Semana
15
Camille Lescaut

TERRORES NOCTURNOS

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Relato
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— ¡Cata, ve poniendo la mesa!— me gritó mi madre desde la cocina.

Ese día empezó todo.

Pusimos los platos bonitos, y hasta copas de champán. Mi madre me había hecho canelones, mi plato favorito, para celebrar mi decimosexto cumpleaños.

Pronto llegó Luis, la pareja de mi madre, con mi hermano Grego, al que había recogido del cole. Ese día le di un abrazo muy fuerte y sentido a Luis. Traía una tarta preciosa, en la que, escrito con letras de chocolate, ponía: Felicidades, princesa.

A mi madre se la veía feliz, mi hermano me chinchaba, para no variar, y yo me sentía orgullosa de mi recién estrenada juventud. Me dejaron brindar con champán en los postres. Entonces, Luis dijo: Por Cata, que ya es toda una mujercita; mientras me acariciaba los muslos y llegaba hasta las bragas, por debajo del mantel.

Me quedé rígida, asustada, me quería morir, que la tierra me tragase en ese momento. Disimulando, me levanté bruscamente y dije que me iba a mi cuarto a escuchar música. Aún tuve que escuchar los reproches de mi madre por no ayudarla a recoger la mesa. Una vez en mi habitación, tras la puerta lloré desconsoladamente, pues, a pesar de mis pocos años, supe con una desolada certeza que había comenzado una época terrible para mí.

Aquella misma noche me despertó un suave roce entre mis piernas. Al vislumbrar en la penumbra del cuarto la figura de Luis, volcada sobre mi cuerpo, acariciando mi sexo, el terror, el asco y el estupor me dejaron inmóvil. Apreté mucho los ojos, y el sudor por el espanto brotó por todo mi cuerpo. Haciendo un esfuerzo ímprobo me di la vuelta, como si estuviese dormida. A los pocos segundos, se marchó.

Bajo las sábanas, para amortiguar mis sollozos, permanecí desconsolada y sintiéndome sucia, como si hubiese traicionado a mi madre. ¡Ella le quería tanto!

El calvario de aquellos meses, que se me hicieron una eternidad, había empezado. Luis, “El asqueroso”, no entraba todas las noches, pero entonces era casi peor, porque la espantosa incertidumbre de si entraría o no en cualquier momento me mantenía toda la noche expectante y aterrada, hasta que de madrugada el agotamiento y el sueño me vencían.

Cuando venía, a través del pijama, me acariciaba todo el cuerpo, me manoseaba los pechos y luego metía la mano por mis bragas. Alguna noche, echándome su aliento en el cuello, percibía cómo se masturbaba. Yo jamás abría los ojos. Me decía a mí misma que así era como si no fuera yo, como si no estuviera. Él sabía que yo no dormía y yo sabía que él lo sabía. Mi cuerpo, rígido y sudoroso, se quedaba paralizado. Cuando ya no podía soportar más, procuraba revolverme en la cama, con brusquedad, para que se marchara. Solía surtir efecto al cabo de unos minutos.

La vergüenza y el asco me iban invadiendo, y me volví huraña y desagradable con todos. Ni siquiera a mi amiga Lourdes, con la que no tenía secretos, me atreví a insinuarle nada. Bajé estrepitosamente mi rendimiento en el instituto y mi madre no sabía que hacer conmigo. Por extraño que parezca, con la única persona que era amable, y hasta solícita, era con Luis. Aunque jamás, jamás, le miraba a los ojos. Ingenuamente, pensaba que si por el día era buena con él, se apiadaría de mí y terminaría con sus asquerosas visitas nocturnas. Pero esto no sucedía.

Mi madre me recriminaba continuamente mi cambio de carácter. En más de una ocasión tuve que soportar oírla decir: “Luis, ¿has visto cómo está esta niña? En plena edad del pavo. No la soporto”. Él nunca decía nada, y yo no era capaz de mirarle por si buscaba en mí la más mínima y canalla complicidad.

Alguna mañana, cuando Luis se llevaba a Grego al colegio y yo me quedaba un rato a solas con mi madre, antes de irme al instituto, intenté hablar con ella. Pero la angustia y la culpabilidad me atenazaban la garganta. Frustrada y enfadada conmigo misma, le soltaba algún gruñido y me iba llorando todo el camino.

Una noche, “El asqueroso” se atrevió a abrirme la chaqueta del pijama y a bajarme los pantalones. Me pasaba su asquerosa lengua por todo el cuerpo. Un gemido, de un llanto reprimido, se me escapó. Ya no pude más. Abrí los ojos y le miré.

Él, desconcertado, clavó sus ojos en mí y entonces lo dijo:

— Si cuentas algo, te mato.

Salió rápidamente del cuarto y no volvió nunca más.

Un día fingí encontrarme mal, con fiebre, y me quedé a solas con mi madre en casa toda la mañana. Tras una intensa agonía, llena de dudas, de vergüenza y de tristeza, le conté todo.

Ambas nos abrazamos llorando. Mi madre repetía, casi enloquecida: ¡Mi vida, mi vida!, ¡cómo lo siento!

Me vestí y fuimos a la comisaría a poner una denuncia. A la vuelta, recogimos todas sus cosas en unas maletas que dejamos en la recepción de su oficina. Mi madre le dejó una nota que no me quiso leer.

Ya han pasado dos años, pero estoy nerviosa y bastante asustada. Hoy es el juicio, y tengo que estar serena, como dicen la abogada y el psicólogo que me trata. No sé cómo lo voy a hacer. Sé que ha estado en la cárcel. Me han asegurado que no lo veré ni en los pasillos ni en la sala. Pero tengo miedo.

¿Y si me lo encuentro y cruzamos una mirada?

Publicado la semana 15. 09/04/2018
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