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31
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Los gitanos llegaron con su escandaloso cortejo hasta los aledaños del barrio alto. Encendieron hogueras, y los niños, alborotados, corrían a su alrededor desafiando el fuego. Las mujeres montaban el campamento y los hombres buscaban la taberna más cercana.
Remedios, la del Ricote, porfiaba con los niños, muchos de ellos sus nietos, y daba instrucciones a las mujeres que, más jóvenes que ella, se entretenían demasiado en parloteos y discusiones.
Rosa recriminaba a gritos a la Mari que le hubiera perdido sus horquillas. A ella, ¡que con tanto esmero las había ido comprando!; unas, de concha de carey, del de verdad, otras, de metal pintado a mano, y otras hasta tenían incrustaciones de azabache y nácar. Cuando Rosa se recogía su moño, bien tirante y lustroso, aceitado el negro cabello, sus preciadas horquillas brillaban como estrellas en el cielo oscuro. Y ella, orgullosa, las lucía mientras bailaba una soleá.
La Mari, con gestos vulgares y desvergonzados, le gritaba que ella no se las había perdido y que la dejara en paz.
Rocío, la del Tuerto, se sujetaba su abultado vientre, de más de siete meses, mientras tensaba las cuerdas a la entrada de su tienda, donde luego debía tender la ropa de su más de media docena de críos.
El Tuerto no le daba buena vida; le gustaba demasiado el vino y muy poco la chatarra. Así, cuando repartían las ganancias, a ellos siempre les correspondía poco. Remedios, su madre, siempre le reprochaba que hubiera elegido a ese vago como marido. Pero el Tuerto, en sus años mozos, era apuesto y bien plantao. No había perdido aún su ojo y siempre le hablaba con palabras bonitas. Camelaba a su padre, el Ricote, invitándole a la taberna y regalándole ese tabaco de picadura que tanto le gustaba. Cuando murió Ricote, fue él el que le dedicó el cante más bonito. Rocío lo quería de veras y lo respetaba, hasta que el alcohol fue haciendo mella en él y Pedro pasó a llamarse el Tuerto, tras una riña en San Lúcar que le costó el ojo izquierdo. Parece que junto a su ojo perdió la dignidad y las ganas de hacer las cosas bien. Ya no era un hombre de ley, y Rocío no quería más hijos suyos. Pero cuando aparecía dando traspiés y lanzando juramentos, la agarraba y, forzándola, le hacía otro hijo. Ella no lo odiaba, sentía algo mucho peor, le tenía lástima.
La Mari a veces hacía chanzas y se burlaba de ellos, y eso a Rocío le dolía en el alma. Y es que la Mari no era trigo limpio. Cuando su hermano se casó con ella ya apuntaba maneras. Era embustera y enredadora; su hermana, la Rosa, era otro cantar. Con Rosa se podía desahogar a veces, mientras esperaban el regreso de sus hombres de madrugada.
Felipe, el marido de Rosa y primo suyo, era cabal. Solía bajar a buscar, con buenas palabras, a los demás, que se resistían a soltar el vaso y recogerse de una vez. A Felipe no le gustaba el vino. Madrugaba mucho y cada día tocaba diana para el resto de los hombres. Les esperaba ya apañado y con el motocarro en marcha. De vez en cuando, le traía juguetes a sus hijos y algún presente a Remedios, la matriarca. Rocío, en el fondo, envidiaba un poco a su prima. Pero la vida era así, y tenía que aguantar con lo que le había tocado.
Una mañana apareció un hombre en el campamento.El Tuerto le pidió a Rocío que sacara algo de beber y que desapareciera; esto último lo hizo dando un chasquido con la lengua, como se hace con las mulas. Rocío suspiró para sus adentros y obedeció, pero quedó escuchando tras la cortina que hacía las veces de puerta de la casa. El hombre le proponía, con gran alarde de sabiduría, un negocio seguro y rentable. Él era José, el Aparicio. Todo Granada lo conocía. Ellos trabajarían para él, y él les pagaría, religiosamente, el kilo a cómo conviniesen. No admitía cobre robado, y en esto hizo mucho hincapié:
—Explícaselo bien a tus parientes. A la mínima rompo el trato y a tomar por culo. Si cumplís yo cumpliré. No os quepa la menor duda, pero no quiero problemas con la pestañí—dijo tajante— Nuestro negocio no va de eso.
Remedios hizo un potaje, con su tocino y su calabaza. Todos comieron del gran puchero, y los críos reían contentos de que les dejasen echar un trago de la bota.
Quizás con el acuerdo que habían sellado con el Aparicio cambiara su sino.
Rocío y Rosa, sobre todo, soñaban con poder establecerse en una casita de verdad, llevar a sus hijos a un colegio y dejar de recorrer caminos y descampados como habían hecho desde siempre. ¿Por qué no? Tal vez su negra suerte cambiara de una vez por todas.
 Felipe tenía buen pálpito, había dicho. Y esa expectativa, aunque estuviera alimentada por una mínima posibilidad, les llevó a sacar las guitarras y las sillas alrededor de la hoguera.
El Tuerto se arrancó por bulerías, y la Rosa, aunque fuera sin horquillas, bailaba como embrujada. Sus movimientos, que parecían acompasados con el danzar de las llamas, y el ígneo reflejo sobre su rostro componían un cuadro que hacía imposible no quedar hechizado. Rocío daba las palmas y movía los pies sentada, porque su embarazo ya no le permitía acompañar a su prima. La Mari, con su cara burlona, jaleaba al Tuerto y a su marido, que rasgaba la guitarra como poseído por el quejido del cante.
Abajo, los del pueblo miraban hacia la hoguera y comentaban con desprecio que lo de los gitanos no tenía remedio. Ellos eran así, ni sufrían ni padecían con la vida. Estaban hechos de otro material.Ignorando que los sueños de Rosa y Rocío eran los mismos que los de sus hijas. Que el dolor por las palizas, en la carne morena de Rocío, era el mismo que el de muchas de ellas, que se llevaban lo suyo cuando el marido bebía. Y que la esperanza no entiende de razas, aunque en caló se diga ujaripén.

Publicado la semana 31. 30/07/2018
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