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Camille Lescaut

¡Qué susto!

                                           


Una inquietante tonalidad violácea llevaba varias noches tiñendo la luna, y por el día el sol presentaba por momentos un color anaranjado, muy rojizo, nada tranquilizador, pues la temperatura, durante esos minutos, podía alcanzar los cincuenta grados. Este suceso nos tenía a todos inquietos, incluidos a los sabios de Accuweather que no sabían explicar el sorprendente y nunca visto fenómeno atmosférico.
Los geranios y las hortensias de mi jardín habían quedado ajados, parduzcos, como si hubiesen sido devastados por un incendio. Un sudor incesante me mojaba la ropa recién puesta y el rostro me ardía como si me hubiesen pillado en una mentira. Estábamos irritados y furibundos sin saber muy bien por qué. Hasta Karina, mi perrita, dulce ella como la miel, llevaba unos días enseñando los dientes a todo aquel que se cruzara en su camino y no quería salir del plato de la ducha, donde se cobijaba en esos momentos de eclosión solar.
Y llegó una de esas extrañas noches violetas acompañada de unos sonidos vibrantes, de baja frecuencia pero absolutamente perceptibles y atemorizadores. Era como si la tierra tuviese un enorme motor que permaneciera a ralentí, haciéndonos mirar constantemente y desconcertados por las ventanas. 
Decidí irme a la cama vestida con una tenue camisola y sin poderme cubrir ni con la sábana, pues el calor era cada vez más opresivo. Me encontraba algo más relajada y en el principio de un benefactor duermevela, cuando una vibración, más fuerte que las hasta ahora percibidas, me puso en guardia. De pronto, una nube de vapor blanquecino y denso invadió mi habitación. Yo, paralizada y estupefacta, no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Agucé la vista, pues al final de la estela de vapor intuí una figura que parecía dirigirse hacia mí. Comenzó a sonar la maravillosa canción Transformation de Van Morrison, la cual, preciosa donde las haya, no me pareció tan adecuada para este, digamos, trascendental momento.
La “vaporosa” figura era masculina, como de unos setenta años. Su barba larga y blanca contrastaba con su indumentaria un tanto juvenil: vaqueros algo raídos, camiseta con logo de la Motown y una gorrita puesta de cualquier manera, que en su frontis presentaba, cosido a modo de escudo, ¡un triángulo con un ojo en medio! 
¿Sería Dios?, me pregunté alarmadísima. Jamás de los jamases me habría yo imaginado a un Dios con esta pinta de rockero añejo o de un Moustaki desaliñado.
Yo, por si acaso, me mostré sumisa, y con un tono casi pueril pregunté:
— ¿Dios, quizás? ¿Este es el Juicio Final?— Para luego añadir tontamente: Yo creo que he sido bastante buena.
Desde luego, siempre pensé en un Apocalipsis más grandioso, digamos menos doméstico, aunque, expectante, esperé sus respuestas.
Él sacó una libreta con una goma, bastante mugrienta, y se puso a hojearla hasta que pareció encontrar la página que buscaba.
    —Sí, por supuesto que soy Dios. Y tú eres Margarita Caballero. A ver…— y repasó rápidamente sus apuntes— En fin, buena, buena…— insinuó cabeceando.
   —Creo que una cosa corriente, soy humana— le contesté angustiada.
Me leyó con una exactitud pasmosa la lista de agravios que yo había cometido contra mis congéneres. Pero se remontó tan atrás de mi vida, que hasta me resultó rencoroso. Había olvidado por completo que, una Noche de Reyes, me levanté sigilosa y puse en mis zapatillas todos los juguetes que le habían puesto a mi hermana. Además, creía que estaba sobradamente expiada esta pueril fechoría con las dos bofetadas que me había soltado mi madre. También sacó a colación el hurto del “boli mágico de cien colores”, que cometí contra mi compañera de cuarto de primaria. Luego, fue pasando a asuntos menos inocentes, cuando ya estaba yo crecidita; como el expolio a la economía del cabrón de mi exmarido, la maledicencia gratuita contra mi vecina de al lado, a la cual no soporto, o la envidia que me corroe cuando veo a alguna amiga de mi edad que tiene menos arrugas que yo, y que me lleva a espetarle: “te encuentro fenomenal, los kilos siempre estiran la piel”, y un largo, largo, etcétera de miserias humanas.
—Sí, todo eso es verdad, pero no son tan graves, son debilidades muy normales—          le dije avergonzada y al borde de las lágrimas.
—Ya, pero muchos pocos hacen un ciento— concluyó implacable.
—Tú me hiciste imperfecta, ¿qué quieres?
— ¡No!, ¡yo te hice libre!, como a la madre Teresa o a Luther King, pero tú escogiste otro camino. No me vengas con excusas manidas. Por cierto, aquí lo tengo apuntado, ¿qué me dices de cuando, siendo una niña angelical, te dedicabas a quemar hormigas con una lupa por el simple placer de ver como las pobres salían ardiendo?— terminó por decir en un tono severísimo.
Tengo que reconocer que ese miserable recuerdo me hizo enrojecerme de nuevo. Pensé en mi cruel atrocidad y me hundí por completo. Pues la crueldad no tiene escalas, y a lo mejor, ni el mismísimo Hitler quemó ni una hormiga en su niñez.
Cuando ya estaba convencida de mi inminente ingreso en el infierno, o al menos en el desesperante purgatorio, una tremenda sacudida me estremeció. Empecé a oír con nitidez la voz de mi actual pareja:
— ¡Marga, Marga, despierta por Dios!— me zarandeaba apurado— Debes de tener una horrible pesadilla. La fiebre, sin duda, te ha hecho delirar. Espera, que quito la radio. Estaba escuchando en Radio 3 a Van Morrison y no he oído tus gemidos hasta ahora. Perdona, cariño, ¿necesitas algo?
—Sí, que me perdones tú a mí por apoderarme siempre del mando de la tele, y que llames a mi amiga Mariló, tengo que confesarle que no está gorda, sino que tiene un cutis envidiable.
— ¡Qué rara estás, Marga! Si no fuera porque tienes cuarenta de fiebre pensaría que te habías vuelto loca.
— ¿Hace buen día hoy? Estoy deseando recuperarme un poco y salir al jardín— le dije, ya algo aliviada.
— No creas, el sol se ha puesto de un color extraño, naranja muy rojizo, y en pocos minutos ha empezado un calor asfixiante…

 

Publicado la semana 47. 20/11/2018
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