Semana
12
Charlies

LA ÚLTIMA MADRE

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Relato
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Estaba sentada frente el horizonte, delante de su tierra, como una hermosa metáfora una de otra, una envejeciendo como cada día, la otra en el ocaso de su vida. La anciana y la vieja, como reflejos cóncavo y convexo. Las dos surcadas de grietas, cansadas, se miraban, se admiraban. Sus ojos negros se encendieron con el fuego anaranjado de la tarde. Sus labios, resecos como el desierto, se abrieron despacio rompiendo el silencio. 
—Ha llegado el momento. 
Se acercaron hacia ella todos los que quedaban de la familia, como se hacían llamar, y aguardaron en silencio, un silencio respetuoso, casi ceremonial. 
—¿Estás segura? —le preguntó el mayor de ellos. 
—Tiene que ser así. Sabemos que es la única manera. Esto no puede terminar de otra forma. 
—Bueno, pues así será. Dejad las armas en el suelo, por favor —pidió a los demás—. Recordad, silencio total, que nadie hable.
Los demás asintieron  mientras las soltaban.
—Acercarse a mí, por favor, me gustaría que estemos juntas —dijo la anciana mirando una a una a las cuatro jóvenes que había en el grupo, y en silencio se colocaron a su lado. 
En ese momento apareció corriendo alguien, y habló jadeando:
—Llevabas razón…—Hizo una pausa para coger aire—, no han tardado en encontrarnos.
La anciana asintió con la cabeza y miró orgullosa a los que, delante de ella, esperaban valientes. Durante los últimos días la embargó el temor de que alguno no tuviese el valor suficiente, pero ahora, ante el inminente desenlace, estaba segura de que sí.
—Gracias… —La interrumpió el ruido de pasos que se acercan desde todas partes. 
—¡Todo el mundo quieto!!Estáis rodeados! —Las órdenes, con voz metálica, salieron de la escafandra de uno de los soldados que apareció delante de ella; iba acompañado de tres soldados más, y enseguida aparecieron decenas rodeándolos. Todos apuntaron con su arma a ella, parecía que no les importaran los demás. 
—Nos encontraste, enhorabuena. 
—Era cuestión de tiempo. No podíais estar toda la vida huyendo. 
—No, ni tú persiguiéndonos.
—Es lo mejor, deberíais haber hecho como todos. Sois un peligro para ustedes y para los demás. 
—¿Un peligro porqué? Jamás hemos hecho daño a nadie. 
—soy focos de infecciones, portáis enfermedades que podrían poner en peligro a la sociedad. 
—La sociedad nunca ha estado tan enferma como ahora. Ese suero la previene de virus y bacterias, pero ha convertido al individuo en una marioneta. ¿A cambio de qué estáis inmunizados? ¿Qué diferencia hay ahora entre ustedes y los robots que tanto os facilitan la vida? 
—Ni has entendido ni entenderás nunca. Somos felices, estamos sanos. Nuestros hijos nacen sin ningún problema; no tienes derecho a ponernos en peligro. 
—¿Vuestros hijos? ¿Esos que nacen sin madre? Pobres —En ese momento miró a las cuatro compañeras. ¿Cómo podían preferir la frialdad de un laboratorio a algo tan bello como dar a luz? —Han convertido el milagro de la vida en un trabajo en cadena. 
—Bueno, ya no es necesario que entendáis nada. 
Aquella frase cambió el semblante de ella. “entendáis… “ En el fondo albergaba la esperanza de que ella fuese el único sacrificio, que los demás serían admitidos, pero estaba claro que el gobierno no quería asumir ningún riesgo, las enfermedades no eran lo único que temían. En el corazón de aquellos valientes había algo que ningún suero podría eliminar; libertad. 
El soldado levantó una mano y los demás movieron sus armas para a apuntar, está vez a todos.
—Sabes que no es necesario. La verdadera culpable de rebeldía soy yo. Ellos pueden pasar por la depuración, son jóvenes y sanos. Y ellas pueden ser esterilizadas. 
Los demás se movieron inquietos, pero se mantuvieron firmes. 
—¿Sabes jugar al ajedrez? —El silencio se hizo total por unos segundos— ¿Sabes qué ocurre cuando un peón llega al otro lado del tablero?

 

EL sonido de los disparos atravesó la llanura desértica ayudado por el viento que, como un cruel mensajero, hurgó entre los recovecos de unos promontorios que formaban una pequeña zona rocosa, hasta entrar escoltado por las sombras que ya lo inundaban todo, en una cueva golpeando en el alma de una joven de ojos azabache, que arrancó a llorar mientras se tocaba el vientre. 
—Tranquila, cariño —le susurró alguien acariciándole el hombro—, no estás sola.

Publicado la semana 12. 25/03/2018
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