Semana
03
Charlies

EL ASCENSOR (I)

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Relato
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Estrena traje, camisa, zapatos y por supuesto corbata, hasta la ropa interior y el perfume; estrena nueva vida. Va en taxi, al que deja una propina exagerada, acorde a su nuevo estatus. Se baja de él y atraviesa la ancha acera que lo separa del edificio. Se detiene un momento antes de cruzar la gran puerta. Mira hacia arriba, a lo más alto. Sonríe. Entra.
La recepción es minimalista y fría como todo allí. Saluda a las pocas personas que hay en ese momento y va hacia el ascensor. Está deseando pulsar el último  botón, cuantas veces ha bajado y subido soñando que lo hacía, cuantas veces a estado a punto de hacerlo, aun sin permiso. Pero hoy sí, hoy lo hará por fin.
Se abre la puerta. Alguien se acerca y entra con él. Se disgusta, quiere vivir esa experiencia solo, en la intimidad. ¿A qué planta va? le pregunta el otro para pulsar. Se maldice. A la catorce, miente, pero se arrepiente enseguida; si el otro va más arriba de la catorce, tendrá que salir en esa planta o quedará fatal. Pero para su alivio, pulsa la ocho y la catorce. “Qué idiota soy”, piensa, “este creerá que pertenezco a ese departamento”. “Total, al fin y al cabo no es nadie”.
Suben en silencio. La sensación de superioridad lo emociona; el otro pertenece a una planta por la que supuestamente tendría que haber pasado antes de llegar hasta allí, pero su capacidad lo ha llevado de abajo a arriba en nada, y ese pobre quizá no llegue nunca. Aunque está lejos de sentirse mal por él, más bien se burla. Se ve sonriendo en los espejos que son las paredes de ese cubículo, decenas de sonrisas.
El ascensor se detiene. Qué tenga un buen día, se despide el otro. Igualmente, contesta. Se cierra de nuevo. La botonera y él por fin solos. Mira. Respira hondo. Pulsa. Un sueño cumplido. El ascensor cruje y parece temblar un poco. ¿Está bajando? No, los número encima de la puerta suben: nueve, diez…, pero juraría que está bajando. Vuelve a mirar los números. No cambian: diez… once, respira. “Serán los nervios”, pero sigue con la sensación de bajada. Se mira en los tres espejo de nuevo, vuelve a verse multiplicado. Siempre le ha fascinado ese juego de imágenes superpuestas una tras otra, desde distintas perspectivas, imposible sin esa combinación de espejos, convirtiendo a uno en muchos, iguales, clones de otra realidad. Hoy, con su impoluto traje, van hacia sus nuevos destinos, hombres grises, puntuales. Hombres grises, pero él está a miles de páginas de saber, de entender, está a miles de páginas de tener la posibilidad de arrepentirse y pulsar la planta baja. A veces ha intentado contar las imágenes, pero le es imposible, llega un momento en que cuenta la misma dos veces o se salta varias. Vuelve a sonreírse a él mismo, o mejor dicho, a ellos. Va mirando uno a uno los reflejos, cada vez más pequeños, y ve como le siguen con la mirada. Pero da un brinco del susto, al final, donde casi no se reconoce, empequeñecido por una distancia que sólo existe al otro lado, uno de sus reflejos no sonríe. Hostia, murmura, pero al moverse para ver mejor, los reflejos también lo hacen y todo parece volver a la normalidad. Hostia, repite, esta vez aliviado.
El ascensor de detiene, mira el número de planta. Ocho. “No puede ser”. Se abre la puerta. Aparece ante él un hervidero de empleados trajinando por sus mesas. Los ruidos de una oficina a pleno rendimiento le llegan de golpe y parecen devolverlo a una realidad de la que, momentos antes, parecía estar lejos. Uno de los empleados lo mira desde el fondo, y sonriendo mueve ligeramente la cabeza a modo de saludo. Es el que subió con él. “gilipollas”. Pulsa de nuevo el botón y las puertas se cierran. El ascensor se pone en movimiento, esta vez tiene la sanción de ascenso.
¡Dios! Exclama desahogado.
Supone que los nervios y el ansia por llegar arriba le han jugado una mala pasada...

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Publicado la semana 3. 21/01/2018
Etiquetas
Relatos , Miedo, Terror , En cualquier momento
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