Semana
35
Camille Lescaut

POESÍA Y PAN DURO

Género
No ficción
Ranking
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La noche del 24 de agosto fue mágica.

Una noche estival de estrellas en el cielo y luciérnagas en la tierra, como dijo el poeta.

Y es que Juan Carlos Mestre, el poeta encargado de introducir este año el certamen poético celebrado en Brieva (Segovia), en su primera exposición dijo que “los poetas son las últimas luciérnagas en la Tierra”.

Habría jurado que, en ese momento, la plaza de este pequeño pueblecito, de no más de cien habitantes, se iluminó con esa luz, algo fosforescente, con la que refulgen las luciérnagas y las palabras que salen del corazón.

Porque las principales invitadas fueron las palabras. Palabras que se vertían para que la suave brisa de agosto las hiciese volar, como delicadas hojas de un árbol o como afilados cuchillos de un prodigioso lanzador, entre los que estábamos allí convocados.

Y es que allí, desde los evocadores versos, magistralmente escritos y declamados con la ayuda de un melancólico acordeón por Juan Carlos Mestre, a los transgresores y refrescantes poemas escénicos de los Peligro o a los tímidos y algo turbados de los poetas más noveles, recitados en la sección de Micro abierto, todo fue Poesía y Pan duro.

Un pan duro con aceite, ofrecido como todo ágape, que nos acercaba, a cada uno de los presentes, a los descarnados versos de Miguel Hernández o a la polvorienta trashumancia poética de Federico García Lorca.

En los picaportes de las rústicas puertas de las casas, pendía un libro de poemas de aquellos que habían sido galardonados, con el premio de poesía Gil de Biedma, en las distintas ediciones. Es decir, aquellos picaportes estaban dispuestos para abrirnos la puerta a la gloria misma. La gloria de los pensamientos alados y necesarios de los poetas, que, seguramente sin saberlo, nos dejaban entrar a sus más ardientes reflexiones, alojadas en la sima de sus entrañas.

Porque la poesía es visceral, es volátil, es desgarrada, es crítica e imprescindible.

 Aquella noche envidié a los poetas, cuya voz reverberaba entre las piedras del precioso pueblecito, que se convirtió por unas horas en el epicentro del amor, de la magia, de la belleza y del poder de la palabra de todo el planeta.               

Los valientes trovadores de la noche se mezclaron con los labriegos, las hacedoras de pan, los jóvenes rurales y urbanitas, los visitantes curiosos y fascinados, todos ávidos de cultura y de poesía…y todos hicimos de aquella noche la más hermosa.                                                       

Por todo esto y por mucho más, para lo que no encuentro palabras que le hagan justicia, el próximo verano volveré a Brieva y os esperaré allí, a los que creáis que con la palabra se ganan batallas, se combaten injusticias o se enamora hasta el alma de las piedras.

Publicado la semana 35. 27/08/2018
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