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Charlies

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C estaba de vacaciones, había ido con su mujer y su hijo a pasar unos días a Madrid, aquella tarde estaban en el parque de atracciones de la Warner. Llevaban toda la mañana de atracción en atracción viendo como su hijo disfrutaba como nunca, inmortalizado cada momento con la cámara del teléfono. Al salir de una atracción del Joker, y después de echar unas fotos a su hijo en la entrada donde había, a relieve, una cara gigante del archienemigo de Batman, aprovechó para entrar en unos servicios que habían al lado. Entró mirando las imágenes, qué guapo está, pensó orgulloso. Al salir oyó sonar un teléfono, estaba en una esquina de los lavabos. Miró a su alrededor, pero no había nadie; era día entre semana y el parque estaba más tranquilo de lo habitual. Cogió el móvil. Llamaba una tal Jazmín. Descolgó. Hola, ¿Dónde está el teléfono? Se le ha perdido a mi padre, sonaba nerviosa. Hola, está en los aseos que hay al lado de la atracción del Joker, le dijo. ¿Dónde es? le preguntó. C le explicó cómo llegar y le dijo que la esperaría en la puerta. Llegó a los pocos minutos, iba acompañada por un hombre y dos niños. Al ver a C con el teléfono en la mano se le iluminó la cara. Gracias, gracias, de verdad, muchas gracias, le dijo acercándose y dándole dos besos. No hay de qué. En ese momento llegó por detrás un hombre mayor. Muchas gracias, le dijo también, estrechándole la mano, y ofreciéndole un billete, en un gesto de agradecimiento. Para nada, se lo agradezco, pero no hace falta, le dijo C un poco sorprendido. Todos lo miraban con alegría. Se Sintió muy bien. Se Sintió feliz de no haber intentado encender la pantalla y curiosear. Se sintió feliz de no haberse planteado quedarse el teléfono. Podía haber ignorado la llamada, pero en ningún momento pensó en eso.
Volvió a ver a esa familia un par de veces más por el parque y le saludaron con exagerada alegría, como si se sintieran en deuda con él, como si un simple gracias no fuera suficiente. Y C empezó a sentirme mal. ¿De verdad era tan extraordinario lo que había hecho? Si esas personas se sorprendieron tanto de que les devolviera el teléfono y no se lo quedase es porque ese gesto, que debería ser lo normal, era algo inusual. Qué triste, pensó. Cogió su teléfono y curioseó la galería de fotos; había hecho muchísimas ahí en el parque. Tenía el móvil y el ordenador llenos de fotos de su hijo, cada vez que echaba, siempre hacía varias, y luego le daba pena borrar ninguna, aunque salieran mal. Buscó la que más le gustó de la atracción del Joker y la marcó como favorita. Se guardó el teléfono y continuó paseando, pensando en lo que le había ocurrido. ¿Cuántas fotos tendría el móvil de aquel hombre? Se imaginó muchas fotos de todos; el hombre, Jazmín y los dos niños por el parque y seguro que por muchos sitios más. Se palpó el bolsillo, instintivamente. Qué sensación más extraña, estaba contento consigo mismo y de saber que ese hombre no había perdido su teléfono, pero miraba alrededor a todos lo que, como él, estaban pasando el día en el parque y se preguntó qué cuántos descolgarían la llamada. Volvió a palparse el bolsillo.


C piensa mucho en aquello, sabe que es solo una anécdota, algo sin demasiada importancia, aún habiéndose quedado con el móvil, no hubiese sido ningún drama, más allá de la pérdida de un aparato fácilmente sustituible y una galería de fotos y contactos. Pero piensa mucho en aquello, cree o quiere creer que algunos pequeños gestos pueden cambiar las cosas, incluso a las personas, se acuerda mucho, sobre todo desde el otro día que tuvo la mala suerte de dejarse el suyo en la barra de un bar. Volvió al rato a preguntar al camarero. Lo buscó. Llamó a su número, esperando que alguien le respondiera, que le dijera que tenía el teléfono y que lo esperaba en el bar o en cualquier otro sitio para dárselo, pero daba apagado o fuera de cobertura. Sintió pena, por las imágenes, aunque va guardando todas en el ordenador, alguna no tuvieron tiempo. Sintió pena por algún escrito del que tampoco había hecho copia; a C le gusta escribir. Piensa  mucho en aquello, pero no se arrepiente de haber descolgado. ¿Quién sabe? Se consuela, tal vez sirva de algo.


C ha escrito sobre aquello, ha hecho una historia a la que ha titulado, “J y el efecto dominó”. En el relato J, una mujer de mediana edad, se sienta en el banco de un parque a descansar un poco, sus dos hijo corretean y juegan. Debajo del banco ve algo. Se agacha y lo coge. Es una cartera. Mira alrededor y no ve a nadie. La abre. Hay algunos billetes, tarjetas y documentación. El dueño se llama M. Mira por encima el dinero y calcula que hay alrededor de cien euros. Cierra la cartera y la observa pensativa. Se imagina a M, en la imagen del DNI se ve que es un hombre mayor; le recuerda a su padre. Lo imagina buscando la cartera, preocupado. Deshaciendo el camino sin suerte. Vuelve a mirar alrededor, sigue sin haber nadie, y vuelve a abrir la cartera. Entre las tarjetas hay una foto, está algo estropeada, es de un niño, calcula de unos siete y ocho años, parece que está en un parque de atracciones. Se le ve muy feliz. Mete la fotografía en la cartera y la cierra. Se acuerda de su padre, él tiene una fotografía en la cartera de sus dos nietos. Qué bien me vendría este dinero, piensa. Mete la cartera en el bolso y llama a los niños.
Aquella noche, J tiene sueños extraños. Ve a un hombre mayor buscando a alguien por un parque de atracciones, está llorando, asustado. Le pregunta a ella si lo ha visto. Se llama C y es mi nieto, le dice. No, no lo he visto, responde ella. El anciano se marcha llamando a voces a C. También sueña con fichas de dominó gigantes, están delante de ella, en fila. Tiene el impulso de empujar la primera, y lo hace. La ficha cae golpeando a la siguiente que se tambalea, pero se resiste. J se despierta antes de saber si la segunda ficha llega a caer o no. Esa mañana se levanta incomoda, va al salón y coge la cartera del bolso. Mira el DNI, vuelve a acordarse de su padre. En un cajón de un mueble del salón tienen varios juegos de mesa, y hay un dominó, coge la caja, la abre y esparce las fichas en la mesa. Sus hijos se acercan enseguida. ¿Jugamos, mami? Sí, os voy a enseñar una cosa. Coloca las fichas en fila, como en el sueño. Le dice al más pequeño que empuje con el dedo la primera ficha, y lo hace. Las fichas caen una detrás de otra. Qué chulo! Qué guay! exclaman los dos. ¿Habéis visto lo que puede hacer una sola ficha? les pregunta mirando hacia el bolso. 


C dejó el relato ahí, no sabía cómo continuar, no sabía cómo acabarlo, quizá ya estuviera terminado. Se lo enseñó a la persona que primero suele lee sus escritos, y notó en la cara que no le ha gustado mucho. No sé, es un poco simple, no? No lo veo muy interesante, le dijo. Gracias. No es que esté mal, está bien escrito, solo que….Gracias, de verdad, no te enseño lo que escribo para que me digas siempre que te gustan mucho, sino para que seas sincera, te lo agradezco. 


Cuando se quedó solo, C encogiéndose de hombros guardo el relato en el cajón de su escritorio. 

 

Publicado la semana 31. 05/08/2018
Etiquetas
Pequeños gestos , En cualquier momento , Relatos
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Relato
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