Semana
32
Camille Lescaut

Cuarta dimensión

Género
Relato
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Por fin ha llegado. El futuro minimalista de color blanco y acero, las píldoras de  paella o de fabada, las puertas automáticas que detectan el rasgo inequívoco de las rayitas de nuestro iris para abrirse, la “robotina” que lleva a los niños al cole (si aceptamos como cole esa sala blanca, inmaculada, llena de pantallas digitales con un profesor  virtual), los coches, por llamarlos de alguna manera, que se desplazan sin conductor por una suerte de cremallera y que paran, eficientemente, donde deben…, sí, finalmente, todo eso ha llegado. ¡Mierda!

Cuando sucedió, mi familia me obligó a desprenderme de mis libros, mis fotos, mi costurero, mi bisutería, mi olla a presión, mi grapadora de tapicero, mi seguro de decesos con Santa Lucía, mi gorrito de pelo de visón… ¡Nada, no me dejaron ninguna pertenencia que me recordara al pasado! Por más que les expliqué que odiaba este terrible futuro, que no asumiría la eficacia como valor supremo, que esa especie de nylon rasposo de nuestros trajes siderales me irritaba las ingles, que las ventanas me gustaban con cortinas y no con paneles de titanio y que no quería grageas con sabor a chistorra, sino chistorra propiamente dicha, rojiza y grasienta, fue completamente inútil. No entienden que me siento ajena a todo esto. Me preguntan perplejos: ¿No te sientes liberada de muchas ataduras del pasado?, ¿no te parece una maravilla no tenerte que preocupar de la comida, de la hipoteca o de la cita con el ginecólogo? ¡No!, les respondo al borde de las lágrimas. Me gusta la pretérita imperfección, seguramente rayana con la chapuza, ¡pero la adoro!

 Y este horror se lo debemos al hijoputa del “Súper Presidente” del planeta. Un aciago día, este descerebrado, borracho como una cuba, apretó el temido botón y todo se precipitó. Unos cuantos millones de privilegiados, por supuesto en la totalidad del Primer Mundo, nos vimos obligados a viajar en el tiempo para salvarnos. Supliqué que me enviasen al siglo XIX, siempre me pareció absolutamente encantador, y soy más de miriñaque que de escafandra, pero con un lacónico “lo siento, no es posible” me despacharon.

 “KrML” (a la que yo llamo Carmele, y le encanta), la humanoide que me han asignado para mi ayuda psicológica, es la única que me comprende. Tanto le he hablado de mi vida anterior, de mi verdadero mundo, que se ha atrevido a rogarme que la lleve conmigo si algún día consigo escapar de esta pesadilla y volver. Sus microchips se resisten a no poder procesar jamás los atardeceres en el mar o los campos de amapolas, como le he descrito prolijamente. Andamos urdiendo un plan para dar con el acelerador de partículas que nos tele transporte al año 2018.Nos hemos convencido, quizás ingenuamente, de que podríamos cambiar los últimos acontecimientos y evitar así la hecatombe sucedida. Desde luego, merece la pena intentarlo.

 Por ahora, aquí estoy, mirando por una especie de ojo de buey que hay en mi habitáculo (así le llaman aquí a los dormitorios), hastiada y deprimida, pues no veo más que oscuridad cósmica. Y, para colmo de males, me han dicho que seguramente viviremos hasta los doscientos años o más. Si no puedo huir, ¡cómo se me van a hacer de largos!

 

 

Publicado la semana 32. 06/08/2018
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