Semana
38
Camille Lescaut

EL TANATOPRÁCTICO EFICIENTE

Género
Relato
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Porfirio estaba harto de las bromas de sus amigos respecto a su trabajo. Él no lo encontraba chistoso ni mucho menos, pues para él era su pasión. 
Cuando, siendo muy joven, su padre le encontró empleo en la funeraria “Virgen de las Angustias, SL”, tuvo sus reticencias, como no, pero pronto descubrió que, tal vez predestinado por su nombre, Porfirio Pellejero, todo lo relacionado con la “Ayuda integral al Tránsito”, como versaba en el eslogan de su empresa, era su universo, su vocación incuestionable, su sitio en este mundo. No parecía casualidad que sus flores favoritas, desde siempre, fueran los crisantemos.
Porfirio entró a trabajar en un principio como simple operario, aunque pronto empezó a acompañar al jefe cuando este iba a adquirir sedas y crespones para los ataúdes que habían comprado. Como hipnotizado, descubrió que la suavidad, y hasta sensualidad, de los tejidos deslizándose por sus manos le proporcionaban unas sensaciones inigualables a cualquier otro contacto percibido hasta ese momento en su vida. Y así se hizo un experto insustituible cuando iban a visitar a sus proveedores. Pero es que, en el mundo de las maderas nobles, tampoco tenía parangón con ningún otro empleado. La albura del pino o del haya, el sonrosado de la caoba y hasta la rotundidad del roble no tenían secretos para él. Detectaba rápidamente si les querían dar gato por liebre, y se lo agradecían llevándole cada vez que tenían que comprar tan sensibles materiales.
Con el tiempo fue adquiriendo también conocimientos de tanatoestética, y su jefe le asignó encantado el puesto, una vez que su anterior empleado en estas lides se jubiló. Era un puesto de trabajo que no tenía muchos novios, pues el maquillaje de los difuntos requería un cierto estómago. Pero Porfirio tenía, y le sobraban, estómago y entrega para esto y mucho más. Al cabo de un par de años ejerciendo con bastante brillantez tan delicada tarea, sintió que se le quedaba pequeña. Él quería más, aspiraba a la perfección. En sus ratos libres comenzó a estudiar exhaustivamente las apasionantes técnicas de la tanatopraxia y el embalsamamiento. A través de internet conectó con el eminente profesor alemán Ludvig Valpurgeinstein, toda una institución en el ámbito de esta ciencia. Compartían fórmulas y experiencias con los distintos productos que iban descubriendo. A ambos les unía la misma pasión y ambición:  sin que los tejidos externos sufrieran ningún deterioro visible, conseguir la conservación total del finado.
Cuando Porfirio acudía como simple acompañante a algún sepelio, se quedaba horrorizado al comprobar la burda tarea de sus colegas, pues el fallecido parecía un muñeco de cera, grotesco y patético. ¡Qué distinto a cuando él realizaba un trabajo! Mas de una vez, la doliente familia se había dirigido a él, visiblemente conmovida y agradecida, para decirle, con lágrimas en los ojos, que su madre o su abuelo jamás habían estado tan guapos. Entonces, Porfirio se sentía recompensado por sus arduas horas de estudio y experimentos.
Casi de forma casual, como sucede a menudo con los grandes descubrimientos, dio con un producto derivado del ciclopentadieno que, perfundido en el tejido subcutáneo del difunto, eliminaba de un plumazo la desagradable apariencia del rigor mortis y mejoraba la coloración de los tejidos, dotando al susodicho de una presencia hasta saludable. Los labios se sonrosaban de manera natural y las mejillas adquirían un rubor encantador. La materia magra permanecía henchida, diríase que hasta jugosa.
Nervioso y exaltado por tan magnífico hallazgo, no se atrevió a compartirlo con Valpurgeinstein hasta no tenerlo registrado; pues en el mundo de la tanatopraxia había que tener mucho cuidado, como en otras ciencias, por si le plagiaban el invento, y la merecida gloria como momificador de renombre se quedaba en nada. Hasta ahora, solo había conseguido alguna mención de pasada en la prestigiosa revista del ramo “Tutankamón”, y no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de ocupar el puesto que realmente se merecía.
Pertrechado de dosieres, fotos y fichas técnicas, se dirigió al Ministerio, para hablar con doña Pergentina Revuelta, la jefe de servicio de Sanidad Mortuoria, como le habían indicado. Pretendía registrar su producto y obtener la autorización de uso correspondiente, y para ello tenía que ser aprobada por doña Pergentina. 
Ante la hierática funcionaria, Porfirio desplegó todos sus documentos, sin escatimar pormenores y explicaciones sobre su trabajo. Cuando detallaba exhaustivamente el proceso previo de extracción de fluidos biológicos, taponamiento de todos y cada uno de los orificios naturales del cadáver, inyecciones varias en los globos oculares para que no alterasen su color y consistencia, etc., etc., y todo ello ilustrado con sus correspondientes y escabrosas fotografías, doña Pergentina perdió su presencia de ánimo y quedó tendida en el suelo del despacho. La secretaria a su cargo entró, asustada y diligente, al oír el batacazo de su jefa contra el suelo. Porfirio se esmeraba en reanimar a la desfallecida, y la secretaria, sin parar de “jesusear”, le daba aire con un abanico. Al momento de volver a abrir los ojos la funcionaria, Porfirio estaba volcado sobre ella; sus ojos, un tanto saltones y enmarcados por unas violáceas ojeras, la observaban minuciosamente a escasos milímetros,  y aquellos lívidos dedos, largos y huesudos, los mismos que había visto en las fotos realizar operaciones indescriptibles, reptaban por su cuello intentando comprobar el latido en su yugular. Así que, doña Pergentina volvió a desmayarse, esta vez más largamente. Tanto fue así que tuvieron que llamar al 112, viendo que la susodicha no se recuperaba.  
Quizás fue este hecho, totalmente inexplicable para él, y la inquina que doña Pergentina   parecía haber cosechado contra Porfirio, tras el mismo, los que motivaron que jamás le registrasen su “Porfiricato”, como él quería denominarle.
Pero él no era hombre que se diera por vencido fácilmente. Aún sin su ansiado registro sanitario, Porfirio usaría su Porfiricato sin decirle nada a nadie. Sabía que el legado que podía dejar a la Ciencia estaba por encima de sus ambiciones personales. Tal vez, dentro de dos mil años, los investigadores descubrieran portentosos yacimientos de momias sonrosadas y hasta regordetas, que aportarían luz y conocimiento sobre la vida pasada. ¡Este era su compromiso irrenunciable con la Historia!

Publicado la semana 38. 17/09/2018
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