24
Camille Lescaut

La culpa fue de Scarlatti

 

 

Al entrar al recinto de ensayos del auditorio, Lucca se quedó maravillado de la límpida y prodigiosa voz que emanaba de la sala. Al abrir la puerta la vio y quedó, definitiva y fatalmente, prendado de aquella espléndida mujer, que interpretaba desde el escenario el aria para soprano y trompeta de Scarlatti que él llevaba meses estudiando. Su nívea piel, trémula, se agitaba con los vibratos de la maravillosa y magistral secuencia musical. Se podría decir que Anna brillaba, refulgía, con su “rubensiana” figura, impidiéndole dejar de admirarla absorto.

Se disculpó por su involuntario retraso, debido a la demora de su vuelo, y se puso manos a la obra, de forma literal. Sacando su preciado fliscorno del estuche, no pudo evitar un ápice de rubor al mirarla a ella, por el embelesamiento que se había apoderado de él.

No hay demasiadas obras donde un trompetista pueda protagonizar y brillar con todo su esplendor. Por lo tanto, Lucca estaba encantado con esta invitación, y más encantado aún desde que se encontró con Anna.

Tenían más de dos meses por delante de ensayos, antes del concierto programado para principios de primavera. Además de las sesiones con el resto de la orquesta, él se las arregló para quedar con ella en el apartamento que había alquilado, y trabajar las arias hasta el perfeccionismo, como a ambos les gustaban las cosas. Aquel apartamento estaba impregnado de un barroquismo en su mobiliario y su decoración, enmarcando aquellas tardes eternas y deliciosas de ensayos con Anna, que hasta el propio Scarlatti lo hubiese elegido para la historia de amor que Lucca y Anna, melodiosamente, comenzaron.

Él era un hombre menudo, aunque fibroso. Cuando comenzó a sumergirse en el acolchado y arrebatador abrazo de su diva, le gustaba pensar que en cualquier momento podía ser engullido por aquella oronda sirena, cuyos grandes pechos, de sonrosados pezones, se le ofrecían como una fascinante tierra prometida. Al mordisquearlos, hubiese jurado que ella gemía en Si bemol. Por no hablar del Do de pecho que parecía proferir cuando Lucca accedía, a través del rojizo bello de su pubis, a su afinado clítoris. Ambos explotaban en una sacudida de pasión que les dejaba exhaustos buena parte de la tarde. Se revolcaban sobre las sedosas sábanas, inventando juegos imposibles, hasta que al anochecer bajaban a cenar a un café muy discreto, cercano al apartamento.

Jamás Lucca había tocado su fliscorno con el vigor y la exultación de aquellas semanas. Alessandro, el director, estaba encantado, y le felicitaba tras cada ensayo. No podía ni imaginar que aquella fuerza, casi sobrenatural, que se había apoderado de su solista, se debía a la apasionada historia entre este y su soprano, pues siempre procuraron ser muy discretos.

Todo iba como la seda ( como la seda de las sábanas, como la seda de la voz de Anna), cuando un aparente hecho circunstancial lo trastocó todo. Antonio, el violinista concertino, cayó enfermo apenas tres semanas antes del concierto. Hubo que buscar, a toda prisa , a un especialista en Scarlatti para que lo sustituyera. Y apareció Klaus, un violinista alemán, muy pagado de sí mismo, aunque con un atractivo físico indiscutible.

La atracción surgida entre Klaus y Anna fue visible para todos. En los ensayos se prodigaban miradas cómplices y melosas, que eran más que percibidas por toda la orquesta.

Anna no tardó más que unos días en cortar con los ensayos vespertinos con el trompetista. Este, indignado, trató de hablar con ella, pero Anna , secamente, le dijo que ya eran adultos y que la dejase en paz. Lisa y llanamente le despachó.

Un odio incontrolable hacia ella se fue apoderando de él, casi con la misma intensidad que semanas antes lo había hecho la pasión.

La relación de Klaus y Anna ya no admitía ninguna duda. Así que, en su convulso cerebro, empezó a maquinar un plan de venganza .Para colmo de males, a los intérpretes de fliscorno se les llama cornudistas, lo cual, ante la nueva situación, le empezó a sonar insufriblemente ofensivo cada vez que lo apelaban con esa terminología.

 Como febril se podría definir el estado en que se encontraba Lucca cada vez que los veía juntos. No se le iban de la cabeza los Si bemoles y los Do de pecho que, ahora, Anna le prodigaría a su nuevo amado.

A través de minuciosas investigaciones, se hizo con una minúscula cerbatana, cuyos microscópicos dardos impregnaría de un potentísimo veneno.

El día del Concierto tenía todo preparado. En el bolsillo de su frac guardó la mortífera arma.

Fue todo un éxito, el público aplaudía maravillado. En el momento en que Anna se volvió hacia los músicos, para hacerlos copartícipes de los aplausos, el letal dardo, alojado en el cono del instrumento, salió impulsado por el descomunal soplo hacia su palpitante escote.

A los pocos segundos Anna cayó desplomada, ante los gritos de horror del público y las miradas incrédulas de sus compañeros.

Como un manatí agonizante, sobre el parqué del escenario, Anna se debatía entre la vida y la muerte, mientras Klaus, como un loco, pedía una ambulancia. A los pocos minutos, Anna expiró.

Nadie se percató de su autoría. La policía interrogó a todos. El dardo, alojado en el  escote, les hizo deducir que provenía del sector del público, y comenzaron unas infructíferas investigaciones sobre posibles enemigos de la diva.

Solamente Klaus parecía mirarle con desconfianza. Pero solamente era eso, desconfianza, pues no tenía ni la menor prueba contra él.

El caso quedó sub júdice, pero jamás se resolvió.

Cuando recordaba este episodio, pensaba que, quizás, Scarlatti fue el verdadero culpable.  

 

 

Publicado la semana 24. 11/06/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
24
Ranking
1 215 6