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J. J. Emrys

El acompañante.

– ¿Cómo se encuentra usted esta mañana don Eugenio? Soy Javier Perilla, su nuevo acompañante

 

Un hombre encorvado en una silla, dejó la tablet encima de una mesita pegada a la ventana por la que entraba más luz de la casa. Sus manos buscaron un trapo para secar el vaso que acababa de tirar

 

– Discúlpeme ¿le he asustado? ¿le han avisado que vendría, verdad? Permítame que le ayude. Bueno, bueno, con el calor que hace pronto secará.

 

– No, no, no. Yo me apaño, de momento yo me apaño. No te preocupes.

 

Una mano joven se posó optimista sobre un hombro que soportaba la mitad de las cargas de toda una vida.

Eugenio sonrió. Lo mejor que pudo. No estaba seguro como se veía su cara con esa mueca en ella. Falta de práctica.

 

– Yo insistí en que no había ninguna necesidad, la chica…

 

– Aurora.

 

– Sí, ella ha sido muy amable pero yo estoy mejor solo.

 

La mano relajada de Javier palmeó el hombro tenso de Eugenio.

 

– Noooo, que vaaaa. La soledad es buena consejera pero muy mala compañera.

 

– En mi caso es elegida.

 

– Bueeno pero un ratito de charla le sienta bien a todo el mundo.

 

El hombro anciano se elevó e un gesto de resignación y la mano joven alzó el vuelo aprovechando el impulso.

 

– Pero mire hijo ¿no tiene usted familiares que atender o algún amigo en problemas?

 

El rostro de Javier se emborronó como la tinta en una carta de despedida. Eugenio detectó tristeza disuelta en melancolía. El anciano sintió que su lengua quería salir a pasear por sus labios secos pero se contuvo. Pues sí que estaba desentrenado. Quién sabe, tal vez hoy pueda entrenar.

 

– Desgraciadamente no, señor Eugenio. Mi padre nos dejó cuando yo era un crío y a mi madre la enterré hace dos años. No tengo más familia y mis amigos los he dejado lejos cuando vine a esta parte del país.

 

– Vaya.

 

Eugenio relajó su sonrisa y la dejó irse poco a poco hasta que regresó al cajón en el que guardaba sus habilidades sociales. Observó un instante a aquel pobre desgraciado y dijo ayudado de un suspiro:

 

– ¿Y cuánto tiempo vas a quedarte aquí? Conmigo, me refiero.

 

Javier reescribió su rostro y dio una par de aplausos para asustar el recuerdo.

 

– Pues había pensado en quedarme una horita para conocernos y eso y, bueno, ver si congeniamos ¿le parece?

 

– Veremos.

 

Javier miró el reloj en la muñeca izquierda de Eugenio cuando el anciano extendió el brazo sobre la mesa. Habían pasado diez minutos. Notaba cierta hostilidad, pero sabía por experiencia que eso era normal en personas solas, era su manera de pedir ayuda. Algunos incluso le habían gritado, pero en el fondo agradecían su trabajo. Un punto a favor de aquel anciano es que era educado. En la asociación le habían hecho un par de entrevistas a petición de la persona que le limpiaba la casa y le dejaba un plato de comida para el mediodía y otro para cenar, que se trataba de un hombre educado y disciplinado, pero sin nadie que lo visitase ni respondiese por él. Sin familia y repatriado tras su jubilación pasaba las tardes solo.

 

– Y dígame Javier ¿a qué se dedica usted?¿vive de visitar viejos?

 

– No, jaja, no visito viejos, acompaño a personas que a lo mejor me necesitan, pero en realidad soy abogado, esto lo hago por devolverle algo a la sociedad.

 

– Ya. Le debe usted cosas a esa sociedad.

 

– Creo que sí. Vengo de una familia humilde y las ayudas y las becas han supuesto un salvavidas y ahora que vivo bien, que mi familia vive bien, creo que es una obligación moral.

 

– Especialidad, laboralista ¿me equivoco?

 

– Sí, ¡cómo lo sabe! ¿Mentalista?

 

Simpático joven. Sonrisa, asentimiento y palmada en la pierna de un anciano cada vez más entusiasmado con sus estiramientos psicológicos.

 

– Tiene usted pinta de idealista y además huele a juzgados, de la parte que se ducha todos los días. No es usted como yo, que aunque siempre me he aseado en condiciones, me rodeaba de la peor calaña. La defensa es un derecho incluso para los psicópatas.

 

– Caray, caray ¡Qué bueno! Tenemos un gran tema en común.

 

– Es cierto aunque me tendrá que disculpar Javier tengo que ir a coger un vaso de agua. Es la hora de la pastilla de la tensión.

 

Como si recibiese una orden militar, Javier se levantó apurado negando con la cabeza.

 

– Voy yo. ¿Dónde está la cocina? Aquella puerta de allí, supongo.

 

Cuando aquel hombre desapareció tras la puerta, alegre por hacer feliz el corazón de un anciano, una lengua reseca salió sin complejos como señal, para quien reconociese el gesto, de que no había marcha atrás. Se mordió el labio inferior hasta que brotó la sangre. Chupaba con gusto Eugenio mientras sus manos, con la experiencia incrustada en las arrugas, cerraba una caja en la que guardaba un puñal que ahora su otra mano dejaba suavemente sobre sus piernas.

 

Javier dejó el vaso a lado de la pastilla y volvió a sentarse junto al anciano.

 

– Gracias Javier. La verdad es que levantarme es lo que más me cuesta. Dígame ¿le dijo a la chica, esto, Aurora, a que hora vendría a visitarme?

 

– No, le dije que me pasaría a lo largo de la tarde.

 

– ¿Le importaría quedarse más tiempo? Es que son ochenta años difíciles de resumir en una hora.

 

– ¡Ochenta, caray! Pues yo tengo justo la mitad.

 

Una mano acariciaba el vaso medio vacío, la otra escondía la muerte.

 

– ¿Esposa e hijos?

 

– No, no he encontrado pareja, pero no descarto adoptar.

 

– Entonces Javier, si se muriese hoy nadie le recordaría.

 

– Bueno, tal vez el cartero o usted, si todo marcha bien.

 

Otra vez el buen humor de Javier que tenía vista perdida en un vaso medio lleno y, por fin, el rictus de cazador en la máscara de Eugenio.

 

– Pues va tener suerte.

 

Su enfermedad, en un instante glorioso, fue más débil que su ímpetu. El corazón de Javier explotó, el puñal taponó la herida. Aquel optimista estaba muerto y Eugenio se sentía vivo otra vez. Su corazón latía con fuerza.

El temblor regresó. Javier cayó al suelo. Eugenio se tomó la pastilla y se bebió el vaso hasta vaciarlo.

Sonriente desbloqueó su tablet y la hemeroteca de La Voz de Galicia contaba la historia de unos crímenes sin resolver.

 

Su legado.

 

– Jamás te olvidaré soñador.

Publicado la semana 86. 22/08/2019
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