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Camille Lescaut

Nocturno para un noviembre

 

 

El pianista apareció solemne en escena. Con una elegancia que se intuía innata, se sentó frente al piano con su expresión ya absorta en la partitura que en momentos iba a desgranar. Quizás, solo una espectadora de las filas delanteras se percató de una discreta lágrima que, como un arroyo dorado, se deslizaba por el rostro del artista.

 Y con una sobrecogedora tristeza comenzó a tocar:

 

Siempre te recordaré en noviembre.

Entre la fronda infinita de paraguas, sobre la acera cuajada de hojas de gabardina, te vi, mejor, te intuí.

En el reflejo huidizo de algún charco hallé los círculos concéntricos de tus iris. Como una hermosa Híade, conjuraste a la lluvia, para que yo te descubriera así, aterida y frágil.

¿Por qué me mostraste el Cielo para luego diluirte en otra lluvia?

La bruna luz de la tarde parecía estar concebida para acomodarnos frente a un fuego. Y los filos de las espadas se volvieron tibios y acolchados. Las viejas heridas, eternamente abiertas, laceradas, junto a ti, sanaron con el prodigioso olvido de todo lo que no fueras tú.

Y tu cuerpo se convirtió en el paisaje que cada noche visitaba. Enredado a mi cintura, me vencía y me daba el coraje que, aún vencido, precisaba. En la curva exquisita de tu espalda o en la senda inacabable de tus piernas, me abandoné, deseando no ser rescatado jamás.

Aunque te amé con la emergencia del que se teme de paso. Cada beso, cada risa, cada abrazo brotaban con una fugacidad dolorosa e inevitable. Tú nombre siempre perteneció al recuerdo; cuando lo pronunciaba, ya te echaba de menos.

Quizás las diosas nunca se detienen demasiado, y envidio a las lluvias que siguen rozando tu paso.

Porque aquel mes, siempre secundario y transitorio, se tornó el noviembre más imprescindible del otoño.

Publicado la semana 48. 26/11/2018
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Relato
Año
I
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48
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