Semana
04
Charlies

EL BALCÓN DE MI INFANCIA (II) La caja de galletas.

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Relato
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La caja metálica que me dio mi madre, es una de esas cajas de galletas danesas con detalles de paisajes costumbristas. La he visto muchas veces por mi casa. Sabía que ahí guarda algunos recuerdos, pero nunca le había prestado demasiada atención. 
Volví al salón y me senté con la caja delante. Es increíble el sentimiento que pueden  despertar unos papeles. Fui sacando algunas fotos, había muchas en blanco y negro y algunas a color. Una de las más antiguas era el retrato de mis abuelos maternos. A mi abuelo lo tengo retratado a lápiz y le he dedicado un pequeño relato basado en un recuerdo, que sinceramente, es un recuerdo que mi madre ha hecho mío; yo era muy pequeño para acordarme de mi abuelo llevándome a la barbería, como cuento en la historia. De mi abuela, sin embargo, no tengo nada. Seguramente no lo he hecho todavía, porque de ella sí guardo bastante, y no he sentido la misma necesidad. Ella no hace demasiado que se fue.
Otra foto, esta a color, es de mi abuela sentada en su butaca, con “Linda” echada a sus pies. Linda era la perra que vivió durante muchos años en mi casa. Cómo echó de menos los pies de mi abuela.
Otra punzada de nostalgia. 
He dicho que no hace demasiado que se fue, pero cómo acelera Cronos conforme avanzamos. Hace más de diez años que no está.
Esas fotos me llevaron al recuerdo de otra, a un cuadro que había colgado sobre su cama. Mi abuela, desde que mi abuelo nos dejó, vivió en casa de mis padres. En la pared donde pegaba su cama, colgaba un cuadro con el retrato de un niño de unos cinco años; era su hijo, que murió con esa edad. Allí estuvo el cuadro, acompañándola y velándola hasta el último momento. Lo único que yo sabía de ese tío mío es que falleció casi con esa edad. Pero un día hablando con mi madre, me contó algo que me estremeció y me hizo compadecerme de ella.
Mi abuelo estuvo cuatro años fuera, creo que en el servicio militar, durante ese tiempo mi abuela, con tres hijos y en plena posguerra, se dedicó al estraperlo de azúcar, café y otros productos que, por aquellos años, eran tan difíciles de conseguir como de pagar. ¿Qué no pasaría por esos caminos buscando e intercambiando, sola? Lo que me contó mi madre y que me heló la sangre es, que cuando mi tío murió, se encontraban en un pueblo vecino. Entonces donde morías te enterraban, y mi abuela no estaba dispuesta a dejar a su niño allí. Lo cogió en brazos y caminó fingiendo que lleva a su hijo dormidito. 
Qué camino más largo.
Miré la foto en blanco y negro, ¿sería de antes o después de aquello? Sentí lástima por ella, y admiración.
Durante muchos años mi hermano y yo dormimos en la misma habitación que mi abuela. Yo en la cama de arriba de una litera y prácticamente a esa altura tenía el cuadro de mi tío al otro lado de la habitación. Ese retrato lo he mirado durante hora, pensando, imaginando como sería, como hubiera sido. No sé porqué, pero me lo imaginaba, tímido. Vestido con la camisa beis y el peto marrón que lleva en el retrato. Esa imagen está retocada con pintura y siempre que pensaba en él lo veía así, como salido del cuadro, con esos tonos pálidos e irreales. Medio escondido detrás de mi abuela, a ella la veía de negro, siempre la vi de negro, ese riguroso luto al que estaban condenadas aquellas mujeres que, o lo guardaban por sus padres  o lo guardaban por sus maridos. Para ella fue eterno.
Lo imaginaba en la azotea de la casa de mi abuela. Tengo mala memoria y me duele, me aferro a algunos recuerdos con desesperación, la casa de mi abuela es uno de ellos, pero va diluyéndose,  las imágenes se me distorsionan: La azotea, a la que se accedía desde la cocina que estaba a la izquierda, y la distribución de las habitaciones, todas a la derecha, comunicadas por un pasillo que, en mi imaginación más que en mi recuerdo, es muy largo, de tal manera, que a excepción de la cocina, tenías que pasar por toda la casa para llegar a la última habitación. Allí dormía yo con mis hermanos, (durante la enfermedad de mi abuelo vivimos en su casa) el día que mi madre y mi abuela nos despertaron llorando y nos prepararon, para que mi padre, cogiéndonos en brazos y de la mano, nos llevara al colegio. Yo tenía cinco años. Pasé por la primera habitación de la mano izquierda de mi padre. Me llevaba pegado a su cuerpo con firmeza; algo pasaba. Miré hacia la cama de mi abuelo y ahí estaba él boca arriba con un pañuelo tapándole la cara. Sin tener edad para entender ni nadie que me lo explicara, me fui al colegio sabiendo que mi abuelo había muerto. Ese es el único día que recuerdo de mi primer curso en primaria: sentado junto a la ventana, mirando hacia la calle, el cielo nublado, la maestra, delgada y morena, (no recuerdo el nombre), dando la clase, y yo pensando en mi abuelo, imaginando y preguntando al cristal, haciéndome un poco más mayor, dejando una pequeña porción de infancia en el cielo plomizo de aquella mañana de octubre. 
A ese recuerdo no tengo que aferrarme, cada vez que paso cerca del colegio, las ventanas de la primera planta que dan al patio, se encargan de mantenerlo vivo.

Se me dispara la imaginación y no sé si escribo soñando o recordando, y se me mezcla esta realidad que guardo, que quiero guardar, con la de un niño que hace décadas que no está, y que también soñaba, y que también se aferraba a los recuerdos con la misma fuerza, sin éxito.
Miro por una ventana empañada. Paso la mano por el cristal eliminando esa pátina de tiempo y veo una azotea con un niño jugando entre sábanas blancas y trajes negros. Huele a geranio, a jabón lagarto y a humedad. Deja de jugar y baja por una estrecha escalera que lo lleva a una cocina de puertas vencidas, con fregadero y Butano viejo. Huele a especies, a puchero, a café, a humedad. Sale de la cocina y se encuentra en una pequeña salita: hay un sofá, un mueble con una pequeña televisión, donde echan una corrida toros, y una butaca con un anciano sentado. Se acerca al él, que sonriendo, le da un pequeño bloc de notas y un bolígrafo que ha traído de la cantina; le gusta ver dibujar a su nieto. Abre el bloc y va pasando las hojas; están llenas de dibujos a lápiz, de detiene en una donde hay un retrato, lleno de arrugas. Lo ha reconocido, levanta la vista, pero la butaca está vacía. Mira al otro lado de la salita, hacia una puerta. Ahí no quiere entrar, no se atreve; sabe, sin entender, que al otro lado hay demasiada realidad. Pero es inevitable. Entra. Hay una  habitación a la izquierda, con una cama en el centro, alrededor varias personas, olvidadas casi todas, silencio y velas. Huele a cal, a cera, a alcanfor, huele a pena. No quiere mirar hacia la cama; no le gustan los pañuelos. Sigue hacia adentro, otra cama cubierta con una colcha de estampados florales, sobre la almohada hay una muñeca vestida de encajes beis, con sonrisa siniestra. Huele a miedo infantil, a nostalgia. Sigue. En otra habitación, la última, la cama está desecha, con varios pijamas pequeños esparcidos encima. Junto a la cama hay una mesilla con un paño de croché también beis, todo es beis o gris, y un despertador. Su tictac le retumba en los oídos, en el pecho. Huele a prisa, a dolor, a impotencia, a ignorancia, a inocencia. En la pared de la derecha hay un cuadro. Se acerca. Le pasa la mano para quitar la capa de polvo que lo cubre, otra pátina de tiempo. Al tocarla se convierte en humedad, se transforma en ventana. Al otro lado, una vereda en pleno campo, al fondo un pueblo blanco dibujado como acuarela en papel grisáceo. Huele a azúcar y a café, huele a estraperlo. Una mujer con rojete blanco camina con un niño en brazos; van charlando. Una perra los sigue, jugando cerca de los pies. Aparece alguien alto y delgado, con camisa celeste, y gorra y pantalón marrones. Lleva un macuto a la espalda. Se ven, se reencuentran. Se miran felices. Se abrazan. 
No sé si escribo soñando o recordando, pero ¿Importa? ¿Habría diferencia? 
Hay objetos que, como capsulas del tiempo, guardan recuerdos, vidas. Como pequeños cofres llenos de reliquias. Como cajas de música con la monótona melodía de un tictac y muñecas que no giran danzando sino sonriendo, despertando miedos y nostalgias. Como frascos de perfumes que mezclan geranio con café, jabón con cal, alcanfor con humedad.
Mi madre tiene un cofre, una caja musical, un frasco. Una caja de galletas. 

Publicado la semana 4. 26/01/2018
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Relatos , Todo lo vivido , En cualquier momento , Recuerdos
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