Semana
28
Camille Lescaut

LOS VERANOS DE CAMILLE (II)

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Tras la muerte del abuelo Jean, mi tío Louis heredó la finca de Saint Lazare. Entonces comenzamos a alquilar una modesta casita de pescadores en la Costa Brava, para que mi tío y su familia pudiesen visitarnos sin hacer demasiados kilómetros.
Llegábamos al terminar las clases y nos quedábamos hasta mediados de septiembre. Yo bullía en plena adolescencia.
Aquella frase devastadora que mi madre acostumbraba a decirme, cuando no le gustaba cómo su hija adolescente se había vestido o cómo se había peinado antes de salir con alguna amiga: “Camille, no seas vulgar”, hacía que en ese momento la detestase, porque, efectivamente, me hacía sentirme vulgar e insignificante. Por rebeldía no me cambiaba, pero me pasaba toda la tarde acomplejada por mi aspecto. Hubiera preferido, en realidad lo echaba de menos con todas mis fuerzas, que mi madre, con la paciencia y ternura que se prodiga a una hija, me hubiese aconsejado para ponerme otro vestido o arreglarme de otro modo, ya que con aquella maldita frase daba por concluida su observación, como si lo de su hija no tuviese remedio.
Sin embargo, Marine brillaba con todo su esplendor de mujer madura y aún hermosa.  Al llegar cada verano, mamá se ocupaba de poner cuatro hibiscos naranjas y llamativos en la pequeña terraza y unas rústicas sillas de mimbre con unos cojines a rayas blancas y azules, hechos por ella misma, y la casita pasaba de ser una modesta construcción a ser la más original y bonita de toda la cala.
 Cuando bajábamos a la playa, Marine se colocaba un enorme sombrero de paja, de los que llevaban las campesinas en Saint Lazare, le ataba un vistoso pañuelo y resultaba la más atractiva de todas las madres que acudían con sus hijos a la hora del baño. Tenía el prodigioso don de hacer maravillas con poco dinero. La vida la había obligado muchas veces a realizar estos milagros, decía ella.   Entonces ,me sentía orgullosa de mi madre. Percibía la admiración que causaba en las personas al pasar, con su atuendo elegante y diferente, su pelo, aún rubio, ondulándose con el viento y su porte siempre recto y armonioso. Yo también quería uno de esos sombreros, se lo había dicho infinidad de veces, pero ella me contestaba: “No seas tonta, yo lo llevo porque me quemo con el primer rayo de sol, pero tú eres morenita, como era tu padre, no lo necesitas. No me quieras imitar en todo. Tienes que buscar tu manera, única y personal, de mostrarte ante los demás.” Esto sin duda era un buen consejo, pero, con las inseguridades de los quince años, yo lo recibía frustrada y rabiosa, como si mamá no me considerase capaz de lucirlo como ella.
Por las noches, desde aquella diminuta y preciosa terraza, que distaba pocos metros del mar, mi hermano me intentaba enseñar el misterio de las estrellas. Observábamos el cielo con el telescopio que Marine le había regalado a Enrique por Navidad. Pero  a mí siempre me había asustado el Universo, el concepto de “infinito” me daba terror. Yo soy más de cosas pequeñas, terrenales o interiores. Cuando Enrique le explicaba a mi madre todo lo que había aprendido sobre las galaxias, los agujeros negros o la teoría del Big Bang, Marine lo escuchaba atentamente y con orgullo. Ambos se quedaban, a veces hasta la madrugada, especulando sobre esas cuestiones que a  mí me producían vértigo e inquietud. Así que me iba a dormir, sintiéndome algo celosa de la cercanía que siempre descubría entre Enrique y mamá.
Un día, en la playa, Marine me hizo una la inesperada reflexión. Aquel verano yo andaba dándole vueltas a los estudios universitarios que haría al terminar el COU, y me empeñaba en secundar a mi amiga Cris, cayera quien cayera. Marine, mirando absorta hacia la arena, dijo que en la vida, como en aquellos montoncitos de arena que se formaban, cada granito era imprescindible para mantener su equilibrio. Si quitábamos uno, por superfluo que nos pareciese, se podía derrumbar todo el montón. Me dijo así, que cualquier decisión, por pequeña que nos pareciese, podía tener trascendencia toda la vida. Luego apostilló: “Saca, tú, tus propias conclusiones”. Esto era en clara referencia a   mi obstinación por estudiar lo mismo que mi amiga, aunque no me interesara lo más mínimo. Años después, y de una manera mucho más poética, había leído una reflexión muy parecida en un libro de Tabucchi. Solo con unos cuantos años más, le pude dar la razón a mi madre.
Las mañanas las disfrutaba en la playa junto a mis amigas Claudia y Ana. Ellas ya tenían alguna experiencia con algún chico, con el que habían hecho sus primeros pinitos en eso del arte del amor. Yo, bastante avergonzada, les tenía que reconocer que estaba “inédita”. Mi aspecto, algo desgarbado y larguirucho, hasta entonces no me había ayudado mucho en eso de ligar. Además, por alguna extraña razón que a día de hoy aún no me explico, los chicos no me interesaban demasiado. Me parecían torpes y primarios. Quizás, la referencia que tenía de mi hermano y sus amigotes la trasladaba a todos los chicos del planeta.
Hastiada de mis tardes oyendo a mamá o siendo ninguneada por Enrique y sus amigos, acepté la invitación de Claudia a subir a su casa del pueblo. Enrique y yo habíamos conseguido reparar la desvencijada bicicleta que el casero tenía en el garaje, ante la negativa rotunda de Marine a comprar una nueva. Ya sabéis que no estamos para dispendios, dijo, y con eso zanjó taxativamente el asunto.
Tras recorrer los cuatro kilómetros que discurrían, cuesta arriba, hasta la casa de mi amiga, llegué exhausta y sudorosa al umbral de su puerta. Me abrió su padre, un señor que me apreció demasiado mayor para serlo, pero al que Claudia, feliz de verme, me presentó como tal. Se llamaba Romi, era algo grueso, afable y muy aficionado a las maquetas. Odiaba el sol y por eso nunca bajaba a la playa. Luego apareció su madre. Digamos que era atractivamente estrambótica. Esta tampoco bajaba a la playa, pero porque dijo tener muchísimo trabajo en aquella temporada. Se llamaba Norma y era bastante más joven que su marido. Su aspecto de “Loca de Chaillot” me fascinó en el acto. Al verme tan sofocada, cariñosamente me hizo pasar al pequeño jardín trasero y me ofreció una limonada bien fresca. El eclecticismo en la decoración de aquella casa, donde se veían, junto a caros cuadros de pintura, adornos de plástico vulgares, sillas una de cada clase e infinidad de aparatos por todas partes: una tele, un enorme tocadiscos, un fax, una radio o dos… me resultó interesante desde el principio. Quizás por lo alejado que estaba todo ello del estilo de mamá.
Norma se sentó con nosotras a beber la limonada y nos hablaba como a dos adultas. Llevaba unas gafas redondas de concha, un moñete recogido con un lápiz y un vestido de encaje blanco, largo hasta los pies. Iba descalza. Hablaba despacio y arrastraba un poco la última sílaba. Me encantó que no me preguntase por mi familia, ni por dónde vivía. Solo se interesó por mis gustos. Yo, extrañamente intimidada, le dije que me gustaba mucho leer. Ella me felicitó por ello. Dijo que los libros eran los únicos objetos que merecía la pena conservar. También dijo que mi nombre, Camille, le encantaba, que siempre le habían gustado los nombres que no tienen género; que ella, a sus patrocinados, siempre les aconsejaba un seudónimo así, neutro. Luego rio, como reiría frente a unos amigos, y terminó diciéndonos que así se evitaban muchos prejuicios en el mundo del arte. Interesada, le pregunté a qué se dedicaba. Soy marchante de arte, cariño, me dijo. Y yo, sobreponiéndome a la vergüenza que me daba reconocer que no sabía exactamente qué era eso, le pregunté por ello.  
—Pues en el fondo se trata de poner precio a lo que los pobres artistas crean, para que puedan vivir de ello. Sé que es un oficio deleznable, pero necesario — me contestó, con un gesto de cierta resignación.
—Pero…poner un precio al arte es como traicionarlo— dije, arrepintiéndome enseguida de haberlo dicho.
—Eres muy inteligente, y muy joven, Camille— me dijo, sonriéndome benevolente. —Por desgracia, la vida os enseñará que todo acaba teniendo un precio.
Claudia se cansó de nuestra conversación, y levantándose me invitó a pasar a su cuarto; me tenía que enseñar unas cosas.
Una vez a solas, me admitió que su madre la hartaba cuando se ponía cínica. Le tuve que decir que no me parecía cínica en absoluto. Todo lo contrario, y que había disfrutado mucho hablando con ella.
Luego vinieron muchas tardes más como aquella. Mi fascinación por Norma ponía un poco celosa a mi amiga Claudia. Yo lo percibía, pero me parecía una niñería y no le di importancia.
Norma, siempre pegada a su teléfono y a su cigarrillo Lucky, deambulaba por la sala con sus extraños ropajes. Mientras hablaba por teléfono, iba de un lado a otro, sintonizando la radio, poniendo un disco o regando una maceta. Luego, mediante signos me indicaba que me sentara en el sofá. Yo aguardaba expectante a que colgara, y tener con ella nuestra conversación que ya casi se había instituido en diaria. Me hablaba de sus músicos favoritos, con un gusto igual de ecléctico que el de la decoración, o de sus autores preferidos en literatura— coincidimos en que nos apasionaba El cuarteto de Alejandría o Proust y su En busca del tiempo perdido—, y así, se nos pasaban un par de horas en las que yo, entusiasmada, disfrutaba de cada aguda apreciación que Norma me hacía. Me hacía reflexionar sobre cosas a veces incómodas, sobre el amor como concepto antropológico, sobre la culpa, sobre la entrega, sobre la fidelidad… No me hablaba como a una descerebrada adolescente, sino como a una amiga. Al menos eso me parecía a mí.
Hasta que aparecía Claudia, que, tras un resoplido de impaciencia, me suplicaba que nos fuésemos a dar una vuelta por el pueblo. Yo accedía porque no la quería contrariar, pero me hubiese quedado hablando con Norma toda la tarde.
Cuando volvía a casa me esperaba la mirada severa de Marine y sus advertencias de que un día tendríamos una desgracia por bajar en bicicleta ya tan anochecido.Yo, como casi todas las niñas adolescentes hacen con sus madres, la miraba con cara de hartura, y malhumorada le decía que ojalá se pareciera a Norma. Esto siempre ha quedado en mi recuerdo como una crueldad hacia ella. Ahora daría cualquier cosa por no haberlo dicho nunca.
Cuando llegó septiembre, la cala se tiñó de esa luz tristona de las playas del norte, que barruntan ya el otoño. Mi amiga Claudia y sus padres volvieron a Rubí, que era donde vivían el resto del año. A nosotros aún nos quedaban quince días por delante. Yo aproveché para sacar tres o cuatro libros de la biblioteca, de los que me había aconsejado Norma. Ese verano leía, con quince años, Justine, de Sade, y me arrebató.
A través de aquellos y de otros muchos libros después, fui entrando en la genuina vida adulta sin demasiados traumas. Me ayudaron a aceptarme cómo era, me descubrieron universos desconocidos, de los que no me asustaban porque eran universos interiores, de los que me interesaban, y sobre todo me mostraron el camino para ir madurando sin endurecerme, sin perder la curiosidad ni la capacidad de asombro ante el mundo.
Ahora, transcurrido el tiempo, puedo reconocer que algo de esto se lo debo a Norma y, mucho, mucho, a Marine.

 

Publicado la semana 28. 09/07/2018
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