Semana
34
Camille Lescaut

UN TÉ CON PASTAS (Recreación de un personaje no tan ficticio)

Género
Relato
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Doña Luciana no era cursi, era deliciosamente anacrónica. Quizás, por su acomodada posición, se lo podía permitir. Mas su obsolescencia no era impostada, sino parte constitutiva y esencial de su personalidad.

La ropa atemporal que le llegaba hasta los pies, su peinado, recogido en un moño novecentista, y la melancólica caída de pestañas con que siempre recibía a las visitas, hacían que el visitante quedara atrapado en una atmósfera de sutil y rancio encanto que impregnaba toda la casa. Su cutis porcelánico, sus grandes ojos, color aguamarina, y sus definidos labios siempre sonrosados, terminaban de componer la atrayente imagen que proyectaba hacia todo aquel que se acercase a ella.

Como no podía ser de otro modo, doña Luciana tocaba el piano desde bien joven. Las tardes en que conseguía convencerla, accedía, sin ningún alarde de virtuosismo, a tocar alguna maravillosa pieza de Liszt, uno de sus autores favoritos. Con un movimiento pausado y elegante, abría el instrumento y se quedaba unos segundos absorta, mirando las teclas, como si esperase que de ellas brotara la energía necesaria para poner en movimiento sus pálidas manos allí depositadas.

 

Aunque la mayor fascinación que ejercía sobre el que llegaba a intimar algo con ella se debía a su nihilismo, absolutamente inconsciente, tan novecentista como su moño.

Numerosos días doña Luciana decidía no salir de la cama. En su abigarrada alcoba había construido todo un universo, dotado con las cosas que más le interesaban o la entretenían. Y, desde su trasnochado lecho con dosel, recibía a las visitas de confianza, se jugaba fortunas a la lotería, ya que recibía al solícito lotero del pueblo allí mismo, y no por el dinero que pudiese ganar, sino porque la incertidumbre, decía, era la sal de la vida( esta circunstancia llevaba a más de un malentendido cuando el servicio, algo imprudente, decía a alguna visita lo de “la señora le recibirá un poco más tarde, ahora está en la cama con el lotero”), allí también pintaba óleos de motivos eróticos de cierta calidad o lavaba pañuelos en la lavadora alemana de juguete que había comprado por catálogo. Aunque había días en que su afición a los opiáceos la mantenía adormilada casi todo el tiempo. De hecho, decían las malas lenguas, que su difunto marido se había suicidado desesperado por el comportamiento incorregible de su mujer con toda clase de somníferos que cayesen en sus manos. Esto no era cierto en absoluto. El marido la adoraba, pero, desde joven, sufría recurrentes y profundas depresiones, hasta que en la última no pudo resistir más y se pegó un tiro con su apreciada escopeta de caza. Este era un capítulo de la vida familiar que estaba vedado, ni siquiera insinuar, en la casa. Pues doña Luciana jamás se lo había perdonado, y no por las connotaciones morales o por las habladurías, de las cuales ella pasaba olímpicamente, sino porque lo percibía como una traición de su querido esposo hacia ella. Esta idea la torturaba, con un dolor sordo y profundo, y prefería no ahondar más en su sangrante herida.

Doña Luciana tenía dos mascotas, omnipresentes y maleducadas, que campaban a sus anchas por toda la casa: Mengana, la monita tití que su marido le regaló años atrás, la cual reinaba por allí como una niña malcriada, y a la que hacía vestir acorde a la época o las fiestas del año, y Caftán, una preciosa gatita de angora, aunque tan bonita como arisca.

Josefina, su fiel sirvienta, se descomponía cuando veía a su señora con Mengana y Caftán metidas en la cama. No pudo dejar de sentir cierta satisfacción, que guardó celosamente para sus adentros, el aciago día en que Mengana murió de una tremenda borrachera, pues pilló al descuido una botella de coñac en la cocina. Ese día se le hizo un funeral en toda regla a la mona, que yacía al pie de uno de los grandes eucaliptos del jardín, bajo una pequeña aunque suntuosa losa de granito encargada para ella.

A pesar de todo ello, doña Luciana sabía ser cariñosa y encantadora con todo el que la rodeaba. Aunque era intrínsecamente agnóstica, invitaba a don Eusebio, el párroco, muchas tardes a la casa, y le hacía preparar una copiosa merendola, que don Eusebio, como buen clérigo, devoraba agradecido. Esto no era óbice para que entablase con él discusiones, a veces encendidas, sobre el dudoso papel que la Iglesia había desempeñado a lo largo de la Historia. Finalmente, el cura, tristemente convencido de que lo de la señora no tenía remedio, se marchaba despidiéndose cordialmente y sin querer renunciar a ninguna de aquellas tardes que, a su pesar, encontraba estimulantes tanto por la merienda como por la conversación. Su nuera, Virginia, aunque no era santo de su devoción, siempre era tratada con una exquisita cortesía, la cual no le daba pie, a la susodicha, para ningún conato de discusión con su suegra, por la cual sentía una mezcla de envidiosa admiración y de rencor gratuito.

Doña Luciana tenía dos hijos, Fernando y Clara, a los cual quería con todas las exigencias de una madre, pero a los que encontraba aburridamente convencionales. Por tanto, sus gustos o intereses nada tenían que ver con los de sus hijos, que le reprochaban constantemente su peculiar forma de vivir. Fernando se había hecho cargo, con solvencia, de los negocios familiares, pero era malhumorado y simple, decía siempre su madre. En Clara pesaba más el cumplimiento de unas supuestas normas, que estaba convencida que había que seguir, que el dar rienda suelta a sus verdaderos gustos, secretamente más parecidos a los de su madre. Pero Clara era una de esas mujeres que, en un momento de su vida, se convencieron de que había que hacer lo que se esperaba de ellas y no lo que realmente deseaban. Esto doña Luciana lo sabía bien, no en vano conocía a su hija, y por ello sentía cierta pena cuando la veía siempre inmersa en aquella absurda renuncia. Era evidente que conectaba mucho mejor con sus nietos, cuatro jóvenes alegres y con la dosis justa de indolencia que les daba esa juventud, y que doña Luciana encontraba tan refrescante. Sus nietos la adoraban y se sentían orgullosos, más bien fascinados, por las extravagancias de su aún joven abuela.

Así que, cuando alguna tarde me quedaba con ella y me hacía servir una de sus exóticas meriendas, té de Ceilán, especiado con canela y cardamomo, acompañado con unas exquisitas pastas inglesas que le mandaban desde el mismísimo Londres, me sentía maravillosamente distinguido por esta mujer, mi abuela, que vivía sin hacer daño a nadie, pero como deseaba en cada momento. 

 

 

 

Publicado la semana 34. 20/08/2018
Etiquetas
Alguna rapsodia para piano de Liszt , Escapar de la monotonía , Una apacible tarde de otoño
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