52
Camille Lescaut

La Villa Durmiente

 

 

Dedicado a las numerosas Villas Durmientes de Castilla, como Maderuelo, Sepúlveda, Pedraza… hermosas como princesas de cuento, de pasado glorioso aunque presente y futuro más que incierto. He querido mandar este último relato, ya que es mi paisaje cotidiano, como una postal o un recuerdo para todos de esta vuestra compañera de aventuras literarias Camille (o Pilar Mas García que es mi verdadero nombre. Para quien tenga a bien seguir en contacto literario aquí os dejo un email: estovadehistorias@gmail.com)

La Villa Durmiente

Entre la algodonosa bruma que siempre la arropa aparece de pronto, apropiándose del paisaje, la hermosa Villa. Una exclamación de asombrada fascinación brota, irremediablemente, de las gargantas de los visitantes que se acercan intrigados a conocerla.

En las almenas del vigilante castillo y en las altivas torres del imponente monasterio parecen habitar, eternamente, hermosas princesas de larga trenza y locas de amor, en unas, y espectrales monjes de sabia y delicada escritura, en las otras.

La Villa observa desde su sueño a todo aquel que se acerca, y no al revés.

Adentrados ya en sus sinuosas calles, los pasos reverberan en sus adoquines profanando el reposo reinante.

Desde nobles de blasón acartonado a mendigos transeúntes de su oprobio, todos quedaron allí atrapados, en el tiempo congelado de la muerte.

Los doce campanarios de sus templos quedaron mudos de abandono paulatino. Las campanas penden oxidadas, hartas de su inútil existencia. Ya no hay Ángelus que repicar a las doce, ni bodas que convocar en las plazas, ya no suenan tañidos por los muertos; el silencio tan solo es el dueño, y la Villa sueña en su lecho.

Una erguida picota en la Plaza, sobre una gran piedra cuadrada, recuerda con porte siniestro que los reos pagaron sus faltas. Al posar la mano en su poste viril y despiadado, una vibración latente, de súplicas y agonías, se apodera del alma.

Después de un recodo, el sendero plagado de chopos y alisos hacia el puentecillo del Vado. Allí, el río clama añoranzas de lavanderas y molinos de harina. Todas las ranas se fueron, convertidas en príncipes rubios montados sobre hermosos corceles blancos.Y solo quedó el llanto del río, que a veces parece cantar una nana por todos los niños que nunca nacieron.

La Villa se siente yerma. En su vientre ya no germinan promesas de vidas nuevas. Sus hermosos querubines ha tiempo que volaron, pertrechados de arpas y flautas, hacia otros cielos más protectores.

La estatua de un hombre a caballo corona una cima cercana. “El hombre que no tiene nombre”, figura en la piedra grabada. El hombre observa a la Villa, como quien mira a su amada. Quizás fue la Villa, que temiendo ser abandonada, lo dejó sin nombre y sin alma.

Ya anochece en la Villa callada. Su puerta de los Caudales, teñida de rojo y dorado, te invita a que te retires. Siempre fue orgullosa y altiva, no quiere testigos de su fracaso ni compasión por su letargo.

 Al salir de la Villa, un canto muy tenue se escapa a través de la celosa muralla:

“El viento comienza a tejer la noche más estrellada. El frío ya arrecia y hay que abrigar a la Dama, que siempre quiso dormir bajo manto de lunas de lana”.

 

Publicado la semana 52. 25/12/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
52
Ranking
1 118 13