Semana
27
Camille Lescaut

LOS VERANOS DE CAMILLE (I)

Género
Relato
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No soy muy partidaria de fraccionar mis relatos por entregas, pero en esta ocasión,por su extensión y porque se refieren a tres épocas distintas de la protagonista, me he atrevido a darle el formato de tres capítulos.

 

El abuelo Jean era mi  preferido. Me parecía encantador aquel acento del sur de Francia que se entrometía sin pudor cuando hablaba con nosotros en su limitado castellano. Los veranos con él, en su finca de frutales de Saint Lazare, un precioso pueblecito de la Provenza francesa, eran el regalo que pasábamos esperando todo el año. Al menos yo. 

Al llegar, bajábamos al pueblo para hacer alguna compra. Todos los lugareños saludaban afables a mi madre, Marine, a la que conocían desde niña. Yo me quedaba embobada escuchando su conversación de la cual no entendía apenas nada, hecho que no le quitaba ni un ápice al interés que, por alguna extraña razón, despertaba en mí.

Mi madre, en casa, jamás nos habló en su idioma, por más que se lo suplicáramos. Siempre contestaba que era absurdo, porque el idioma del futuro era el inglés. Ella siempre se mantuvo en este tozudo razonamiento, algo que no podía entender, pues Marine jamás perdió su seductor acento, y Francia le seguía pareciendo una maravilla comparado con España. Así que intuía que esa absurda postura era como una especie de exclusión de sus hijos del refinado club de los francoparlantes. 

Casi todas las casas tenían la fachada de piedra y todas ellas adornaban con flores  sus ventanas. En la plaza se erigía una bonita iglesia, en cuya torre las consabidas cigüeñas anidaban al final del invierno. A unos doscientos metros del centro del pueblecito, discurría el río, con sus veredas plagadas de chopos y su puentecito medieval.

Los niños jugaban en la plaza y a algunos se les veía pertrechados con sus aparejos de pesca, de camino hacia el río. Mi hermano y yo hubiésemos dado lo que fuera porque nuestra madre nos hubiese dejado jugar o pescar con ellos. Pero Marine nos lo tenía vedado, sin darnos explicaciones sobre el por qué. Pasábamos casi todo el verano metidos en la finca e inventándonos todos los juegos posibles para dos. A pesar de todo, mis recuerdos son de veranos largos y felices gracias al abuelo.

La enorme casa familiar, con cuartos, bodegas, gabinetes misteriosos y rincones por todas partes, me fascinaba. Mi madre, nada más llegar, adornaba los muebles con hermosos ramos de lilas en tarros de cristal. En mi habitación, había una altísima cama con un grueso colchón de lana, que siempre me hacía recordar el cuento de La princesa y el guisante. El suelo de madera crujía por las noches con el cambio de temperatura, y alguna noche me despertaba un tanto atemorizada. El hermoso jardín delantero y la gran alberca, que el abuelo había pintado de azul turquesa para que hiciera las veces de piscina, eran mis lugares favoritos donde jugar con mi hermano, lejos de la mirada siempre censuradora de mi madre. Una gran biblioteca, situada junto al despacho del abuelo, contenía cientos de libros que me tentaban, aunque me tenía que conformar viendo las ilustraciones, pues estaban escritos en francés. 

El abuelo Jean se esforzaba en que cada día fuera algo distinto al anterior. Un día, nos enseñaba a clarificar la miel, otro, a regar la pequeña huertecita trasera que había para el consumo doméstico, enseñándonos el nombre de cada planta y sus cuidados, o limpiábamos con él la alberca de las algas que se habían ido creando en el fondo.

Mi abuelo siempre estaba de buen humor, nunca se enfadaba, como mucho se le veía preocupado cuando Marine se irritaba y, más bien, por sus consecuencias. Se podría decir que era un hombre que vivía en un equilibrio perfecto entre sus deseos, sus posibilidades, sus expectativas y sus necesidades. Él no entendía de yoga, ni de mantras, pero había encontrado su sitio en el universo, en el sentido más terrenal y cósmico a la vez que se pueda imaginar. Sus alegrías brotaban de los manzanos, si diligentemente brindaban sus exquisitos frutos en el tiempo idóneo, o de las nubes del cielo, si decidían bañar sus perales como era debido. Sus tristezas, quitando algún lumbago que le dejaba varios días postrado y taciturno, las despachaba con la madre Naturaleza desde la terraza trasera de la casa, cuando le negaba alguno de los inexorables ciclos con los que él había contado para su finca,. Levantaba desafiante su sempiterno bastón hacia el cielo, debía de pronunciar algún juramento en francés, que yo no entendía, y volvía a entrar ya sonriente y en paz con el destino.

En las siestas de chicharras y habitaciones en penumbra para mitigar el sofocante calor, mi abuelo Jean, balanceándose en su mecedora de anea, me sentaba encima de sus rodillas y, con ese armonioso vaivén, me cantaba alguna canción muy quedamente en su maravilloso y dulce idioma; yo le pasaba mi mano por su sedosa y blanca barba antes de darle un beso y salir corriendo a pelearme con mi hermano.

 En mi memoria ha quedado grabado para siempre un episodio de uno de aquellos calurosos meses de julio:  Yo había convencido a Anatole (el guardés que, junto a su mujer, Meli, y su hijo, Jacques, se ocupaba del cuidado de la finca y de cualquier tarea que el abuelo le encomendase) de que me llevase con él, a la mañana siguiente, a recoger la leche a la Maison des Vignes, donde todos los días, a las siete en punto, acudía Anatole en su bicicleta a por los tres o cuatro litros para el consumo diario de la casa. Permanecí toda la noche en vela, esperando el amanecer y a levantarme sigilosamente para ir con Anatole a por la leche sin que mi madre se enterase. No le había dicho nada, pues seguro que no me dejaría ir, aunque a Anatole le mentí diciéndole que tenía el beneplácito de mi madre y del abuelo. El bueno de Anatole me montó en el trasportín de su bicicleta y cargó conmigo los más de cuatro kilómetros que había hasta la lechería; lo único que me pidió es que le ayudara con una de las lecheras vacías, ya que, colgadas en el manillar, el choque de una con la otra parecía un estrepitoso cencerro que despertaría a toda la casa. Así que, asiendo con una mano la lechera de aluminio y con la otra agarrándome fuertemente a la cintura de Anatole, salí de la finca, feliz y expectante, hacia lo que me pareció la aventura del día.

Al llegar a Les Vignes, salió corriendo hacia nosotros una niña, más o menos de mi edad, sonriente y sorprendida por mi presencia. Se llamaba Louise, y enseguida me invitó a enseñarme los establos; se ayudaba de gestos al ver que no comprendía bien su idioma. Mientras Anatole y el granjero hablaban de la sequía del verano y de sus cosas, las dos nos adentramos en los establos, donde una infinidad de vacas rojizas, de ojos bonitos y aspecto tranquilo, comían su forraje y esperaban a ser ordeñadas por un mozo, que tenía en ese momento sus manos ocupadas en las ubres mastodónticas de una de ellas. La leche salía a toda presión y disparada hacia un cubo que el mozo sujetaba entre sus pies, formando una espuma parecida a la que hacen las olas en el mar. El mozo me miró de soslayo y, de pronto, proyectó hacia mi cara un tibio chorro de aquella exquisita leche que pude relamerme alrededor de los labios. Los tres nos miramos divertidos y luego reímos hasta la extenuación. Después, Louise me cogió de la mano y, riendo aún, me llevó a otra parte del establo donde había un par de corpulentos caballos de labor. Louise me indicó que los podía acariciar y cómo debía de hacerlo. Pasé mi manita, de diez años, por el lomo de uno de aquellos inmensos caballos, para lo cual tuve que ponerme de puntillas, y percibí un calor y una humedad tan deliciosamente agradables, que habría permanecido acariciándolo toda la mañana de no ser por la llamada de Anatole, que me reclamaba con urgencia para volver a casa.

Al llegar, a los pies de la escalera del patio trasero, esperaba mi madre, con un gesto de severidad inequívoco. Me iba a caer una buena, pensé.

—Camille, mira cómo vienes— comenzó por decirme, mirándome de arriba abajo y haciendo que cayese, en ese instante, en que traía la camiseta toda manchada de leche y las zapatillas con pegotes de estiércol—Entra en tu cuarto a cambiarte y no salgas de ahí hasta que te llame.

Luego, casi más enfadada, se dirigió a Anatole y le hizo pasar a la casa. El abuelo, que estaba al lado de mi madre, me miró, cabeceando un poco, como diciendo “la que has armado”, pero no estaba enfadado, sino más bien preocupado por el disgusto de Marine.

Desde mi cuarto oía lo voz chillona de mi madre dirigiéndose a Anatole, al cual apenas se le escuchaba. Hubiese dado cualquier cosa por entender bien el francés y enterarme con detalle de lo que le reprochaba mi madre al guardés. Cuando comprendí que Anatole estaba siendo brutalmente recriminado por mi culpa, no pude contener el llanto y la rabia, me presenté en el despacho del abuelo y, frente a mi madre, le gritó con todas mis fuerzas: ¡Déjale ya!, ¡Anatole no tiene culpa de nada! ¡Yo le dije que tenía vuestro consentimiento! Pero, lejos de tranquilizarme tras esta explosión de cólera hacia Marine, aquello fue como descorchar el tapón de la botella de los reproches contenidos hasta ese momento. Mientras las lágrimas no me paraban de brotar, seguí gritando: ¡No hemos hecho nada malo! El pobre Anatole ha cargado conmigo en su bici, para darme gusto, porque él siempre se preocupa por mí y quiere que sea feliz aquí. Y Meli siempre me ofrece soupe de pain, aunque no les sobre, porque sabe que me encanta, y porque le gusta como soy. ¡No como tú, que no me soportas! 

El pobre Anatole me miraba espantado. No entendía del todo lo que decía, pero sufría al ver la escena: yo, llorando y fuera de mí, el señor Jean cariacontecido y la señorita Marine seria y disgustada. Por fin, callé y salí corriendo hacia mi cuarto, mientras Anatole se disculpaba por el contratiempo causado a su pesar.

Estuve todo el día llorando en mi habitación y odiando a mi madre.

A la mañana siguiente, muy temprano, vino el abuelo Jean a despertarme. Me besó dulcemente en el pelo y me mostró una lechera.

— ¡Venga, vístete!, mademoiselle, que Anatole te está aguardando— me dijo con su delicioso acento.

— Pero… ¿y mi madre?

— No te preocupes. Ya lo he hablado con ella. A Marine, parece que a veces se le olvida que ella también ha sido niña. ¡Vamos!— exclamó, con toda la ternura en sus ojos del color de la miel.

Cuando yo apenas tenía trece años, mi abuelo Jean murió. En su entierro no pude parar de llorar. Mi madre, como siempre eficiente, justa y elegante, pero fría, vino a decirme que intentara recomponerme un poco. Había que atender a las personas, que habían acudido a acompañarnos, como era debido. 

En esta ocasión no pude obedecerla, pues, a pesar de mi corta edad, supe con una desconsolada certeza que “esa” ternura, en mi vida, se había acabado para siempre.

Publicado la semana 27. 03/07/2018
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