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Charlies

LA BOLA DE NIEVE (Un cuento de Navidad)

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Salí de casa de mis padres sobre las dos de la madrugada, hacía mucho frío, el viento se había parado por completo, pero la niebla, que unas horas antes era muy suave, se había vuelto espesa, casi sólida. La acera estaba alumbrada con las farolas, demasiado separadas entre ellas, dejando fragmentos de calle a oscuras; es increíble la seguridad que puede dar un simple haz de luz. Instintivamente, aceleraba el paso en ese intervalo donde la niebla se volvía negra como la brea y lo reducía cuando se tornaba amarillenta como el azafrán, una bruma de color enfermiza, pero mucho más segura, al menos en apariencia. Siendo como era Navidad esperaba encontrarme con más transeúntes, pero ni veía ni oía nada. Supuse que era uno de esos momentos en los que cada uno está donde debe o quiere, uno de esos momentos en que la soledad se expande como la noche, reptando, rodeando farolas, envolviendo y asustando a los pocos que no pueden estar donde quieren o deben. 
Justo al salir de una de las zonas de sombra, cruzando de la brea al  azafrán, tropecé con algo que rodó formando medio arco y paró en el centro del círculo de luz. Caí en ese momento en una curiosidad; cualquiera que mirara desde el sitio adecuado hacia aquel trozo de calle, vería una serie de grandes triángulos repartidos de forma regular y puestos a imaginar en esas fechas, le parecerían árboles de Navidad. Árboles translúcidos, hechos de humo, efímeros, etéreos. 
“¿Qué era lo que había golpeado?” Había sonado a cristal, me incliné para verlo. Era una de esas medias esferas de vidrio con detalles navideños, esas que agitas y se esparcen por dentro globos blancos llenándola de una bonita nevada, bola de nieve creo que la llaman. La cogí y la miré de cerca. Era extraña. Sólo había una figurita dentro, un muñeco de pie. Tenía las manos delante sosteniendo algo que no conseguía ver bien. Aunque la mágica nevada que había provocado mi patada aún no había parado, la sacudí. En ese momento sucedió algo que me cuesta explicar, algo demasiado extraño y que llegó a asustarme: Sentí un repentino mareo, la luz parpadeó, y se levantó un aire fuerte y helado. La miré fijamente, veía el torbellino blanco girar alrededor del muñeco, pero aunque parezca increíble, era como si lo estuviera sintiendo yo. Las bolitas fueron cayendo lentas y el aire volvió a pararse. Miré a mi alrededor, y me sentí solo, aislado, protegido por mi propio cristal, un cristal amarillo. Detrás de él oscuridad y silencio.
Volví a mirarla, esta vez lo más cerca que pude. “¡Imposible!” El muñeco seguía ahí, rodeado de blanco, pero ahora estaba sentado con la cabeza agachada, sosteniendo lo mismo entre las manos. No sabía que pensar, no estaba bebido, apenas había tomado un par de copas cenando. La miré durante un rato, pero un ligero aire me sacó de aquel estado de estupefacción. Me la guarde en el bolsillo del abrigo y seguí hacia mi casa.
Por el camino no dejaba de pensar en lo que me acaba de suceder, la última imagen me revivió el recuerdo de algo que hice, o mejor dicho no hice la tarde anterior, y me sentí fatal.
Llegué a mi casa y me acosté enseguida. No me apetecía volver a ver la media esfera, me había dejado mal cuerpo, así que la dejé en el bolsillo, sin embargo no pude dejar allí la imagen de aquel muñeco sentado, solo, triste y cabizbajo ni el recuerdo que me había despertado. Torturándome con lo que debería haber hecho. Me quedé dormido, y soñé. 

“Estaba rodeado de árboles dorados, gigantescos. El suelo era blanco, tenía los pies hundidos en una especie de nieve esponjosa. Di un paso hacia delante y se levantaron algunos copos que empezaron a flotar. Ayudados por una corriente de aire que yo no sentía, siguieron flotando y empezaron a girar a mi alrededor hasta convertirse en un pequeño remolino. Detrás de aquel bucle vi como los árboles dejaban de brillar, se apagaban, el dorado se convirtió en amarillo enfermizo, y terminaron desapareciendo. Los copos dejaron de girar y empezaron a caer despacio, como una suave nevada. Ahora sí sentía frío, estaba helado. Delante de mí ya no había árboles, en su lugar un hombre sentado cabizbajo, lo reconocí. Me acerqué despacio, tenía algo entre las manos que me ofreció al verme llegar. No podía ver su cara, pero sabía quién era, la magia de los sueños.
Feliz Navidad, me dijo. Cogí lo que me ofrecía. Era una bola de nieve.  Dentro estaba yo con algo en las manos”.

Acababa de amanecer cuando me desperté con una sensación extraña. Me levanté y fui directo al abrigo. Saqué la media esfera y me quedé de piedra. Ni un muñeco de pie ni un muñeco sentado, dentro de la bola estaba Santa Claus sonriendo. 
La agité mientras la miraba, pensando en lo que me había pasado esa noche, era increíble. Después de unos minutos la dejé en la mesilla de noche y me vestí. “Nunca es tarde”, me dije.
Salí a la calle y caminé decidido. La niebla había desaparecido, pero estaba muy nublado.
Lo encontré donde mismo lo había visto aquella tarde, sentado en el suelo. Levantó la mirada al sentir mi presencia. Antes de llegar a verlo bien, supe lo que tenía en las manos. 
¿Te gusta? me preguntó estirando una mano para mostrármela, al ver que me había quedado mirándola. 
Sí, es muy bonita. Tengo una igual.
Parecen mágicas. Me quedo ratos como hipnotizado, me dijo. La miraba fijamente.
Si que parecen mágicas, le dije yo mientras dejaba un billete en el plato que tenía delante. Feliz Navidad. 
Gracias. Igualmente, Feliz Navidad. 
Me volví para marcharme, pero una corriente de aire y un ligero mareo hicieron que me girara para ver una vez más la bola de nieve en sus manos. Un remolino blanco distorsionaba la silueta de dos muñecos. 
“Sí que parecen mágicas”.

Publicado la semana 1. 07/01/2018
Etiquetas
En noches
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