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Charlies

SU PRIMER RETRATO (II)

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Ahí estaba, terminando esas pestañas que tanto le atrajeron aquel día. Contempló los ojos; había conseguido el brillo y la profundidad, no hay nada más personal que la mirada, y esa que tenía delante era la de ella.

«Del parque fue directo al estudio. Llevaba su rostro en la cabeza, se aferraba a cada rasgo, a cada detalle, pero una vez delante del lienzo en blanco, con la paleta preparada, se dio cuenta de que así sería imposible. Apenas esbozó un poco, supo que no era. Cerraba los ojos y la veía perfectamente, sonriéndole, ojeando sus dibujos, pero los abría y la perdía, no daba con el color, no encontraba la silueta de la cara. Fue a la sala de estar y cogió su botella de whisky y un vaso. Volvió al estudio, se sirvió un poco y se lo bebió de un trago. “Maldita sea”. Volvió a servirse. ¿Porqué no era capaz de retratar como cualquier pintor? ¿Qué temía? Otro trago. Y otro. Cogió de nuevo la paleta y cerró los ojos. “Qué hermosa es. El pelo castaño. ¡Eso es, empezaré por ahí!”. Abrió los ojos, pero el abanico de colores de la paleta parecía burlarse de él. No daba con un color, ni siquiera, parecido a su pelo. “Inútil”. Otro trago. Otro.

No supo en qué momento perdió la conciencia, ni si se quedó dormido o fue la última copa de whisky la que lo sacó de la realidad. Pero en algún momento dejó el estudio, dejó su piso. Soñó o deliró. 
Está en medio de la mar. De pie, como el hijo de algún dios. Gira sobre si mismo y solo hay mar. El horizonte violáceo le recuerda a una herida, una herida vieja, infectada. Mira hacia abajo y descubre que no es agua, que sus pies flotan sobre pinceladas, sobre óleos, pigmentos que, aunque espesos, parecen fluidos, cristalinos, misteriosos. Las ondulaciones se vuelven olas que comienzan a salpicarlo, primero apenas hasta las rodillas, pero que van a más, hasta empaparlo. Impregnado con el olor inconfundible de su estudio, se lleva una mano a la cara para limpiarse las salpicaduras de los ojos y descubre que sus manos se manchan de rojo. En ese momento en el horizonte se alzan lo que parecen columnas negras, crecen rápidas hacia arriba, como barrotes de una celda gigantesca. Vuelve a girar sobre si mismo y ve que lo rodean. El óleo que parece agua o el mar que parece un lienzo, se calma. Las pinceladas son suaves de nuevo. El verde a su alrededor ahora es más oscuro, mucho más oscuro, y parece que gira a su alrededor. Se marea. Siente miedo. Sus pies comienzan a hundirse. Se lo traga el remolino. En nada está intentando mantener la cabeza fuera de aquel líquido espeso, se hunde en pintura, su pintura. Se ahoga.

Se despertó angustiado. Estaba amaneciendo. No sabía como había llegado a la cama. Se levantó y se dirigió al estudio. Lo que vio lo desconcertó. Se acercó al caballete. La paleta estaba en el suelo, había pinceles y botes de pintura esparcidos. En el lienzo donde intentó retratarla había algo pintado. La claridad que entraba por la ventana apenas dejaba ver que era. Encendió la luz y miró sorprendido. Ahora entendía el sueño, la mar, las columnas, el remolino. No recordaba haberlo hecho, pero había pintando un ojo gigante que cubría casi todo el lienzo. “Es horroroso, para nada parecía el de ella, ¿o si?”
Se acercó y lo cogió dispuesto a destruirlo, pero se arrepintió. Era absurdo, pero sintió que de alguna manera le haría daño a ella. “Seré idiota”. Lo examinó con detenimiento. Había algo en ese ojo que lo inquietaba. Abrió un armario donde guardaba mucho de los paisajes y dejó el ojo entre ellos. 

Aquel día lo pasó en su casa. No salió hasta la tarde, cuando casi anochecía. No quiso pasar por el parque por miedo a encontrársela de nuevo; sabía que no era capaz de retratar la, y prefería no volver a verla. A un par de manzana se metió en un bar donde solía tomar algo de vez en cuando. Se sentó en la barra y pidió una copa de whisky.
Sacó el bloc y el lápiz del bolsillo, lo llevaba a todas partes, e igual que hizo con el árbol del parque, comenzó a dibujar la copa y el fondo de la barra. No había nada que lo relajará más que dibujar.

Muy bonito, pero me gustan más los árboles.

El corazón empezó a retumbarle de nuevo. 

“Imposible”.

... 

Publicado la semana 21. 27/05/2018
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