Semana
07
Caballo de Coia

Anillo. 3ª Parte

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 Marta sabía que estaba despierta, pero no podía moverse. Cuanto más lo intentaba más rígidos se ponían sus músculos. También sabía que había alguien más con ella, en su cama. No era la primera vez que le ocurría, pero en esta ocasión tenía motivos para inquietarse. Quien se encontraba a su lado no era su pareja, a menos que de repente se hubiese convertido en un perfecto tenor.  

 La voz cesó y el silencio se volvió tan denso que podría pesarse. Sus alarmas se dispararon cuando además pudo comprobar que ningún otro sonido perturbaba ese silencio, ni siquiera su respiración. Por un momento pensó que estaba muerta.

Bien. Ahora que ya estas despierta me gustaría explicarte tu nueva situación, querida Marta.

 No conocía aquella voz, que parecía venir de muchos sitios a la vez, pero le resultaba familiar. La verdad es que le recordaba a muchas voces a la vez. Su cerebro trataba de evadirse de aquella situación, el miedo obligaba a intentar buscar alguna salida en sus recuerdos. Supo, con la certeza absoluta que se tiene en los sueños, que aquella era la voz de todas las personas que la habían herido a lo largo de su vida.

  Los pies y las manos comenzaron a mostrar los primeros espasmos que indicaban que, poco a poco, el cuerpo empezaría a reaccionar y ella recuperaría el control. Quien le hablaba lo notó.

Vaya, tenemos menos tiempo del que pensaba. Esta bien, vamos allá. Tú ya no tienes marido, no es que haya muerto, no nos servía para nada muerto, sino que ha decidido cambiar de pareja y ser padre. Tal vez un pequeño ritual le haya ayudado a tomar esa decisión, pero no ha ocurrido nada que él no hubiese deseado antes. Supongo que no lo sabías, pero siempre quiso tener un hijo y una aventura con la vecina. En definitiva, ya no tienes esposo, pero sí mucho más espacio ¿no es lo que querías? No hace falta que respondas, he visto tu casa muchas veces y, de verdad que, en algunos armarios, podrían esconderse cadáveres que ni siquiera el olor sería capaz de salir. También le he echado un vistazo a la biblioteca y está llena de libros de autoayuda y de misterio, una combinación bastante habitual, por cierto, y que suele facilitarnos el trabajo. Todavía me sorprende lo fácil que es que vosotros mismos abráis las puertas a nuestra presencia, como llenáis la casa de objetos que no entendéis y les llamáis adornos y emitís sonidos de los que desconocéis el significado mientras dejáis en blanco vuestra mente. ¡Bendita ignorancia! Adoro esta época en la que, en vuestra absoluta soledad, buscáis luz precisamente en las tinieblas. Casi me dais pena.

 Un sonido gutural surgió de la boca de Marta que ya movía ligeramente los dedos de las manos.

Abrevio. El anillo de tu marido nos lo hemos quedado ya que, lo que Dios ha unido, el humano no lo puede deshacer, pero a nosotros se nos deja cambiar de cromos. Cuando regrese a ti, quien te lo traiga será el elegido para completar el círculo. Supongo que pensarás que puedes negarte, pero hasta que llegue ese día serás atormentada hora tras hora de tu vida y, conociéndote, no creo que te hagas la mártir al final. ¿Qué ganamos nosotros?, te preguntarás, o no, probablemente no, pero el caso es que me encanta contarlo. ¡Almas!, que iba a ser si no. Toda esa energía desperdiciada en seres que no saben ni cómo usarla. La inmortalidad, el regreso a casa y os las da a vosotros ¡una piara de cerdos primates!

 Marta notó entonces cómo algo frío empezaba a trepar por su pierna, cientos de patas la acariciaban. Parecía húmedo, pero la piel que dejaba a su paso empezaba a arder como si un fuego se desatase en el interior.

 Un rostro se asomó a sus ojos. Quedaría grabado en su memoria y sería lo último que recordaría cuando, años después, la demencia le arrebatase todos sus recuerdos.

Hay que tener cuidado con lo que se desea Marta

 La movilidad regresó y un grito estalló en el aire al mismo tiempo que aquel fuego, que había empezado en la pierna, le quemaba también su abdomen, su pecho y su cara…

 La puerta de Julia se abrió y Marta dejó la posición fetal que guardaba encima de la alfombra, aquella estaba siendo la peor noche hasta la fecha. El dolor era intenso, casi insoportable. Había decidido que no podía más y que iba a quitarse la vida, pero sintió la necesidad de echar un vistazo por la mirilla. Apartó todo aquello que había regresado a su casa y casi no la dejaba caminar, se apoyó con dificultad en su puerta, la misma que no había logrado abrir desde hacía ya mucho tiempo. Cayó en la cuenta entonces de lo que estaba pasando.  Julia iba a parir. Un hijo sin alma, un recipiente perfecto para seres que no deberían existir iba a llegar a este mundo y ella no iba a hacer nada más que completar su misión con la esperanza de que ellos cumpliesen su palabra. Desechó entonces el suicidio. Vio salir a Luis y no logró sentir nada, pero cuando apareció Julia y ésta fijó su vista unos instantes en la mirilla mientras sonreía, Marta gritó; o al menos esa fue su intención, pero su voz se había roto hacía nueve meses exactos cuando su torturador la encerró en aquel lugar que parecía su casa. Enseguida había comprendido que no.

 Regresó al punto central de la habitación. Recogió el papel que descansaba a su lado por las noches y continuó dibujando. Paró de repente y miró a su alrededor, la poca luz de las farolas que entraba por una grieta en la oscuridad, fue suficiente para contemplar su magna obra. Cientos de retratos abominables cubrían los huecos que dejaban los montones de objetos que a lo largo de su vida tuvo y sobre los que sobrevivía ahora y, en la pared, estos dibujos formaban un mapa unido por cuerdas. En el centro, la imagen de un duende clásico sonreía como sonríe el mal sin emociones.

Marta lloró por última vez.

Continuará…

 

Publicado la semana 7. 18/02/2018
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