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Yuri es la chica hondureña que cuida de mi madre desde hace ya tres años.Es morena, algo bajita, tiene treinta y cuatro años, aunque no podría decir los que aparenta, y tiene sus “papeles” en regla, por lo que la hemos podido dar de alta en la Seguridad Social.Trabaja seis días a la semana durante veinticuatro horas, pues solo libra los sábados. Es limpia, respetuosa y mi madre la adora; por tanto,estamos bastante contentos con ella.El único incordio es que, al librar los sábados, mi hermano  y yo nos tenemos que turnar para atender a mi madre esos días.Yuri regresa los domingos a las diez de la mañana, ¡gracias a Dios!, y así nosotros podemos salir corriendo para desayunar con nuestra familia.

Esta es toda la información que teníamos, y nos era más que suficiente, de esta mujer que atendía a nuestra anciana y queridísima madre con una dedicación que nosotros no éramos capaces de ofrecerle. Si tenía familia en Honduras, hijos, madre, con quién pasaba los sábados y dónde dormía, era algo que ,sencillamente, nos daba igual.Lo importante era que no se pusiera enferma, que controlara correctamente la medicación y citas del médico de mi madre, que no se gastase mucho en la compra…

El pasado diez de febrero mi madre cumplió los noventa y cinco.Era viernes,mal día; día de compra, de salir a cenar con los amigos, de ir a la peluquería...Tenía que sacar un rato para llevarle unos bombones, darle unos sonoros besos y brindar con ella con un poquito de champán, que siempre le ha gustado tanto.Planeé que con una media hora de visita sería suficiente sin alterar demasiado mi agenda.

Cuando llegué a su casa, a las siete en punto, encontré a mi madre contenta y risueña, sentada en su “trono”, como ella le llama a su sillón orejero donde pasa la mayor parte del día, rodeada de flores y globos que Yuri le había colocado desde bien pronto, por la mañana.Le había hecho una comida especial y la había vestido con sus mejores galas. Yo, con mi caja de bombones y mi botella de cava comprados a la que pasaba por el súper, me encontré fuera de lugar. A Yuri y a mi madre se las veía felices, compenetradas,  y yo estaba de más, sencilla y merecidamente.

A las siete y cinco anulé todos mis compromisos. Además de besar a mi madre, besé a Yuri y, emocionada hasta la congoja, le di las gracias por todo. En ese momento, pensé en las ocasiones en que con una vehemencia casi beligerante, la cual supe en ese instante que era impostada, había defendido la igualdad, la no discriminación de ningún ser humano por razón de sexo, nacionalidad o condición, y me sentí pequeña y mezquina ante Yuri.

Aquella tarde supe de su vida, de todo lo que había tenido que dejar atrás, del nombre de sus hijos, que son dos y, sobre todo, supe de la vida, del día a día, de mi madre. Fue doloroso comprender, con total claridad, por qué mi madre la quería más que a nosotros, sus hijos. Era doloroso porque era totalmente justo. Ahora, Yuri es una de mis más queridas amigas.Los sábados llego temprano, procuro llevar unos croissants recién hechos y desayunamos las tres juntas, antes de que se marche.Aprovechamos para pasar un buen rato.Y, aunque mi madre muera, como sucederá algún día, espero no perderla como amiga jamás.

Siempre que ella me acepte,claro.

Publicado la semana 23. 04/06/2018
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