Semana
19
Camille Lescaut

Súper Woman

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Relato
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Me llamo Irene. Tengo cuarenta y tres años, soy ejecutiva de una gran empresa, estoy casada con un hombre alto, rubio y triunfador (con sus dos apellidos compuestos), con el que tengo dos hijos rubios de ojos rubios (de nombres Pelayo y Jacobo, por supuesto). Visto con trajes de chaqueta caros y me compro perfumes caros en las dutys free
de los aeropuertos, por donde arrastro mis caras maletas cuando viajo por trabajo, en
clase business.

Jamás había previsto un hecho tan radical en mi vida conservadora y exitosa. Pero apareció Elsa. Entró a trabajar bajo mis órdenes y enseguida conectamos. Tiene carácter, aunque siempre me han gustado las personas así, que no las melifluas. Comenzamos a hacer algún viaje de empresa juntas y descubrimos que nos sentíamos a gusto la una con la otra. No hablábamos de nada distinto de lo que hablan dos amigas. Yo le comentaba sobre mi marido y mis hijos con total naturalidad, y ella me escuchaba con atención y me aconsejaba, a pesar de ser soltera, con su mejor intención. Si salíamos a cenar en algún país extranjero, nos divertíamos hablando de música, de moda, de política, y casi sin palabras nos entendíamos. Si se nos acercaba algún remilgado caballero, con intenciones algo menos remilgadas, lo despachábamos sin vacilar, pues nos incomodaba cualquier intromisión en nuestra charla. No sé cómo sucedió, pero cada vez deseaba más estar a solas con ella. Una noche, al despedirnos en el hotel para ir cada una a su habitación, nos besamos en la boca. Al cerrar mi puerta estaba aterrada. Pasé toda esa noche dándole vueltas en mi cabeza, intentando buscar una explicación, y una solución para el día siguiente, a lo sucedido. Lejos de rectificar en nada, la siguiente noche hicimos el amor. Y Elsa se ha convertido en el centro de mi vida.

A los pocos meses del inicio de este amor apasionado, estuve tentada de ponerme frente a mi rubio marido y contarle todo: que Elsa era la persona que me colmaba de felicidad, de complicidad, de ganas de vivir, y que, si era una mujer, tanto daba. No me he atrevido nunca y me siento mezquina por ello. Ahora, por los aeropuertos arrastro, sobre todo, mi sentimiento de culpa ante Elsa y ante él.

Esta noche, viendo el telediario en casa, mi marido ha comentado que ya estaban los mamarrachos del Orgullo Gay y sus patéticas cabalgatas, pero yo me he callado. Mi intachable fama de mujer perfecta, en el “perfecto” mundo que me rodea, ha podido a tu amor, querida Elsa. Te pido perdón. Mil veces perdón.

Publicado la semana 19. 07/05/2018
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