Semana
02
Charlies

EL BALCÓN DE MI INFANCIA (I)

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Relato
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Voy a casa de mis padres muy poco, aunque para algunas cosas nunca es mucho, ni siquiera suficiente.
Ayer llegué, y como suelo hacer, me senté en el salón enfrente del balcón. Hacía un día estupendo, el cielo estaba totalmente despejado. Desde el balcón de mis padres se ve un paisaje espectacular; vivo en el centro de la provincia de Cádiz, a unos veinte kilómetros de la bahía, y mi pueblo está encima de un cerro. La casa está en el lado suroeste y a suficiente altura para poder apreciar toda la costa. Normalmente la bruma no deja apreciar bien el agua, pero los días en que el viento del norte ahuyenta cualquier rastro de nube, se distingue perfectamente, y ayer estaba especialmente bonito.
Entre el balcón y el horizonte, donde se veían los puertos perfectamente, hay un verdadero mosaico de colores otoñales, que la lluvia de los últimos días había matizado más de lo normal. Recuerdo, que de pequeño, un día parecido a aquel, me imaginé que el balcón era el cuadro de un gran pintor, y yo, un niño con ínfulas de artista y soñador, no iba a ser menos. Cogí mi estuche del colegio, papel y me senté en el suelo, justo delante. Mi memoria no es demasiado buena, pero recuerdo bien como fui pasando la infinidad de marrones y verdes a mi hoja, por supuesto, con el límite que tiene un puñado de ceras escolares; apretaba más o menos para ampliar la gama de tonos. A mí madre le encantó, lo tuvo algún tiempo en la puerta de la nevera, qué orgulloso me sentí. Un día desapareció, y no volví a verlo.
—¿En qué piensas? —me preguntó mi madre. Llevaba un rato callado. 
—Me estaba acordando del dibujo que hice del paisaje, ¿te acuerdas? 
—¡Sí, era muy bonito! 
La nostalgia es un sentimiento curioso, por un lado provoca dolor, esa sensación de no poder volver; duele saber que lo todo bueno pasado no es más que eso, pasado, pero por otro lado es bonito, qué triste sería el futuro sin nada que añorar. 
Me levanté y me asomé al balcón con los recuerdos a flor de piel. Me fijé cómo había cambiado la calle. Lo único que sigue intacto es el edificio, que aguanta bien el paso del tiempo, y dos árboles que hay debajo, en un rectángulo que se suponía debía ser un jardín, pero que siempre fue y sigue siendo solo eso, un rectángulo con dos árboles dentro. A la izquierda, a un metro por debajo, está la carretera que termina ahí, en una pequeña explanada asfaltada con la anchura suficiente para que los vehículos puedan volver. Un pequeño muro separa la carretera de la zona peatonal a la que se accede por una rampa, durante mi infancia y hasta hace poco en vez de rampa habían cinco peldaños de una escalera de hormigón. 
El cambio más brusco que ha sufrido la calle son los coches. Han ido apareciendo como una plaga, lenta, pero parece que imparable. La explanada para girar nos servía de campo de fútbol. Sólo había un coche, el de un vecino, (el único que podía permitírselo), pero lo dejaba aparcado más atrás. Los vehículos que interrumpían nuestros encuentros eran taxis o ambulancias, cosa que ocurría muy poco. Ahora sería imposible hacer nuestros fantásticos pases y remates sin golpear alguno. Los coches fueron llegando como los años, solo que ellos llegaron para quedarse; de los años apenas quedan marcas y manchas en el asfalto. 
Una de las razones por las que desde el balcón se ve todo ese paisaje es que, delante no hay ninguna construcción, es la última zona urbanizada en esa parte del pueblo, y sigue así. A pocos metros una balaustrada separaba el asfalto y el hormigón de un pequeño olivar. !Lo que he jugado allí! Allí he sido de todo; héroe, villano, pirata, guerrero, amigo enemigo . He tenido casas en varios de los olivos, he trepado a todos. Me he escondido, he encontrado. De noche me he hecho el valiente y he pasado miedo. ¡Lo que he vivido allí! Antes sólo tenías que dar un pequeño salto y tenías todo el campo para ti, y tu imaginación. Ahora una celosía de dos metros ha dejado a tu imaginación y a ti sin ese privilegio. Una inmobiliaria, en pleno auge del sector, compró toda la parcela para un proyecto que al final solo quedó en unos carteles descoloridos por toda la valla, para regocijo de mi resentida infancia.
—Mira —me dijo mi madre ofreciéndome una caja de lata. 
Me senté con ella y levanté la tapa. Estaba llena de papeles y fotos. “¡No puede ser!”. Cogí un papel amarillento doblado por la mitad. El cuadro de aquel niño pintor. Sentí una punzada en el pecho. Suspiré varias veces.
—Uffff —Fue lo único que conseguí decir, no podía hablar sin que se me notara la emoción y no quería.
Me sentí mal, miré a mí madre.
El tiempo no deja marcas solo en el asfalto.
El papel estaba bien cuidado, doblado por la mitad, ni una sola arruga, pero estaba amarillento. Los colores de la obra de aquel niño que el tiempo convertiría en un pintor frustrado, estaban casi como imaginaba, me sorprendió lo bien que conservaba el dibujo en mi memoria. 
Me levanté y fui a la cocina con el papel en la mano. En la puerta de la nevera entre algunas notas y un almanaque de imán, había un papel con un dibujo, de mi hijo. 
Ahora sí, lloré.

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Publicado la semana 2. 11/01/2018
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Todo lo vivido , En cualquier momento , Recuerdos
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