Semana
14
Camille Lescaut

El cazamariposas

Género
Relato
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Samuel era todo un artista. Su indiscutible calidad como escritor, que había empezado a dar sus frutos económicos aunque fuera de forma incipiente, le había dotado de cierta prerrogativa para mirar desde otro ángulo al resto de las personas. Cualquier suceso, contrariedad o alegría que le aconteciera en su vida, rápidamente, se veía anotado en su eterno cuadernito de notas, por si era utilizable para alguna de sus obras. Como un obsesivo entomólogo, describía, analizaba y sopesaba estéticamente todo aquello que sucedía a su alrededor, con sus protagonistas incluidos, los cuales adquirían el valor de una preciosa pieza digna de ser observada y diseccionada desde el punto de vista más literario que pudiesen presentar.

Todo ello, de forma sutil pero inexorable, lo iba transformando en un ser, probablemente brillante, pero egocéntrico e insensible hacia los verdaderos sentimientos: aquellos que no pasan por la cabeza; aquellos que son comunes pero sinceros; aquellos que no sirven para enriquecer una novela, quizás, pero que escriben la verdadera historia de los hombres. Sin darse cuenta, había cambiado la pasión, la piedad, la vehemencia, y hasta el amor, en aras de una estética impoluta y de una impostada sensibilidad.

Mariona, su novia desde hacía más de cinco años, lo conocía bien. Constataba con tristeza esta imparable transformación de Samuel, que la excluía de alguna manera. Empezaba a estar harta de que, en sus lágrimas de verdadera amargura, Samuel solo se detuviera en el “extraño cauce que dibujaban en su rostro”, o de que cuando hacían el amor, Samuel le susurrara: “eres mi Alicia tras el espejo”. Ella era Mariona, con sus contradicciones, sus vulgaridades, a veces, y un amor inmenso que ofrecer.  

Estaba hastiada de bellas citas literarias, de hermosas y profundas cavilaciones sobre la vida, que nunca derivaban en una acción posterior. En definitiva, de que su amor se hubiese convertido en un pozo sin fondo de reflexiones, acertadas y agudas, pero donde todo ello era una bella cortina de humo que escondía un egoísmo absoluto.

Era cinco de mayo, Samuel y Mariona cumplían su sexto aniversario juntos. Ella preparó una exquisita cena en el apartamento que compartían. También se había esmerado en elegir el regalo apropiado. Y el corazón le latía desacompasadamente mientras esperaba a Samuel. Aquella noche era muy especial.

Samuel entró por la puerta con un precioso ramo de flores y una sonrisa vencedora. La editorial le había aceptado su proyecto de una trilogía sobre el “peso de la culpa”, en el que ya llevaba meses trabajando. Esto, además, suponía un sustancial adelanto de dinero. Samuel mostró triunfante el cheque que le acababan de dar; aunque se le olvidó preguntar a Mariona por su entrevista de trabajo de aquella mañana, en la que ella había puesto todas sus ilusiones para dejar de ser una parada de larga duración. Samuel se enfrascó en su propia conversación, más bien monólogo, mientras ella abría el vino y encendía unas velas con olor a jazmín.

Después de la cena, Samuel comentó que le debía el verdadero regalo, no había tenido tiempo de ir a comprarlo. Esto lo dijo no sin apostillar que los regalos impuestos por fechas concretas le parecían convencionalismos estúpidos, y olvidándose de que tampoco le hacía regalos a Mariona fuera de esas fechas desde hacía mucho tiempo.

Mariona sonrió sin demasiadas ganas. Se levantó y fue hacia el armario donde guardaba el regalo para Samuel. Al regresar al salón, tragó saliva y se puso frente a él.

— Me voy. Te dejo, Samuel. Hace ya mucho tiempo que realmente no te importo. Creo que, en el fondo, no te importa nadie. Los que te rodeamos somos de carne y hueso. A veces necesitamos de ti, y tu corazón ya nunca está dispuesto. Probablemente este razonamiento te resulte vulgar, o patéticamente posesivo, como tú dirías. Me da igual. Es lo que siento, y es mi verdad — dijo Mariona, con una rotundidad que dejó aún más boquiabierto a Samuel—. Por cierto — continuó—, ya que estás escribiendo sobre “el peso de la culpa”, deberías de echar una mirada introspectiva, para variar. Creo que encontrarás abundante material. De todas formas, como no tengo muchas esperanzas en que lo hagas, te he comprado este cazamariposas de regalo. 

Y, serenamente, cogió la maleta que tenía preparada, por si acaso, dejó las llaves del apartamento sobre la mesa y miró con tristeza a un lívido Samuel, antes de cerrar la puerta para siempre.

Publicado la semana 14. 02/04/2018
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