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Camille Lescaut

Cuento de Navidad: Un intento inoportuno

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Un intento inoportuno


 

Breid ha acordado con Nurm que el aterrizaje se producirá a las 11sw exactamente. Esa hora coincide con las 16 h terrestres, la cual, tras un pormenorizado análisis, se ha convenido en que es muy favorable por las costumbres de los habitantes del minúsculo planeta Tierra. Es un periodo del día terrestre en que la población o está trabajando o está en sus casas, con lo que el flujo de transeúntes es más bien escaso. Solo hay un inconveniente: en estos momentos, al acercarse al objetivo, se observa una contaminación lumínica inusitada. Breid se enfurece, pues teme que la precisión con la que se ha planeado la llegada se vea alterada por este factor absurdo, inesperado y desesperante, aunque, por otro lado, tan propio de esta civilización tan primaria. ¿Cómo es posible que a las 12 h exista este derroche de millones de megapondios de energía, si el Sol aún está en su cénit? ¿No se han enterado de que sus reservas energéticas están en las últimas? Desesperado, consulta con Nurm. Este intenta tranquilizarle. Tiene que haber una explicación, va a investigar y ya le dirá. Corta y cambia. La nave sigue su imparable trayectoria a 400.000 wares/sw, pero Breid no las tiene todas consigo. Incluso junto al desierto de Turkmenistán, a pocos micro-wares, se aprecia una iluminación extraña y no prevista. Si algo odia Breid es la improvisación. Nurm, que le conoce bien, decide llamarle enseguida que tiene la información, pues intuye la extrema irritación que debe de estar apoderándose de su compañero. Nurm le indica que deben posponer el aterrizaje. Los humanos celebran estos días una extraña y absurda fiesta, a la que llaman Na-vi-dad, o algo así. Esta es la causa de la inusual iluminación en cada rincón del planeta, y de que millones de humanos se encuentran en las calles a esta hora tan poco propicia para ello. La misión, sobre todo, ha de ser discreta, como bien saben ambos. Un ataque de pánico entre estos primitivos seres daría al traste con su inefable plan. Breid, tras lanzar un exabrupto contra esta rudimentaria civilización, le advierte a Nurm de que después de viajar miles de wares para abordar este reducto ridículo del Universo, si se da la vuelta, no merecerá la pena volver. Es un área tan pequeña que, como mucho, serviría para algún almacén logístico, nada más. Después de una corta deliberación, deciden abandonar la operación y dirigirse a Arthrium; al menos allí podrán recabar unas cuantas toneladas de exquisitas cucarachas, fuente proteica fundamental en su dieta. Por otro lado, los artrópodos jamás ponen resistencia ni entran en pánico. Breid los prefiere mil veces a los necios humanos. Nurm está de acuerdo. Cortan y cambian. La nave gira 270º y se encamina hacia el “planeta despensa”, como lo denominan. Breid, con desprecio, masculla que los terrícolas pueden seguir con su estúpida “fiestecita”, él no piensa repetir.

Mientras tanto, en la Tierra sus habitantes siguen con su celebración, ignorantes por completo, como siempre, de lo que les ha estado a punto de suceder. Su sensiblera Na-vi-dad los acaba de salvar; si bien su exiguo cerebro no es capaz de percibir ni valorar nada que no ocurra bajo el manto de su atmósfera.

 

Publicado la semana 1. 06/01/2018
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Mecano , Todo lo vivido , Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir , luz
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