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J. J. Emrys

Su trono.

Pedro seguía con su cámara los pasos de las personalidades que marchaban hacia la puerta centenaria. Las directrices que había recibido dejaban claro lo que tenía que captar y lo que no. Emitían con minutos de retraso, pero eso no era suficiente. Nada de estatuas decapitadas ni de símbolos extraños en las paredes, nada de gente lanzándose al vacío. No hasta que él apareciese.

El último en presentarse en la alfombra fue Donald Trump. La imagen de una marioneta cruzó, fugaz, la mente de Pedro en el mismo instante que uno de los gigantes, que contenían a las masas, giró la cabeza en su dirección. Los ojos brillaban como los de un gato en las tinieblas. Parecían humanos, pero miraban como lo hacen los leones antes de devorarte. A su escasa saliva le costó abrirse paso a través de la garganta reseca.

 

<<Tu graba Pedro, graba y en algún momento volverás a lo que quede de tu casa>>

 

En el pinganillo, la voz que había sustituido a la de su jefa por una más gutural, le ordenó que se dirigiese a la escalinata y allí le indicarían en que lugar situarse.

 

Enseñó la marca tras su flequillo al gigante de la puerta.

 

<<Estás de suerte Pedro, a tres metros del espectáculo>>

 

Se situaría sobre un pedestal que antes ocupaba la estatua de un ángel. No pudo evitar un escalofrío a poner un pie en él.

 

Antes del protagonista entraron sus más cercanos consejeros. El séquito siniestro lo formaban seis encapuchados. Detrás de su cámara, Pedro vio aparecer al ser de voz envolvente, de rasgos ambiguos, que despertaba los instintos más oscuros de quien estuviese en su presencia. Sonriente miró a cámara. Atravesó la lente y llegó hasta el cerebro de Pedro. Era una mirada de fuego, de un fuego más antiguo que el universo, que aplicaba la ley de tierra quemada y así, aquella mirada había cruzado la Tierra. Pedro supo que la humanidad sentía lo mismo que él. Un amor infinito y el terror a perderlo.

 

Ocupó el trono.

 

Su séquito rompió la formación. Uno de sus miembros hizo una genuflexión ante el trono. Al descubrir su cabeza el mundo pudo comprobar que el papa de Roma, derramaba lágrimas de sangre arrodillado a los pies del que reinaría mil años.

Publicado la semana 88. 04/09/2019
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