Semana
09
Caballo de Coia

Desde el bosque

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Relato
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 Antonio era el típico colega que se apunta a cualquier plan y no se trata de falta de criterio, es de esas personas que sabe que una de las cosas importantes de la vida no es lo que se haga si no con quien. Y allí estaba Antonio junto a Pedro, su amigo de la infancia, oteando los cielos una húmeda noche de abril porque alguien les había contado que era una buena época y un estupendo lugar para avistar ovnis. Un candil eléctrico, mantas térmicas unos prismáticos, dos potentes linternas y los teléfonos móviles preparados por si esos seres de las estrellas, o intraterrestres como había matizado Pedro, se dignaban a aparecer.

-Dicen que allí, sobre la loma que tiene ese pedazo de megalito, han contactado unos tipos de Francia hace dos años.

-¿Y lo grabaron?

-No, esos seres poseen una tecnología que inutiliza nuestros aparatos.

-¿Cómo los inhibidores de frecuencia?

-Sí, algo así.

-Vaya

 Llevaban allí un buen rato y los bocadillos, junto con un par de cervezas, ya habían desaparecido, era el momento de empezar a comer las patatillas y las galletas saladas. Antonio estaba seguro de que, una vez más, aquellos seres inexistentes no iban a aparecer solamente por la fe que profesase Pedro, pero eran momentos muy divertidos en los que acostumbraban a hablar largo y tendido de sus cosas. Miró a su amigo que, en ese momento, usaba los prismáticos en dirección a Orión y sonrió; seguía siendo ese soñador al que no le importaba jugársela por sus convicciones, un tipo que se presentaba al mundo como investigador de misterios y al que el mundo solía responderle con un “ah, otro friki”. Todavía recordaba cuando, de pequeños, Pedro se afanó en demostrar que el director de la escuela realizaba pactos con entidades malignas en su despacho pero lo que hacía en realidad era violar su celibato con la profesora de lengua. De cualquier forma, Pedro, había resuelto el misterio de los extraños gemidos y susurros que provenían de allí dentro.

-¿De qué te ríes?

-Me estaba acordando de lo de que el director era satánico.

-Je, je, je, a ver, indicios había. Esos cambios de humor no eran normales y cuando se enfadaba, madre mía, parecía que hablaba a  través de él el mismísimo Satanás.

-Sí, pero con gallos.

 En mitad de la carcajada compartida, un ruido en el bosque los alertó. No solía venir nadie por ahí, además, el sonido parecía venir de lo alto de los árboles. Podría haber sido una alimaña, pero de pronto una luz muy potente surgió de entre las ramas de los arboles más cercanos al claro en el que ellos se encontraban.

-Ya están aquí.

-¡Eso es una linterna!

 Entonces se escuchó un quejido, después un crujido y finalmente un golpe. La luz dibujó todo el proceso de caída desde el árbol al suelo.

-Pues si se trata de un alien me parece que es un poco torpe.

-Posiblemente no estén adaptados a nuestro planeta o a nuestro plano.

-¿Qué?

-¡Ven, vamos a comprobarlo!

 Antonio pudo ver cómo, sin pensárselo, su amigo cogió su linterna y su móvil y se adentró en el bosque. A él, en cambio, no le parecía prudente, se había dado cuenta que el bosque se había quedado en silencio desde el primer sonido, así que, además de la linterna, se dispuso a coger el machete que siempre llevaba en su mochila y a dejar su teléfono preparado para hacer una llamada de emergencia. En ese preciso momento se escuchó un grito. Antonio salió disparado en busca de su amigo, pero, antes de que llegase, emergió del bosque una criatura de casi dos metros. La luz de la luna permitía observar unos rasgos afilados. Sus ojos brillaban como los de un animal y sostenía con una sola mano por la cabeza a Pedro, este no se movía. Antonio se quedó paralizado y este ser se paró a unos metros de él.

-Perdona majete, ¿cuál de los dos va menos pedo?

 Antonio no supo si le había entendido bien. Se dio cuenta entonces que se había orinado encima. Todo su cuerpo estaba preparado para correr en dirección contraria a aquella aparición, pero al mismo tiempo una pequeña gota de rabia caía lentamente en un vaso que llevaba años a punto de colmarse.

 Mientras Antonio corría con el machete en alto y gritando como un samurái en su último acto de honor, le pasaron por la cabeza todas las veces que había sido humillado por ser buena persona, por estar atento a los demás y creerse sus mentiras, pero también se acordó de los buenos momentos que había pasado junto a Pedro, un tipo que, como buscador de misterios, amante de lo extraño, lo había aceptado con sus silencios y sus inseguridades ¡Aquel bicho del espacio se iba a enterar!

-Espera muchacho, no te mates. ¡Tú colega está vivo joder!

 Pero Antonio no escuchó, por ello la criatura, con resignación, estiró su brazo libre. Ahora tenía a los dos sujetos en el aire: uno se había desmayado y el otro daba machetazos al vacío, soltando casi toda su furia, las fuerzas le abandonaban. Le quedó un resto para pedirle a aquella criatura que acabase con su vida.

-No quería matar a nadie.

 Dejó caer a Pedro primero y después de quitarle el arma soltó a Antonio. En cuanto este estuvo libre se acercó a su amigo y comprobó que efectivamente seguía vivo. Varios olores inundaron el ambiente, aunque estaban al exterior, parecía haberse formado una campana en donde se encontraban. Sangre, sudor, orina, cerveza y vino.

-Mira, yo me iba para mi casa, pero he descubierto, tarde, muy tarde que los tipos que estaban de acampada un par de quilómetros      bosque adentro, no solamente estaban practicando el sexo en la naturaleza, sino que, también, se habían puesto morados de setitas y  después lo habían regado con vino, mucho vino. Cuando quise darme cuenta yo estaba todo puesto y si volvía a casa caminando, me    iba a costar mucho llegar antes de amanecer. Entonces volé, literalmente, porque, aunque resulta difícil, no corría riesgo de quedarme  atrapado. Les birlé esta linterna porque me pareció buena idea en aquel momento y bueno, a la mierda. El caso es que con el ostión  contra el árbol se me ha bajado bastante “el morao”, entre otras cosas porque he vomitado. Por eso todas estas manchas por el traje.  Antes era blanco, lo prometo.

-¿Qué eres?

 Me llamo Philip y soy de una larga estirpe de guardianes de las sombras, príncipes de las tinieblas… un vampiro. ¿Te suena? Y me gustaría echar un último trago, aunque me parece que noche y bosque marida con cerveza barata del DIA ¿cierto? En fin, es igual. Tengo el estómago un poco chof, así que ahí os quedáis.

 Ahora que estaba más cerca pudo observar bien sus rasgos y ya no eran tan afilados, se habían humanizado y una cautivadora sonrisa los despidió antes de volatilizarse ante sus narices. Antonio se atrevió a buscarlo en el cielo, le pareció que un punto en el horizonte realizaba eses de vez en cuando.

 Pedro se despertó un poco después de que Philip se largase. Miró a su amigo y lo abrazó. Ambos se echaron a llorar y durante mucho rato, las palabras sobraban. Aquella noche no habían visto ovnis, habían visto a Philip y este había cambiado su vida para siempre, entre otras cosas porque a poca distancia y aproximándose a gran velocidad dos campistas desnudos y muy hambrientos, se dirigían hacia allí.

 

 

Publicado la semana 9. 04/03/2018
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