Semana
45
Camille Lescaut

El discípulo

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Relato
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Cuando entraron en la ciudad años atrás, se sintieron orgullosos, dignos de escribir una página en la historia de aquel país al que amaban por encima de todo.

El Coronel les había inculcado, con sólidos argumentos, la idea y la ilusión del rescate de aquella fabulosa tierra, la suya, vapuleada por los tiranos y sus adláteres que llevaban demasiado tiempo tratándola como su rancho. Era necesaria una intervención como aquella. Él le escuchaba admirado, viéndole como el único redentor posible del caos y saqueo inaceptables en que el pueblo se había visto sumido.

Los vítores recibidos de los ciudadanos que se agolpaban para verlos pasar, sus ojos llenos de esperanza basada en una justicia social venidera, sus ofrendas de flores y su algarabía desenfrenada, que despedía a los antiguos opresores con el deseo de su destierro para siempre, los legitimaron para entrar en el Palacio Presidencial, cual héroes helenos, tras la gran gesta.

Los primeros tiempos fueron difíciles pero ilusionantes. Como en toda revolución, había que sacudir las alfombras, depurar funcionarios corruptos, establecer nuevas reglas de convivencia y eliminar privilegios establecidos, con la resistencia iracunda de los que se veían despojados de sus prebendas. Por ello no fue raro que el Coronel sufriera un atentado en los primeros meses, cuando los derrotados aún no daban todo por perdido. Fue en aquel episodio cuando se estableció un lazo indeleble de amistad y confianza entre el líder y él, ya que gracias a su rápida intervención lo había librado de una muerte cruenta y segura. Mientras realizaba su turno de guardia en las puertas del edificio presidencial de la República, se percató de algo extraño en los bajos del automóvil del Coronel. Rápidamente se pusieron en marcha todos los mecanismos de seguridad, que confirmaron que era una bomba lapa de gran potencia.

Desde aquel día había sido privilegiado con la amistad sincera y la deferencia de desayunar con el Coronel cada mañana en su despacho. A pesar de su juventud, a la sazón, este le escuchaba con atención, instituyéndole en lo que denominaba, algo pomposamente, “la voz del pueblo”. Siempre le dijo que no escatimase en detalles,  incluso los que no le favoreciesen. Quería saber de primera mano lo que se cocía en las calles, aunque a veces fuesen críticas hacia su gestión.

Él, casi religiosamente, a las ocho entraba en el gran despacho, coronado por una gran pancarta que decía “La palabra es del pueblo”. Allí departían sobre los últimos acontecimientos, muchas veces intentos de traiciones entre los suyos, y el Coronel se lo agradecía en el alma, pues veía en él al joven que él mismo fue y que no quería perder del todo en su ardua trayectoria al frente del país.

Analizaban juntos los artículos que les dedicaban en la prensa extranjera, y siempre admiró la templanza con que el Coronel asumía las críticas y sobre todo las alabanzas, que en la mayoría de los mortales resultaban más peligrosas.

Se embebió de su pasión por las ideas de igualdad, justicia y honestidad que su ídolo le trasmitía cada mañana en sus exclusivos desayunos. 

Ya habían pasado casi quince años, por tanto, ni él era ya tan joven ni el Coronel tan idealista. Hacía tiempo que había dejado de recibir con agrado los casi reproches que su amigo, “la voz del pueblo”, ahora le hacía con demasiada frecuencia. Su gobierno se había estancado en una dictadura, revolucionaria, sí, pero dictadura, al fin y al cabo. 

Era cierto que habían conseguido grandes logros en educación, sanidad y en servicios sociales, pero él le planteaba: ¿para conseguir eso, era necesario una dictadura militar?, ¿dónde estaban los antiguos principios democráticos?, ¿no estaban pasando por encima de los derechos de la gente con el único objetivo de perpetuarse en el poder?

Todo aquello hacía revolverse incómodo al Coronel en su gran sillón. A su pesar, a menudo le tenía que hablar con dureza, recriminándole el abandono de sus ideales, quizás con más familiaridad de la que el Coronel ya estaba dispuesto a consentirle. Y sabía que este estaba a punto de interrumpir en adelante sus reuniones matinales.

Sutilmente fue cayendo en desgracia. Se percató de que numerosos días era vigilado. Su mujer empezó a temer por su seguridad y le imploraba que volviese al redil.

— Te equivocas, cariño, yo nunca estuve dentro— le contestó con altivez y determinación—. No me jugué la vida por pertenecer a un rebaño, sea cual sea el pastor.

Con una audacia temeraria, aquel día llegó al despacho del Coronel a las siete cincuenta, y no a las ocho como estaba sagradamente convenido. Tras vencer la lógica resistencia de los vigilantes, le dejaron esperar allí a su “Excelencia”. Le iba a comunicar que era él el que daba por concluidos sus desayunos, que últimamente ya se servían en fornitura de plata.

Cuando al fin acudió el Coronel, quedó boquiabierto ante la osadía de su otrora amigo. Tapando la gran pancarta de lema revolucionario que siempre había habido tras la mesa del despacho, había colocado una de mayores dimensiones que decía “El pueblo soy yo” *

Se miraron largamente, como se miran dos viejos amigos que se conocen hasta las más mínimas debilidades y no se pueden engañar.

Al salir del despacho, presintió que probablemente no volvería a ver un nuevo amanecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) Título del libro de ensayo de Enrique Krauze y del documental de Carlos Oteyza, sobre los regímenes populistas.

Publicado la semana 45. 06/11/2018
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