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Charlies

EL BALCÓN DE MI INFANCIA (III) Mi primer libro

Sabía que no volvería a escribir nada hasta que no lo hiciese hablando de ti, de mi tía. Últimamente estoy intentando hacerlo sobre mis recuerdos y me están ayudando mucho algunas fotografías; de mis abuelos, de mí, mis hermanos, y primos, sin embargo a ti no te recordaré por una foto, sino por un libro. Tengo una biblioteca considerable que empecé a crear hace bastantes años. El día que te fuiste me acerqué a una de las baldas donde tengo la colección de literatura fantástica y cogí “El tatuaje azul”, ese fue mi primer libro, y me lo regalaste tú. Me senté, lo abrí y leí la primera página. Los recuerdos son a veces, al menos los míos, imágenes, como fotogramas, pero contigo es diferente, contigo tienen movimiento, no sé como explicarlo, son gestos, conversaciones. La mayoría de los que guardaré de ti, serán siempre con un libro, cada vez que te veía, o estabas leyendo o tenías uno cerca. Uno de los que guardo con más fuerza es en Navidad, estamos mi primo y yo acompañándote en tu tienda. Es media tarde, entra mucha gente y compran bastante; un puesto de bisuterías tiene muchos detalles que son buenos regalos para esas fechas. Estamos sentados al fondo. Tenemos una radio con casete, no sé que escuchamos, pero hay música a un volumen discreto. En algún sitio hay un libro tuyo con el marca páginas asomando por el canto. Nosotros dos tenemos cada uno un ejemplar de “El señor de lo anillos”. Hacía poco, habíamos hecho una lectura compartida de “El hobbit”, leíamos unas páginas cada uno; ese lo leímos juntos, pero cada uno el suyo. Ha pasado mucho, pero no pasa una Navidad que no recuerde aquellos momentos. Fui muy feliz. Ahora que no estás, la Navidad y la literatura fantástica, no sólo me recordarán a momentos mágicos de mi infancia, me recordarán a ti. Nunca fuiste cariñosa, (tu sobrino se te parece bastante), pero se notaba en tu cara lo que te alegraba verme con tu hijo. “Hermanoprimo” nos llamamos entre nosotros, somos mucho más que primos. En el balcón de casa de mis padres también tengo un recuerdo contigo. Estás en la mesa sentada con tu marido, tu hermana, tu cuñado y tus suegros, jugando a las cartas; abuela está sentada en la butaca mirando. Huele a arroz con conejo y a café. Es domingo. Nunca te lo dije, pero te admiraba. Me encantaba escucharte discutir con los demás sobre política y otros temas, mientras ibais pasando las manos de las partidas. De los seis siempre te vi la más lúcida, la más culta. Algo que me resultaba increíble era que hubieses aprendido a leer en la calle. No lo recuerdo bien, pero creo que decías que te enseñó a leer un hombre de campo, y que con trece años te fuiste del pueblo a la ciudad a trabajar, una niña valiente, una mujer admirable.
Te has ido, y me quedo con ganas de hablar contigo, de hablar mucho. Me quedo con ganas de conocer tu infancia, tu adolescencia en la ciudad. Me quedo con ganas de conocerte de verdad. Me quedo con ganas de que me leyeses; te has ido demasiado pronto y seguramente yo he escrito tarde. Me quedo con ganas de ver tu marca páginas asomando por el canto de mi libro. Poco antes de ocurrir todo esto, me encontré contigo una mañana, nos saludamos y fuimos a tomar café. Mi TÍA con tu SOBRINO. Cuando me enteré de lo que te pasaba me guardé aquel café, aquel rato en lo más hondo. Una cosa de la que no quiero quedarme con ganas es de dar vida, en alguna de mis historias, a una mujer valiente, luchadora desde niña, de esas que son capaces hasta de aprender a leer en la calle, una mujer como las que demuestran al mundo que les rodea, al tiempo que les toca, que están por encima de machismos y feminismos, una mujer tan capaz como cualquier otra de valerse, de valer. Ese personaje ya tiene nombre.
Mi primer libro tiene el canto de las hojas amarillento por el tiempo, pero se conserva bastante bien. Es un libro extraordinario. Lo veo en una de las baldas de mi biblioteca y lo cojo. Es de tapa blanda, y tiene la portada marcada a relieve, me gusta pasar los dedos por encima, ya no se hacen libros así. Lo miro, leo el título, vuelvo a pasar los dedos por la cubierta y no necesito cerrar los ojos para ver un piso pequeño, oscuro, si tuvo ventanas, no las veo. La puerta de entrada da directa a un pasillo, que hace las veces de hall, a la derecha, a apenas metro y medio hay una puerta, es una habitación, la única que hay en la casa, enfrente tiene una cama de matrimonio. Sentada con la espalda apoyada en el cabecero hay una mujer leyendo con la poca luz de una lámpara de mesita. Al fondo del pasillo, si se puede llamar fondo, (apenas mide tres metros), hay una puerta que siempre está abierta y desemboca en una salita que, como el pasillo, cumple más de una función, es sala de estar y dormitorio, con un módulo de dos camas frente a la puerta, un mueble con el televisor a la izquierda y un pequeño sofá a la derecha. Ahí hay dos niños; uno lee, el otro escucha. Al fondo a la izquierda hay un hueco de puerta, detrás está la cocina, es relativamente grande, teniendo en cuenta lo demás. A la derecha hay un pequeño baño y un lavadero, ahí si veo algo de claridad que entra desde arriba, de algún tragaluz. Los niños están ahora sentados en la mesa de la cocina, siguen leyendo, pero ahora lo hacen los dos a la vez y en silencio. En la mesa hay un juego de mesa con una partida a medias y restos de desayuno o merienda; huele a café soluble y mantequilla. Paso los dedos por la silueta del tatuaje azul y no sé si siento pena o alegría. Estos momentos en los que el paso del tiempo pesa tanto, en los que los cantos amarillentos de los libros recuerdan que nada es igual. Estos momentos en los que quienes tienen la suerte de saber llorar, lo hacen. Estos momentos en los que te das cuenta de lo importante que es tener una foto, un libro al que poder pasar los dedos. Estos momentos en los que te arrepientes de lo que no hiciste, y cada pequeño detalle tiene un valor incalculable, la palabra “NOSTALGIA” se agranda, se expande más allá de sus nueve letras, contagiando, llenando páginas, y me enseña, me deja llorar.
Me gustaría volver a encontrarte por la Plaza de las Flores, saludarte y tomar café; te preguntaría para que me contaras, te escucharía para escribirte. Te echo de menos. ¿Por qué será tan difícil decir te quiero? Mi hermanoprimo, ¡qué te quería tu hijo! ¡qué te quiere! días después de irte me mandó una frase, no me comentó nada, me la mandó sin más. La leí, no se lo dije, pero supe o imaginé que era. “Los herederos de tu amor nunca te olvidaremos”. Qué gran frase.

Publicado la semana 30. 28/07/2018
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Todo lo vivido , En cualquier momento , Recuerdos, Relatos, #Nostalgia, Perdida
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