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Camille Lescaut

Las Amigas

 

 

Susana entró empapada al Varsovia, donde había quedado con Cloe. Un aguacero del incipiente verano la había sorprendido al salir del metro, y en los escasos cien metros desde la estación hasta el bar se caló la ropa y el pelo.

Dentro, Cloe reía a carcajadas con Luis, el barman que las conocía desde hacía años, pues aquel era un punto habitual de encuentro de las dos amigas.

—¡Susi, pobre, vienes empapada! — exclamó Cloe al ver a su amiga en aquel estado.

Luis, siempre solícito, le prestó un paño limpio para que se secara. Sin preguntar les preparó dos gin tonics que les sirvió en la mesa de costumbre, mientras las amigas terminaban de saludarse.

Se conocían bien, y Cloe rápidamente le preguntó a su amiga si le ocurría algo. El rostro de Susi estaba tenso y preocupado.

 —No…, Cloe, dame unos minutos y ahora te cuento.

Cloe, con su explosivo carácter, siempre socarrón y un tanto excesivo, hizo alguna broma sobre las ojeras que enmarcaban los ojos de Susi. Después comenzó a contarle los avatares de la semana, que había sido terrible. El proyecto de jardinería en el que llevaba meses trabajando se había ido al traste. El cabrón del cliente, después de marearla durante semanas, se había echado para atrás. Por no hablar de la bronca con su hijo; le habían suspendido cuatro y tenía que repetir.

—¡Es un vago redomado! Menos mal que Clarita es otra cosa, que si no…— dijo alzando la voz, con la poca discreción que la caracterizaba.

Pero Cloe era así, extrovertida, casi incorrecta, sincera y generosa.

Susana era distinta, mucho más tímida y discreta; pero ambas se habían hecho amigas inseparables desde el bachiller, cuando coincidieron en el mismo instituto.

Les había bajado la regla por primera vez al mismo tiempo, se habían echado el primer novio el mismo verano y no tenían secretos la una con la otra. Cloe siempre decía que “su Susi” era la hermana que no había tenido.

Cloe estudió arquitectura, era más de ciencias. Susana, finalmente, estudió Económicas; le asustó meterse en una carrera tan complicada como la de su amiga. Luego, cuando Cloe se casó con Fran, se dedicó más a la casa y a cuidar de los dos hijos que habían tenido. Tampoco les hacía tanta falta el dinero. Fran se ganaba bien la vida en su estudio de arquitectura. Cuando los niños fueron creciendo, Cloe se metió a diseñar jardines, aunque siempre a tiempo parcial. Su familia estaba por encima de todo lo demás. Susi no se había casado. Trabajaba para una gran empresa, donde un jefe gilipollas le amargaba la existencia, pero era lo que había. Se tenía que ganar la vida y no estaba el patio para renunciar a un trabajo estable y medianamente bien pagado. Muchos veranos pasaba sus vacaciones con Cloe y su familia, en la casita de la playa que tenían en la costa de Almería, y donde pasaban el mes de agosto.

Estaban acercándose ya peligrosamente a los cincuenta, y muchas veces comentaban la putada que era envejecer. Aunque ambas lo vivían de diferente manera. Cloe, como toda madre, se miraba en el espejo de sus hijos. Los veía crecer inexorablemente, y eso le recordaba cada día que ya no iba siendo tan joven. Aunque la ilusión, y la preocupación, por su correcta “transición a la vida adulta”, como ella lo calificaba bromeando, hacían que frecuentemente se olvidara de ella misma y de las renuncias que suponían ir envejeciendo. Cuando le confesaba a su amiga que se había tenido que quitar con unas pinzas un indiscreto pelo de la barbilla, lo hacía muerta de risa.

Susi también se había quitado alguno, pero lo vivía con angustia. ¿Qué había conseguido ella en la vida hasta ahora? La crisis de la madurez no se vivía lo mismo junto a un marido que te arropaba y dos hijos que, a pesar de las trifulcas típicas de la adolescencia, te querían más que a nada en este mundo, que como ella, que vivía sola y, cuando llegaba a casa por las noches, solo tenía la compañía del televisor.

—Susi, ¿qué tal el piso que fuiste a ver con Fran? Me dijo que era precioso. ¿Te vas a animar a comprarlo?

El rostro de Susana volvió a desencajarse. Le temblaba el labio superior, en un tic que su amiga conocía y sabía que no presagiaba nada bueno.

—¡Susana, por Dios! Dime qué te pasa— le rogó su amiga.

Susana dio un largo trago al gin tónic y respiró profundamente antes de hablar.

—He follado con Fran— dijo secamente, mientras miraba a su amiga casi con frialdad.

—Si es una broma, no tiene gracia— Contestó Cloe con voz temblorosa. Sabía que Susi no gastaba bromas de ese tipo.

—No es broma. Mejor dicho, me follé a Fran. Eso es más exacto.

 

En ese instante, Susana vio como una lágrima se deslizaba por el rostro de Cloe para caer en su gin tónic, que burbujeó al recibirla para luego diluirla en el océano del vaso. Pensó que eso mismo iba a pasar con su amistad desde ese momento. Se diluiría para siempre, como si nunca hubiese existido. Como si no hubiesen sido uña y carne. Como si ella no se hubiese quedado con los hijos de Cloe infinidad de veces, para que salieran a cenar tranquilos ella y Fran. Como si no hubieran compartido siempre las más íntimas inquietudes, ni aquellos veranos juntos y no se hubieran emborrachado los tres, muchas noches, en aquella terraza cuajada de estrellas. Como si no hubiesen sido como hermanas de sangre, como decía Cloe.

—¿Por qué? — pudo finalmente balbucear Cloe, haciendo un esfuerzo ímprobo.—¿Por qué Fran?— terminó preguntando severamente.

—No sé…Pero fui yo, Cloe. No quiero que le culpes a él. Estábamos viendo el piso. Él me mostraba las hermosas vistas que se divisaban desde la ventana del salón, entusiasmado, y yo le abracé por detrás y le besé en el cuello.

—Pero él…—intentó averiguar Cloe.

—¡Calla, por favor! Déjame que te cuente cómo fue— cortó apremiante Susi a su amiga, antes de continuar— Él se quedó rígido, extrañado y desconcertado, claro. Pero yo seguí. Cuando se volvió lo besé en la boca. Él intentaba decirme que no entendía nada y que aquello no estaba bien. Pero yo por toda respuesta le desabroché la camisa y seguí besándolo por todo el cuerpo. Hasta que él perdió el control. Follamos sobre el desnudo parqué. Mientras lo hacíamos, ambos nos sentimos sucios y despreciables, lo sé. Tu presencia era palpable. Como si nos mirases desde el sofá inexistente con esos ojos de atónito asombro que sueles poner cuando no das crédito a algo. Al terminar, y mientras Fran se abrochaba la ropa, me dijo que aquello jamás volvería a pasar y que no te contara nada. ¡Cómo si yo deseara que aquello se repitiera! Dio un portazo, y yo me quedé allí toda la tarde llorando. Porque sabía que te lo tenía que contar, aunque te rompiera el alma. Lloraba por ti, Cloe. Porque sabía que esta tarde serías tú la que llorarías, con toda razón, y que me odiarías.

—¿Por qué Fran? ¿Estás enamorada de él? — preguntó Cloe, con sus ojazos de gacela asustada anegados de lágrimas.

—¡Qué va! No has entendido nada. Los motivos son menos dignos que eso. Es lisa y llanamente que te envidio.

Aturdida y como si aquello no le estuviera pasando, Cloe se levantó de la mesa, se secó las lágrimas con un kleenex, y luego, mirando a Susi, que seguía sentada con la mirada absorta en su vaso de gin tónic, le dijo: Paga tú.

Y salió del Varsovia, mientras Luis la miraba preocupado. Afuera seguía jarreando agua aquella aciaga tarde de finales de junio.

 

 

Publicado la semana 51. 17/12/2018
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