Semana
08
Caballo de Coia

Anillo. 4ª parte

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Relato
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 La puerta vibró, las cosas empezaron a desaparecer. Volvió a vibrar, la luz del sol ganó terreno a la oscuridad y su casa recuperó los colores. Vibró por tercera vez y su ropa estaba limpia y su piel volvía a brillar plena de juventud.

-Hola. Mira, ha habido una confusión. Me ha llegado este sobre. Te pido mil disculpas por abrirlo, pero creí que era algo que había  encargado y entonces vi este anillo, revisé la dirección y, bueno, era ésta. Lo siento de verdad.

 La mujer que tenía en frente miraba el anillo con los ojos muy abiertos. Una sonrisa empezó a brotar hasta que, para su sorpresa, empezó a reír. Él no sabía qué hacer. Guardó de nuevo el anillo en el sobre y se lo ofreció a su dueña, bastante incómodo con la risa que parecía poseer a aquella desconocida.

-Espera, lo siento. No te ofendas, es que me alegro mucho de que me lo hayas traído. Llevo mucho tiempo esperándolo. Es muy  importante para mí.

 Él se relajó un poco.

-Me alegro que te haya puesto tan contenta. Ahora tengo que irme.

-¿No dejas que te invite a tomar algo?

-Tengo un poco de prisa.

-Venga, solo serán un par de minutos. Tengo café recién hecho.

 El olor a café, de pronto, se hizo muy presente y los ojos de aquella mujer brillaban de una manera especial, ya había visto ese brillo antes. Fue entonces cuando ella le puso una mano en el pecho.

-Déjame agradecértelo, por favor.

 Estaba a punto de llegar al orgasmo. Todavía no entendía muy bien como había acabado haciendo aquello con su vecina y, aunque nada le importaba en aquel momento, sería inevitable el conflicto dentro de unos minutos. Trató de dejar aquella culpa a un lado, como siempre, el error ya estaba siendo cometido. Algo, que se movió sobre el respaldo del sofá, a su derecha, lo distrajo. Era un gato. Se volvió a concentrar en lo que tenía entre manos y ambos parecían estar en el mismo punto. Durante el clímax echó su cabeza hacia atrás, y ella, con sus manos apoyadas sus hombros, soltó un último gemido y se dejó caer. Él abrió los ojos y el pelo de su vecina le tapaba la visión, lo apartó... en el lugar del gato había un hombrecillo vestido de verde que se miraba las uñas de su mano izquierda. De repente se sintió muy indispuesto, tenía ganas de salir corriendo, pero no conseguía mover ni un solo dedo.

El hombrecillo se bajó del sofá al mismo tiempo que la mujer se retiraba y se situaba de rodillas frente al sofá con las manos apoyadas en sus piernas y mirando hacia el suelo.

-Buena chica. Pronto acabará.

 Logró sentarse y se dispuso a salir corriendo, lo haría totalmente desnudo y, con total seguridad, su pareja le preguntaría algo y nada de lo que dijese sería creíble, pero no le preocupaba en absoluto, solamente pensaba en alejarse de aquel ser como si de un león se tratase.

-Antes de que salgas corriendo toma, tu ropa y el anillo. Has sido malo y yo te ofrezco un salvoconducto, ¿a ver qué te parece? Has salido a recoger un anillo que te guardaba tu amigo Luis para pedirle matrimonio a la buena de Julia. No lo guardabas en casa para no estropear la sorpresa.  Después la llevarás a cenar y todo irá bien.

 No podía creer lo que estaba pasando. El terror lo invadía, pero su curiosidad le formulaba preguntas en bajito. Su cabeza era una fiesta de locos en aquel momento. Miró para la mujer con la que acababa de tener sexo.

-Es largo de explicar, pero como veo que no te decides a marcharte, te puedo contar algo. Andrés, tu aún no lo sabes, pero ya estás  muerto.

Fin

Publicado la semana 8. 25/02/2018
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