Semana
43
Camille Lescaut

UNO DE TANTOS

Género
Relato
Ranking
1 116 9

 

 A Alfonso la vida se le fue añorando a su querida Marina. Ahora, más que nada, echaba de menos sus despertares juntos. Ella, cálida y acolchada, dándole los buenos días, le daba un mordisquito en la oreja. Entonces, aunque afuera diluviase, la jornada comenzaba luminosa y llena de promesas siempre gratas.

Cuando ella lo abandonó, harta de sus cambios de humor, abrumada por su histeria y agresividad ante el inminente infortunio económico, él se había permitido despedirla con desdén, llenarla de reproches agrios e injustos. Le había echado en cara sus lujosos regalos, sus cenas en restaurantes exclusivos, sus viajes a París con paseos por el Sena, como si ella alguna vez se los hubiese pedido.

Como un idiota, no había entendido nada. Marina no necesitaba nada de eso para amarlo. Sólo le reclamaba, con todo derecho, un rincón cerca de su corazón y de su pensamiento, como le había brindado en los tiempos de bonanza. Ella jamás había necesitado lujos para ser feliz, le repetía aquella aciaga tarde en que se marchó.

Él, orgulloso y estúpido, le recriminaba a ella lo que no se atrevía a reprocharse a sí mismo. Se sentía tan hundido y fracasado, que era incapaz de comprender cómo su mujer podía seguir queriéndolo.

El bonito piso de la calle Miguel Ángel, embargado, terminó por perderlo; su Visa Oro pronto le fue retirada por el banco y su autoestima desahuciada por él mismo. Aunque lo que realmente marcó un antes y un después fue la marcha de su mujer. Comenzó a abandonarse y se resistía a buscar un trabajo, aunque fuera por cuenta ajena y mal pagado, que lo sacara del hoyo donde se encontraba. En el feo pisucho que logró alquilar en el extrarradio, veía pasar la vida desde la minúscula terraza, como si no fuera con él. Comenzó a suicidarse lentamente, sumergiéndose en el alcohol y la melancolía.

Marina intentó ponerse en contacto con él, al saber por sus amigos de su abandono. Pero él siempre se negó. No podía presentarse ante ella así, lastimoso y derrotado. Y fue cayendo en el círculo vicioso de la renuncia.

Cuando conocí a Alfonso, era el hombre más triste sobre la faz de la tierra. Su antiguo deportivo BMW, había sido sustituido por un carrito, robado en el Lidl del barrio, que arrastraba cargado de un jersey ya viejo, una manta raída y alguna botella de vino. Vivía de las limosnas que algunos transeúntes le daban apiadados. Me costó un triunfo entrevistarme con él para que me pormenorizase su situación. Se negaba a cualquier tipo de ayuda.

Cuando le pregunté qué es lo que realmente quería, me contestó que lo único que necesitaba era que Marina volviese a darle los buenos días, enroscada en él, en una cama mullida y digna; que lo único que le haría feliz sería volver a abrazarla, recostar la cabeza en su pecho y sentir cómo se acompasaban sus latidos.

Conseguí localizar a Marina, que angustiada y solícita vino a buscarle. Estaba dispuesta a redimirlo de aquella vida autodestructiva. Aún lo amaba, a pesar de todo.

Pasamos horas intentando localizarle en los puntos habituales donde solía parar. Alfonso no apareció por ningún sitio.

Por favor, si veis a un mendigo cerca de vuestra casa, o en la puerta del supermercado o recostado en algún banco del parque donde lleváis a los niños, preguntadle su nombre. Si se llama Alfonso, lleva un carrito del Lidl y una inmensa tristeza aflora en sus ojos, decidle que Marina lo está buscando.

 Pero si no se llama Alfonso, se podría llamar Juan, o Pedro, o Samuel, lo importante es que al menos le preguntéis por su nombre; lo tiene, seguro.

Publicado la semana 43. 22/10/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter