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Camille Lescaut

Séneca ha muerto

Su nombre real, y casi premonitorio, era Marciano. Aunque algunos vecinos del pueblo, tal vez los menos amigos, lo apodaban el “Séneca”. Mi vecino, un hombre de campo, con el rostro y la figura marcados por las horas de intemperie, pero sabio, murió una desapacible tarde de noviembre.

No quiso entierro religioso, ni exposición macabra en el velatorio, en Marte esto no se estila.

El hijo mayor de una familia de ocho hermanos y pobre como las ratas, casi no pudo acudir a la escuela, aunque aprendió a leer y a escribir sin ninguna dificultad. Su falta de estudios le pesaba como una losa; mucho más que la suntuosa losa de granito que la familia, contradiciendo su voluntad, le encargó para su tumba. Lo que sí dejó por escrito fue su epitafio: “No me he ido, solo he regresado”. Porque Marciano siempre dijo que pasábamos por esta vida por una casualidad insignificante, y que a dónde realmente pertenecíamos era a la tierra. Que éramos como una pequeña brizna, o como los brotes de hierbas que, aleatoriamente, aparecían en el campo (él usaba palabras como brizna y aleatoriamente) y, al secarse, volvían a nutrir la tierra, que era su principio y su final. Nada más importantes, ni menos, que eso.

Estas y otras reflexiones me las hacía mientras se fumaba su eterno cigarro, mirando al horizonte con una expresión tan clarividente que daba miedo. Parecía tener respuestas para muchas cosas que para mí estaban vedadas.

Era un hombre de pocas sensiblerías. Tan solo lo vi emocionado, dolorosamente emocionado, cuando me relató la primera vez que su padre lo mandó al monte con las ovejas. Apenas tenía ocho años. Su madre le preparó un zurroncillo y una manta de lana para pasar dos o tres noches al raso con el ganado. Partió al alba, con sus cuarenta o cincuenta ovejas y su listísima perrita “Colorines”. Su madre le despidió con ojos llorosos y su padre le pasó su manaza por el cogote.

La primera noche fue terrible. Una vez tuvo guarecidas a las ovejas en el aprisco, una casucha medio derruida, él se acomodó como pudo, pero sentía miedo; miedo y desamparo. A lo lejos se veían las tímidas luces de queroseno del pueblo, y se le cayeron unos lagrimones como puños. Colorines le lamió la cara, cómplice de su congoja.

Nunca le perdonó a su padre el tiro de gracia a Colorines, con su escopeta de caza, cuando se hizo vieja y ya no le servía para el pastoreo. Casi los únicos cariños y arrumacos que recibió de crío fueron de esa perrita mil razas, de mirada brillante, cada oreja de un color y fiel como la muerte, según su propia expresión.

Se casó con Benita, la moza más guapa de todo el entorno. Tuvo esa suerte. Benita se enamoró de él, que no tenía apenas tierras, ni una peseta en el bolsillo. Él le leía libros por las noches. Siempre le gustaron las historias de Pío Baroja. Hubiera dado lo que fuera por ser Shanti Andía y surcar los mares; y esto lo decía un hombre de los duros campos de Castilla que jamás vio el mar. Ingenuamente le aconsejé leer también a Delibes, un hombre que, como él, se sentía profundamente ligado a la tierra. Sí, lo conozco, me contestó. Me hubiese gustado escribirle a mi Benita algo tan hermoso como don Miguel escribió, en su Mujer de rojo sobre fondo gris, para su mujer.

Con Benita no tuvo hijos, pero no le pesaba. No le gustaba el mundo que les hubiera tocado vivir. Antes las cosas eran más de verdad, más duras, eso sí, pero más de verdad. Cuando Benita iba a morir, ella le pidió perdón por no haberle dado descendientes. Y él, sollozando como jamás lo había hecho, le dijo que nunca los había echado de menos. Así se habían tenido el uno al otro con total entrega.

Ella lo había hecho feliz, y creía que él a ella también.

El día en que Benita murió, sintió un desgarro en el pecho, un dolor como picotazo de alacrán en el corazón. Ese mismo día empezó a sentir la llamada urgente de la tierra, que lo reclamaba para ella. Y él deseó no demorarse mucho.

Marciano no era muy amigo de la taberna. Prefería una buena conversación y, más aún, un buen libro que leer bajo el emparrado de su puerta. De todo eso le vino el mote. Muchos lo miraban con recelo. Decían que siempre había sido raro y “estirao”.

Y es que olvidaban que venir de Marte no es nada habitual.

 

Publicado la semana 49. 04/12/2018
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