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Camille Lescaut

Ati y el viento

 


Ati aprendió a decir su nombre, a duras penas, escuchándolo siempre velado por el sonido de las olas del mar y el clamor del viento.
A sus más de cuatro años, y cuando todos estaban preocupados por su mutismo, Matías, que era su verdadero nombre, un día del mes de agosto dijo: “Yo, Ati”. La familia lo celebró como si acabara de declamar el verso más hermoso que hubiesen escuchado nunca. Desde que nació, había sufrido continuas infecciones de sus debilitados tímpanos. “La humedad y el viento no son buenos para sus oídos”, había dictaminado el médico, don Serafín, que le atendía desde que vino a este mundo. Así es que Ati llevaba permanentemente unos algodones en sus oídos para evitar que el fuerte garbí o la tramontana, que solía durar tres días con sus tres noches, le produjeran las temidísimas otitis. Todo ello propició que comenzase a hablar tan tarde, y a su manera, pues el perpetuo algodón en sus orejas parecía taponar también los sonidos de su garganta.
Incluso, cuando don Serafín se jubiló y vino el nuevo médico, don Fausto, Ati estuvo diagnosticado de autismo por este nuevo galeno un tanto iluminado. Sus padres, al no entender ni una palabra de lo que el médico les decía, hicieron caso omiso de no sé qué pruebas neurológicas aconsejadas por don Fausto y siguieron con los algodones y aprendiendo a entender a su hijo en su peculiar idioma.
Ati era feliz en su aldea blanca, bonita y soleada, que miraba al Mediterráneo, arrogante, desde la pequeña loma donde se asentaba. Allí, todo estaba comprendido por el mar, la pesca, el viento y la modesta vida de las familias que vivían de ello. Incluso las gaviotas no eran molestos pájaros que incordian con sus graznidos y acechan para robar el pescado de los que arriban al atardecer, sino que eran consideradas como parte imprescindible del recoleto paisaje, alejado de turistas y malecones artificiales, e intérpretes de una alegre y constante melodía que rendía pleitesía al pescado recién llegado y a sus intrépidos captores.
A sus doce años su padre le compró, de segunda mano por supuesto, su primera barquita, El Esquirol, elegante y marinera. Ati solo tenía permiso para salir a alguna cala cercana, los días de calma chicha, donde cogía exquisitos mejillones de roca y algún pulpo, pero tenía vedada la pesca junto a su padre, como era su sueño, ya que temían por sus maltrechos oídos. La merma de su audición que no mejoraba, sino todo lo contrario, no aconsejaba una vida en el mar, donde hacen falta los cinco sentidos, o seis, o siete, decía siempre su padre. 
Ati siempre albergaba la esperanza, solo basada en que ocurriese un milagro, de la curación de sus oídos. Cuando se iba a la cama, miraba, concentrado y con toda la devoción de la que era capaz, el gran cuadro del Sagrado Corazón que había colgado sobre ella, y le pedía con todas sus fuerzas ese pequeño favor. Su madre siempre le rezaba para las cosas más variopintas. ¿Por qué este señor, de barba rojiza y melena ondulada, de ojos trasparentes y sonrisa celestial, ofreciéndole un enorme corazón que se señalaba con el dedo, no iba a atender su ruego? Estaba seguro de que una mañana, al despertar, oiría con nitidez el sonido de las olas, el ulular del viento o el griterío de las gaviotas. Entonces, iría corriendo a decírselo a su madre, que lo abrazaría y le prepararía en el acto toda la indumentaria necesaria para embarcar con padre al día siguiente.
Mientras, se conformaba con su barquita, aunque sin dejar de sentir que aquello era algo provisional, hasta que el señor de la melena lo tuviese a bien.
Cuando se adentraba en el mar, embarcado en su Esquirol y remando de pie, por unos minutos se sentía tan orgulloso como si manejara el pesquero más imponente de toda la bahía. Miraba con una altivez, algo cómica, a cuantos veía en la playa, y los más viejos se sonreían benevolentes. Su madre, el ser menos gregario sobre la faz de la tierra, mientras, cosía redes algo separada del resto de las mujeres, sentada en la playa y siempre vigilante de la peripecia de su hijo. A este le avergonzaba la eterna tutela de su madre, se rebelaba incluso, aunque no podía estar mucho tiempo enfadado con ella, la quería más que a nada en este mundo. El delicioso olor a mar de su pelo y sus dulces besos, cuando su padre le regañaba severamente por alguna travesura, lo desarmaban ante cualquier conato de enojo con ella.
A los dieciséis años apareció su primer y único amor, Elena. Nena, como él la llamaba, era una jovencita de piel morena, pelo y ojos negros como el azabache, que brillaban como estrellas cuando la medrosa luz de la luna incidía, en las noches de verano, sobre su adorada figura. Ati se quedaba embelesado mirándola, y Nena, apenas una cría, se reía de él. Eran la pareja perfecta. Ella, sobrada de desparpajo, y él, falto de malicia. Tumbados en la playa, miraban el azul casi negro del cielo y se hacían vehementes promesas de recorrer el mundo juntos. Nena comprendía a la perfección el lenguaje entrecortado de Ati, de hecho, muchas veces le hacía de intérprete con los otros chicos de la aldea. Quizás, el atisbo de marginación, que ambos sentían por distintos motivos, ayudó a que realmente se sintieran a gusto cuando estaban solos. Nena pertenecía a una “casta” algo inferior. Su padre no tenía barco, no era patrón, tan solo marinero para otros pescadores. Y el balbuceo de Ati, a veces, era motivo de mofa entre los otros chicos. Pero ambos, estando juntos, se reían del mundo y de todos y de cada uno de los que pretendían hacerles de menos. ¡Cómo les iba a importar nada más, si se habían descubierto el uno al otro!
Aún no se habían atrevido a hacer el amor, pero se besaban y tocaban con una vehemencia tal que Ati, muchas noches, regresaba dolorido en la entrepierna, por la pasión reprimida en el último momento. Los pechos de Nena se le antojaban pequeñas montañas de arena, coronadas de canela dulce y exquisita. Sus labios eran como húmedas medusas que, aprisionando su boca, vertían en su interior el misterioso sabor del amor acumulado durante siglos. Gemían de placer, pero, cuando parecía que sus corazones y su sexo iban a estallar, la voz inoportuna de una conciencia mojigata inculcada desde siempre por don Celestino, el cura, hacía que se separasen, recomponiéndose como podían. Todo ello no impedía que aguardasen, cada día, a que llegasen esos sublimes momentos de intimidad en la playa, al anochecer, y escondidos de cualquier mirada en su paraje secreto.
La sordera “algodonosa “de Ati le había proporcionado, como justa restitución, una portentosa capacidad de observación. Su ensimismamiento forzado, y ajeno a ruidos y voces que no fuesen muy estridentes, le convirtieron en un oteador perfecto. La madre respiraba tranquila cuando su hijo sentenciaba: “ya miene pare”. A una distancia imposible de creer, Ati era capaz de ver el barco de su padre, que ya volvía hacia la bahía. Madre e hijo se preparaban para esperarle y ayudar a bajar las cajas de lubinas y de lenguados que “La Mengana” traería a bordo. Era un momento de alegría para todos, pero, para el chico, algo teñida de envidia. Su padre, triunfante, atracaba, y empezaba el trajín diario de la descarga del botín. Ati se esforzaba luego, a manguerazos, en dejar la mallorquina familiar limpia como un jaspe y preparada para el día siguiente. Los otros marineros del puerto le saludaban joviales y gastaban bromas con él. Todos le querían, pero siempre vislumbraba una pizca de compasión que le mortificaba, aunque no gravemente, el alma.
Los días de fuerte viento, en que a Ati le estaba prohibido salir hasta de casa, cobijado en su cuarto, daba vueltas al globo terráqueo que el tío Quimet le había regalado allá por su primera comunión. Se imaginaba recorriendo cada país, cada río y cada montaña que observaba en ese mundo reducido al tamaño de una pelota, y que hacía que para él fuera tan accesible y cotidiano.
Y Ati cumplió los diecisiete y luego los dieciocho y los diecinueve. A los veinte, ya había perdido la esperanza y la ilusión de ser algún día patrón, como su padre. También se disipó la incordiante voz de esa conciencia que le impedía hacerle el amor a Nena con todas sus consecuencias. Y las consecuencias aparecieron, por fin, en forma de embarazo de su novia.
 Los padres de ambos se reunieron en cónclave familiar para dirimir qué hacer con el futuro de los chicos. Ati y Nena querían salir de la aldea, del país y del continente, como tantas veces habían fantaseado mirando el cielo que les hacía soñar con el inmenso mundo que les aguardaba. Tal era su determinación, que no pudieron convencerles de otra cosa.
Sus padres les proporcionaron una cantidad suficiente de dinero para coger el barco que les llevaría a las Américas y sobrevivir unos meses. El tío Quimet les esperaría allí y les procuraría acomodo, hasta que salieran adelante por sí mismos. Tendrían un americanito en aquel paraíso idealizado y que anhelaban como su gran aventura equinoccial.
Amaneció un día de fuerte viento. Ati redobló sus algodones y preparó su escasa maleta. Temblaba de emoción. Dedicó una última mirada al “malqueda” de la barba y la melena, y  observó largamente la bahía desde la ventana. Tragó saliva y se lanzó al mundo.
Sus familias acudieron al gran puerto a despedirles, y la madre de Ati lloraba, algo que no hacía con frecuencia. Los chicos, agarrados de la cintura, saludaban desde la cubierta, agitando sus manos, que por momentos se confundían con alas de gaviotas. Y sus rostros se veían iluminados por esa ilusión que a sus años conservaban intacta.

Publicado la semana 39. 24/09/2018
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