Semana
33
Camille Lescaut

La casita de muñecas

Género
Relato
Ranking
0 101 9

 

 

El piso es espacioso, bonito y soleado. Las tres nos ocupamos de tenerlo siempre limpio y en orden. Desde fuera podría parecer que tres hermosas y jóvenes estudiantes viven felices en él. Nada más lejos de la realidad.

Yo soy Liuva, vengo de la ciudad polaca de Olszyn. Aunque es muy bella, rodeada de bosques y de lagos, desde que matka murió, mi vida junto al déspota de Kuba, mi padre, se convirtió en insoportable. El día en que Marko me fue a buscar a la salida de la academia, su relato de aquella tierra de promisión, España, donde me convertiría en una cotizada modelo, me deslumbró. Mi falta absoluta de experiencia en la vida y mis ganas de salir de mi casa y del brutal autoritarismo de mi padre me hicieron creerle ciegamente. Como un corderito le seguí hasta aquí, embaucada por su engaño. Ahora, esta estúpida decisión no me deja dormir. Ni una prueba en el prometido mundo de las estrellas de la moda, y sí un trabajo, como esclava de lujo, en el de la prostitución. Tengo diecinueve años y, en los veinte meses que llevo aquí, habré follado ya con más de trescientos tipos.

Irina es otra de las desgraciadas que comparte piso conmigo. Ella es rusa y puede que sea la más hermosa de las tres. Aunque Marko siempre le recrimina, y no de buenas maneras, que sea fría y distante con los clientes. Dice que pagan una fortuna por nuestros servicios y que se merecen algo más. Pero Irina siempre está abatida. Es muy reservada y apenas sé de su vida. Creo que había hecho algunos pinitos como modelo en su tierra natal. Seguro que, al igual que yo, quedó fascinada por las fantásticas promesas de Marko para reclutarla. Tiene veinte años y una inmensa tristeza en sus ojos.

Lena es la tercera de nuestro patético grupo. También es polaca, aunque de un pueblecito distante de mi ciudad. Es la más mayor de las tres, ya tiene veintiocho. De hecho, cuando Marko se enfada con ella, siempre la llama vieja despectivamente. Y siento pena por ella, porque creo que Lena está estúpidamente enamorada de él. Lleva aquí más de seis años, habla correctamente el español, es rellenita y risueña. Tiene unos grandes pechos que vuelven locos a los clientes. Lena es la única que se presta a meterse una esponja en la vagina, cuando tiene la regla, para no perder el servicio. Hace todo lo que le pida el cabrón de Marko.

Vivimos bajo la sempiterna vigilancia de Sebas. Este pedazo de carne, de mirada perruna, no nos deja hacer nada sin su consentimiento. Como tiene prohibido hacernos moretones, de vez en cuando nos ha llegado a abofetear o a pegar en el cuerpo con una toalla mojada. Sobre todo, con la pobre Irina se pasa mucho. Irina, con su resistencia pasiva, le saca de quicio.

Compramos ropa cara y bonita, ya que Marko dice que es imprescindible para nuestro trabajo, pero se nos va casi todo el dinero que nos da en estas compras. Un día, sin que supieran que los escuchaba, los oí comentar a Sebas y Marko que hay clientes que hasta pagan dos mil euros por el par de horas que les atendemos. Luego él, al final de la jornada, apenas nos da cien euros a cada una, según las citas que hayamos tenido, y con eso pagamos el piso, la comida y la ropa. Aprendí de un cliente que, aquí en España, dicen una expresión que define muy bien nuestra situación: “vivir en jaula de oro”.

Hace un par de días, me negué a realizar el servicio con un cliente que pretendía un rollo sado-maso. Marko sabe muy bien que eso, y besar en la boca, es algo por lo que no paso. Aduciendo que pagaba muy bien pretendió que finalmente accediera. Ante mi negativa, mandó a Lena, que es tonta y hace lo que sea para agradarle, pero yo me llevé lo mío del energúmeno de Sebas.

Solo trabajamos en hoteles, muchos de ellos de lujo, pero nuestro trabajo es tan aberrante como el de las compañeras que ejercen en los polígonos, por más que Marko se empeñe en convencernos de la suerte que tenemos. Yo no puedo más. Estoy decidida a hacer lo necesario para escapar de esto.

Rafa me ha propuesto ayudarme. Rafa es mi cliente favorito. Dice que me ama, y yo sé que a mi manera le quiero, pero amar es algo que me queda grande. Tal vez, con el tiempo, pueda llegar a aprender a amar; cuando se me olviden todas las horribles escenas que me he visto obligada a vivir con los hombres. Don Ernesto, por ejemplo, pretende paliar su ya manifiesta impotencia haciéndome que le impregne su fláccido pene con coca. Me resulta repugnante su babeante expresión cuando ejecuto esta inútil operación. Finalmente, se toma la pastillita azul y conseguimos que se empalme por unos segundos. Sé que es un pobre desgraciado, aunque esté forrado, y que su impotencia se debe principalmente a la tiranía de su, aún más rica, esposa. Pero, cuando se marcha, me enjabono con rabia, como poseída por un asco interior e inevitable. También lo paso especialmente mal con Ramón. Es un potentado industrial, aunque zafio y ordinario, al que le huele el aliento. Sus gustos sexuales son como él, asquerosos. Después de sobarme los pechos, hasta la desesperación, pretende que me mee encima de él. Por más que sabe que me niego, siempre pide mis servicios…

Tal vez por todo esto, cuando conocí a Rafa, un hombre normal, educado y cariñoso, aunque sin mucho dinero, me pareció un oasis en medio de la sordidez de mi trabajo. Rafa aún no tiene los cincuenta y es divorciado. Cuando subí a la habitación me dijo que era su primera vez pagando. Aunque esto lo dicen muchos, como si a nosotras nos importase algo ese asunto. Pero su actitud era diferente. Incluso me preguntó por mis gustos. Yo, perpleja, le hubiese dicho que por mi gusto me marcharía de allí en el acto, pero finalmente me provocó cierta ternura y echamos un polvo bastante satisfactorio. Desde ese día Rafa siempre me reclama a mí. En el micro universo de esa habitación de hotel, jugamos a comportarnos como una pareja normal. A veces no hacemos nada. Hablamos, vemos la tele juntos e incluso le beso en la boca. Últimamente me suplica que deje todo esto y me vaya con él, pero no entiende, o no quiere creer, que Marko no lo permitirá, ni a él ni a mí. Es una apuesta peligrosa.

Me ha dicho que hoy lo tendría todo preparado.

Mientras el animal de Sebas aguarda en el vestíbulo a que acabe el servicio para llevarme de vuelta a casa, Rafa y yo nos hemos vestido con unos vaqueros y unas gorritas deportivas que ha traído. Nos hemos puesto unas gafas de sol y hemos cogido el ascensor hasta el garaje, donde ha dejado su coche. Nos vamos una temporada del país. Su entrega me enternece tanto…

Me lanzo a la vida acompañada de un hombre, al que creo que no amo, pero al que deseo llegar a amar. Un hombre normal que está dispuesto a todo por mí. Es casi lo único bueno que me ha deparado la vida. ¡Deseadme suerte!

 

Publicado la semana 33. 13/08/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter