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J. J. Emrys

De gallegos y aceitunas.

Cuando me quise percatar ya no quedaba nadie a mi alrededor. Con todo el desprecio del mundo, sin tan siquiera mirarnos, aquellos seres lentos y ruidosos se habían llevado a mis compañeras, mis amigas, mis hermanas. Se las ponían en una de las partes más altas y viscosas de su forma. Ya no las he vuelto a ver. Se las han comido, sin duda. Ahora recuerdo las historias que escuché cuando me mecía, pequeñita, en la rama más alta. Decía aquel árbol que nuestra vida tendría tres caminos y todos llevaban a la muerte. El mejor de los finales era convertirse en semilla, pues tendrías posibilidades de renacer como árbol. Los suspiros se multiplicaban por las ramas, era la máxima aspiración de cualquiera de nosotras y rogábamos al destino que fuese benevolente con nuestros anhelos. Mis ruegos no fueron atendidos. El viaje hasta este lugar ha sido largo y todo apunta a que está a punto de terminar. Nunca seré árbol y no me exprimirán para...

 

¡Espera pequeña Oliva! Parece que los gigantes se marchan, la suerte me sonríe. Creo estar inmersa dentro de una leyenda. Sí, la que contaban algunos árboles entre ellos, cuando no estaban hablando de sequías y aguaceros, claro. ¿Cómo se llamaban? Gallinos, galatos, gaguellos ¡gallegos, sí, gallegos! Al parecer he terminado en uno de sus lugares de reunión y les he dado vergüenza. No trataré de entender las extrañas costumbres de estos seres, tengo algo más importante que hacer.

 

¡Vamos Oliva, tú puedes! ¡Caer y rodar, caer y rodar! Seguro que encuentro un lugar donde hacerme árbol y contar esto a mis futuras olivitas.

Publicado la semana 70. 05/05/2019
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