Semana
20
Género
No ficción
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Desde que me recuerdo, siempre he sentido miedo por algo.
Siendo muy pequeña ya me asustaban con el “coco”. Ese comodín absurdo que se utiliza con los niños, pretendiendo que se porten bien, no hace más que iniciar a la persona en esta espiral constante de vivir con temor a que suceda algo terrible que, normalmente, nunca sucede. Cuando el coco se me quedó algo obsoleto y poco creíble, empecé a tener pesadillas con La Momia, o con Drácula. Con diez u once años, Boris Karlov, con sus vendajes harapientos y sus ojos terriblemente negros, o Bela Lugosi, con su maléfica sonrisa, previa al mordisco, representaban para mí lo más espeluznante que se pudiera concebir. 
Luego, llegó la adolescencia, y los miedos se basaron en cosas mucho menos tangibles: miedo a no ser aceptada en mi pandilla, miedo a mis inseguridades, incluso, miedo a que la gente me mirase por la calle. En plena transformación vital y hormonal, creo que el miedo principal era a mí misma y todo lo que suponía aceptarme cómo era.
En mi juventud tuve miedo de no encontrar el verdadero amor. Pero, si me enamoraba perdidamente, sentía miedo de perder a mi amado. Tuve miedo al sexo, y sobre todo a sus consecuencias, como se encargaba de repetirme mi madre a todas horas. 
También, me angustiaba no llegar a terminar la carrera y, en general, no dar la talla en todo lo que parecía que se me exigía.
Me recuerdo por el pasillo de la preciosa iglesia donde me casé (porque tuve miedo de contrariar a mi padre si no lo hacía “como Dios manda”), muerta de miedo por si me equivocaba con aquella decisión y con la persona elegida. 
El terror al parto tampoco fue desdeñable. Aquellos nueve meses, en los que alternaba una sensación de alegría inmensa con un miedo atroz al dolor que me habían contado que sufriría (no existía la epidural), me llevó al desenlace del asunto, o sea al paritorio, temblando de miedo.
Finalmente di la talla y llegué con mi primer bebé a casa. Un miedo insondable a no saber cuidarlo y a la responsabilidad que se me venía encima hizo que la depresión postparto se cebara conmigo. Superada esta crisis, comenzó un miedo distinto, nuevo y desconocido hasta ese momento: miedo a que mi niño enfermase, a que la vida no le brindara suficientes oportunidades, a que no se convirtiese en un hombre de bien… Y este miedo, en realidad, nunca ha desaparecido.
Ya metida en la madurez, y por tanto con los padres en la senectud, hay un miedo subyacente, no agudo pero constante, a que algún día te falten. Ves cómo van envejeciendo inexorablemente y no puedes dejar de pensar que cualquier día sonará el teléfono y te darán la terrible noticia. Por no hablar de un miedo latente, también en esta época de la vida, que es el miedo a contraer una enfermedad incurable (normalmente, se piensa en el cáncer, y en uno de los malos, malos). Porque cuando la madurez va avanzando, empiezas a pensar de vez en cuando, aunque sea de vez en cuando, en tu propia muerte y el miedo que te produce, al menos a mí.
Todos estos son los miedos “esenciales”, porque además hay otros más cotidianos, que te acompañan día a día: miedo a no poder pagar la hipoteca, miedo a las arrugas, miedo a ir perdiendo la memoria…y un largo etcétera de ráfagas de miedo, que en su medida van calando, como un riego por goteo, tu alma ya algo atemorizada.  
Vaya por delante que no me considero una persona cobarde ni quejumbrosa, pero, si me dieran a elegir, creo que me quedaría con el “coco”.

 

Publicado la semana 20. 14/05/2018
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