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Camille Lescaut

Una anécdota sin importancia

 

 

Aquella tarde, me dirigí animada a la biblioteca municipal de mi barrio con el fin de hojear algunos libros sobre literatura erótica, para poder aconsejar a un amigo sobre algún texto literario, de calidad, del género.

Al frente del mostrador se encontraba un hombre de mediana edad, seguramente algo más joven que yo. Absorto en su ordenador, no me escuchó a la primera. Le tuve que repetir mis buenas tardes y mi pregunta: ¿tienen secciones separadas por géneros? El susodicho me miró de arriba abajo, por encima de sus gafas de  presbicia. Supongo que, como todos hacemos, se haría sus componendas mentales: Mujer madura, con buena pinta (porque creo que tengo “buena pinta”), clase media con estudios y sin muchas pretensiones intelectuales (no llevo gafas redondas de concha para miopía, ni pelos de loca, ni visto de negro existencial), seguro que busca libros escritos por mujeres, de historias más o menos rosas, o el último best seller de Ken Follett. Con algo de condescendencia, como si supiera lo que le iba a decir, me preguntó qué buscaba exactamente. Yo algo cohibida, lo reconozco, le contesté que buscaba literatura erótica. La cara del empleado se transformó en todo un cuadro de asombro y estupor. Casi lo vi escandalizado. Con cierto desdén, aunque reprimido como se le exige al funcionario de una biblioteca, me contestó que no, que yo misma buscara por autores.

Me dirigí al pasillo de orden alfabético sintiéndome observada por la espalda y ruborizada por la cara. ¿Por qué?, os preguntaréis. Porque el prejuicio de aquel hombre frente a mi imagen de supuesta señora seria y convencional, casi era menor que el mío contra romper esa imagen y ser juzgada por ello. Tanto fue así, que me sorprendí a mí misma justificándome ante aquel individuo y explicándole que había escogido uno de Vargas Llosa, como queriéndole asegurar que no venía buscando “Chochos Locos” o “Amaneceres calientes” ni nada por el estilo.

“Patética” sería el adjetivo más adecuado que definiría cómo me sentí segundos después de salir de la biblioteca. Porque resulta que la señoras maduras con buena pinta, de ahora, fuimos protagonistas de la movida de los 80, porque luchamos, en la facultad o en las calles o en nuestras propias casas, por muchos derechos que no eran tan obvios como en la actualidad, porque tomábamos absenta en Malasaña y  fumamos algún porro en los servicios del Sol de Jardines , porque desterramos para siempre muchos tabúes que nos habían inculcado las monjitas, porque íbamos ávidas de cultura y frescura a la filmoteca a ver películas de Bertrand Tavernier o de Pasolini, porque, a base de broncas paternas, dijimos no a seguir siendo señoritas de buena familia para pasar a ser compañeras y cómplices de nuestros novios, a los que nos resistíamos también a llamarlos así. Porque sentíamos como una transgresión, o mejor dicho nos obligaban a sentirlo así, lo que ahora es absolutamente normal y aceptado. Es mucho con lo que rompimos para verme ahora disculpándome, casi, ante un bibliotecario que no sabe nada de mí. Y lo peor de todo es que él no me pidió ninguna explicación, sino que éramos yo y mi propio prejuicio los que me obligaron a dársela.

Por todo ello, os pido perdón, queridas compañeras de generación. Intentaré que no se vuelva a repetir.

Publicado la semana 46. 12/11/2018
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