pensando en aquello no pudo evitar en sopesar también la posibilidad de que los dos jóvenes estuvieran malgastando la miseria de su taza en vicios. Por un momento se los imaginó en algún local bebiendo y consumiendo a costa de la poca generosidad que hay en la calle. Al fin y al cabo, pensó, ¿qué más da lo que hayan hecho? Si lo necesitaban de verdad ojalá estén en algún lugar caliente pasando la noche, y si no es así, que al menos hayan servido para que algún niño sintiera lo mismo que mi hijo aquel día.

Publicado la semana 44. 04/11/2018
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En cualquier momento , Relatos
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