Semana
44
Camille Lescaut

PARTY EN VÍSPERAS

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Relato
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Cada año a Efraín le ocurría lo mismo. El día treinta y uno de octubre se citaba con Carlos, Juan y Tadeo, y los cuatro pasaban un buen rato, poniéndose al día de sus escasas novedades y sus inevitables penas. Sus tres amigos de cuadrilla le tenían algo de envidia. Efraín, dado que su familia era oriunda de México, siempre tenía un montón de comida, aguardiente y dulces con que agasajarles. Siempre había sido generoso y hospitalario, así que montaba una estupenda reunión donde acababan, invariablemente, con la fase de exaltación de la amistad, con algún desperfecto en las instalaciones del recinto, que los vigilantes achacaban a “vandalismo”, y con sus mejores deseos de verse de nuevo al año siguiente.

No se resignaban a asumir que los tiempos de aventuras, confidencias a diario, ligoteos en la biblioteca, partidas de mus y viajes en verano por Europa casi sin un céntimo, se habían acabado ya hacía tiempo y para siempre.

Lo que más les divertía era ver la cara de pavor de los visitantes, cuando veían volar por los aires algún búcaro repleto de flores, o caer la espada de algún ángel, estrellándose en el suelo. Cuando al fin llegaba la hora de la despedida, al anochecer, se sentían compungidos y pesarosos, pues cada mochuelo tornaba a su olivo.

Carlos se marchaba para Alicante, donde su madre y su hermana irían a verle al día siguiente; seguro que eran las primeras de todos los visitantes que acudían en tropel ese día. Le llevarían un oloroso ramo de crisantemos, unas sentidas lágrimas ya alojadas en sus ojos vidriosos, rezarían el consabido padrenuestro y ¡hasta el año que viene! Tadeo partía para Cartagena. ¡Qué suerte tenía el jodido! Allí tenía unas estupendas vistas, desde ese precioso jardín casi siempre soleado, a lo lejos, se veía hasta el mar. Al día siguiente no esperaba visita, pues su familia odiaba las aglomeraciones y solían visitarle el cinco o seis de noviembre, cuando ya se hubiera pasado todo el follón, decía su padre. Era una visita corta pues, aunque no se lo querían reconocer, a todos les daba cierto escalofrío  aquel sitio. Nunca había sido una familia muy sentimental. Juan volvía para Cambados, su tierra del alma. Al resto les ponía algo nerviosos que fuera tan chauvinista. Desde los tiempos de la facultad, cuando todos querían ser ciudadanos del mundo, él revindicaba su Pontevedra y su pueblo con una vehemencia cansina. Pero Juan era así, y ya no tenía remedio. Su madre iba a visitarle casi todas las semanas, así que, para él, el día uno de noviembre no era tan especial. Efraín esperaría con la tradicional expectación la visita de su madre— ya que el viejo murió allende los mares hacía varios años—, que veía indignada cómo una mano oculta, año tras año, arrancaba unas letras de bronce de su epitafio; aquellas que decían “un hijo ejemplar”. La pobre no podía ni imaginar que era su ejemplar vástago el que, furioso contra sí mismo, las quitaba de allí cada treinta y uno de octubre, antes de que llegasen sus amigos. Ella las reponía en cuanto tenía ocasión.

 Efraín los vio partir y, como cada año, sintió una punzada de insoportable congoja rememorando a sus amigos con sus novias, sus juergas y su indolencia feliz e irresponsable, que seguramente fue la que le llevó a coger el coche aquel día en que se iban todos juntos de fiesta. Jamás le habían reprochado nada, pero él sabía que tenía una enorme deuda con ellos.  

 

Publicado la semana 44. 01/11/2018
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