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Charlies

LA NOCHE ES UN ANIMAL

«La noche es un animal, mi capitán, un enorme animalucho»

El sol está ciego, Curzio Malaparte

 

LA NOCHE ES UN ANIMAL

No tenía nombre, es o era, no sé si sigue existiendo, una pequeña aldea anclada entre una gran montaña y un bosque. Según supe esa pequeña aldea se creó con viajeros que usaban aquel viaducto para cruzar la región. Un bosque demasiado espeso y extenso y una montaña tan grande como abrupta, obligaba a todo el que quisiera pasar al otro lado a hacerlo por ese embudo natural. Porqué pararon ahí, y ahí se quedaron muchos de los que intentaron cruzar, era algo cubierto con un velo de leyenda, algo que parecía sacado de alguna vieja historia de superstición y miedo. Yo llegué allí una tarde, el sol acababa de perderse entre las copas de los árboles, y una sombra gigante había caído sobre las casitas y comenzaba a reptar montaña arriba. Estuve allí un día y aunque vi por las ventanas de las casitas algún movimiento, solo tuve contacto con una persona, un anciano. Nada más llegar salió por la puerta de una de las primeras casas, que más bien eran cabañas de piedra y madera, y me saludó. Me invitó a pasar a su hogar y me ofreció algo de comer y beber. No tardó en preguntarme a dónde iba. Y en cuanto le dije mi intención me aconsejó que desistiera. Sin que yo le preguntara, justificando aquel extraño consejo, supuse, me habló de la montaña, del bosque casi impenetrable, me habló de aquel grupo de casas, aquella aldea sin nombre, donde llevaba toda su vida, él y los demás. Me contó su origen, me dijo que los viajeros que no se atrevieron a seguir y no quisieron volver de donde venían se fueron quedando allí, su padre fue uno de ellos. No pude evitar preguntarle porqué no se atrevieron a seguir, y porqué no quisieron volver. Por temor, se pararonn por temor, y se quedaron por temor, me dijo. No todos, algunos seguieron y otros se volvieron, pero nuestros padres no tuvieron valor para ninguna de las dos. ¿Temor a qué? le pregunté. A la noche. La noche es un animal. Lo miré con curiosidad. Un animal gigante, peludo, de ojos blandos y brillantes que te acechan, que te vigilan, un animal que espera el momento oportuno para devorarte. Y aquí ese animal se hace casi visible, si prestas atención oyes su respiración cadente, pausada, notas como la inmensa ladera de la montaña se contrae. Si prestas atención sientes su piel cubierta de pelo grueso y negro que lo cubre todo. Sus palabras me produjeron un escalofrío. Me incorporé y me asomé a la puerta. No me había dado cuenta, pero hacía un rato que nos alumbrábamos con candiles y afuera la oscuridad era total, las nubes que me habían escoltado por el camino tapaban el más mínimo brillo de la luna y las estrellas. Qué bonito debe verse aquí el cielo estrellado, pensé.

El anciano me ofreció un camastro para pasar la noche, y acepté, había empezado a soplar viento y la temperatura estaba bajando bastante; no tener que dormir a la intemperie no era mala opción. Me pareció apropiado echarme a dormir pronto, no quería incomodarlo con mi presencia, y eso hice. Estaba bastante cansado, pero, sin embargo, no conseguía dormir. El anciano había apagado los candiles y dejado una vela encendida. Estaba sentado cerca de la puerta y un ventanal, la luz de la vela le daba un aspecto tétrico, su rostro lleno de arrugas con el juego de sombras vivas de la vela me recordaba, o más que recordar me pareció, una momia. En ese momento en que estás entre la vigilia y el sueño, donde todo se distorsiona y se moldea a capricho, entre la realidad y lo onírico, lo vi como un ser momificado, como un guardián. Abrí los ojos muchas veces durante la noche y allí estaba, a veces mirando por el ventral, a veces mirándome a mí. No sé si fue un sueño o no, pero en algún momento la vieja momia se acercó con sus pliegues de carne apergaminada, con su mirada oscura, me alumbró con la vela y me susurró. Vuelve, no siga adelante. La noche es un animal y allí tiene… No recuerdo nada más. Me despertó la claridad de la puerta abierta. El anciano estaba de pie, mirándome. Me ofreció algo de desayuno y conversamos durante un rato. ¿Qué va a hacer? me preguntó. Me sorprendió la pregunta. Ese hombre estaba decidido a hacerme desistir. Miré hacia la puerta, en ese momento me sentí inquieto. Seguiré, tengo que seguir. Juraría que se puso nervioso, alterado, pero no siguió insistiendo. Salí a mediodía. Suerte, y cuídese, me despidió. Gracias. No volví a ver a ese hombre.

El camino, si podía llamarse camino, serpenteaba ligeramente sin perder la orientación hacia el norte. Oscureció demasiado pronto. La gran sombra pasó por encima mía y comenzó a trepar de nuevo por la falda de la montaña. La oscuridad fue tragándose los abetos, dejando solo los más próximos a la vereda. Si las nubes no se hubiesen dispersado y no tuviera las estrellas y una gran luna llena sobre mi cabeza, la oscuridad hubiese sido impenetrable. Seguramente iba sugestionado por las palabras del anciano, pero cuando la noche extendió su espeso manto por completo comencé a sentirlo. Me detuve y agucé los sentidos. No era el viento que salía y entraba por entre los árboles, juraría que algo cerca, muy cerca respiraba, llenaba el aire con su aliento, lo notaba en mi nuca, en mi rostro. Todo el mundo ha sentido alguna vez que lo miran, las miradas se clavan, a veces frías como témpanos, otras cálidas como una hoguera; yo allí, quieto sin querer respirar siquiera, me sentí observado desde todas partes, como si por entre la maleza del bosque y entre las rocas y arbustos de la ladera miles de ojos me vigilaran, miles de ojos o dos, dos ojos blandos y brillantes como la noche. Allí, oyendo la respiración de la noche, sintiendo su aliento, recordé las palabras del anciano, “Por temor, se pararon por temor, y se quedaron por temor”, y los comprendí, pero sobre todo los compadecí. La noche es un animal, y como todo animal siente el miedo, lo huele. El miedo si que tiene garras que te devoran, el miedo si que es como la silueta de un depredador recortada en la noche, capaz de hacerte desistir en el camino, el miedo si que es como una dentadura afilada, capaz de hacerte retroceder, el miedo si te devora.

Quizá debí volver para decirle a ese anciano y sus vecinos que no había nada ni delante ni detrás, que me siguieran, que continuarán el camino que sus padres no terminaron, o que volvieran a dónde quiera que tenían que volver, y sobre todo que dejaran a los demás hacerlo. A veces me arrepiento de no haberlo hecho. Debí volver y decirle que sí, que la noche es un animal, un enorme animalucho. 

 

Publicado la semana 33. 19/08/2018
Etiquetas
Curzio Malaparte , En cualquier momento , Noche, Miedos
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