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J. J. Emrys

Desde el abismo: La madre

Su invitada se estaba despertando. Carla dejó la leña en el suelo y cogió su revólver. Apuntó al centro del cuerpo que empezaba a desperezarse dentro de los límites que sus ataduras le permitían. La chica de pelo rubio alborotado y cara alargada abrió los ojos dejando su verde brillar en aquella cocina oscura. Su invitada no tardó en comprender la situación a juzgar por su reacción.

 

– ¡Por favor, por favor, no dispare!

 

Carla frunció el ceño, tensó el brazo, apretó los labios y levantó su mentón. Tenía que matarla, si no lo hacía solo quedaban dos opciones: soltarla y que con toda probabilidad revelase su posición a los indeseables, o dejar que se quedase el tiempo suficiente para que se le pasase eso que traía con ella y después; después iba a ser todo más complicado. A duras penas había sobrevivido los últimos meses y aumentar la familia no era bueno para superar el apocalipsis. Le había parecido sucio matarla mientras dormía o cuando la dejó inconsciente con los dardos; debió haber acabado con ella entonces. Se habría ahorrado todo ese esfuerzo, todas las dudas, pero su vista la había engañado. Durante un segundo creyó que su hija estaba de vuelta.

 

– Por favor, se lo suplico, estoy...

– ¡Ya se como estás! Eso no me importa. Voy a matarte, lo siento, las cosas son como son.

– Deje que me vaya. No quería meterme en su propiedad, ni siquiera sabía que hubiese alguien vivo por aquí.

 

Carla relajó su postura. La verdad es que hacía mucho que no hablaba con nadie vivo. Las fotografías siempre tenían esa sonrisa estúpida, siempre la misma respuesta “¿recuerdas Carla, cuando el problema eran las facturas?”

 

– Claro que no lo sabías, por eso soy la única que sigue viva en este cementerio. ¿Cómo te llamas?

– Agnes, señora

 

Carla elevó su ceja izquierda. Sus defensas bajaron y con ellas el arma.

 

– Tienes nombre de monja. No me importa lo que hayas sido, pero que no se te pase por la cabeza hablarme de Dios. Tengo un buen día hoy, aprovéchalo.

 

Agnes asintió. Entonces el miedo dejó paso a las sensaciones corporales. Estaba mareada y sentía su sus piernas empapadas y frías. Supo que se había orinado encima. En la espalda un dolor se localizaba cerca de su hombro derecho y a oleadas reclamaba su atención. Las cuerdas apretaban y mucho pero su cerebro decidió no prestar demasiada atención a más estímulos, los anteriores fueron suficientes para perder el conocimiento.

 

Despertó, aunque está vez sobre algo blando y pudo llevarse la mano a la cabeza para intentar aliviar el dolor que sentía entre sus ojos. Estaba desnuda y olía a jabón del que usaba su abuela, el que fabricaba ella misma. Fue una de las primeras cosas que aprendió a hacer cuando era niña. Se incorporó como si se le hubieran caído encima de cada uno de sus músculos veinte años de trabajos forzados. Cuando estuvo sentada en la cama se palpó el vientre. No tuvo tiempo de preocuparse, la puerta del cuarto se abrió y entró Carla con un plato de garbanzos con trozos de carne seca y una especie de torta de pan a medio sumergir en el plato. Agnes llevaba dos días comiendo hojas y moras, lo poco que sabía que era comestible. No supo cazar y aunque lo hubiese hecho no tenía ni idea de hacer fuego. Dio las gracias y, sin pensarlo, empezó a comer con sus manos mientras trataba de guardar las formas de alguna manera.

 

– ¿En la ciudad esta de moda comer así o solo es cosa tuya? Esto es un tenedor y ayuda a no ensuciarse tanto.

 

Estaba desnuda, hambrienta, dolorida, asustada, pero ,aún con todo, fue capaz de sentirse avergonzada.

 

– Tienes ropa en ese armario. Era de mi hija, supongo que te servirá. Cuando estés lista quiero que vengas a la cocina. Te he preparado un petate para que te busques tu propio lugar lejos de aquí.

 

Cuando llegó a la cocina Agnes parecía otra. Llevaba un vestido de verano azul. Se sentía muy cómoda y limpia. Podría decirse que era feliz por primera vez desde el evento solar. Carla se quedó mirándola y no pudo evitar sonreír ante su inocencia. Debía ser consciente que seguir con vida necesitaba de unos buenos vaqueros por lo menos, pero la alegría que irradiaba la joven era palpable. Su ceño volvió al punto de partida. Tenía que echarla, cuanto más tardase más difícil iba a resultar.

 

– Siéntate. Toma.

 

Le acercó una taza con un líquido templado que olía muy dulce.

 

– Es una infusión para que te alivie un poco el malestar. El somnífero era fuerte. Espero que no haya afectado a eso, aunque te he de confesar que no me importaría haberlo matado.

 

Agnes acercó sus manos a su barriga que incluso con el vestido tan holgado resaltaba y empezó a acariciarla mientras se echaba un poco hacia atrás en su silla alejándose del dedo acusador con el que su anfitriona apuntaba a su vientre.

 

– No diga eso, por favor.

– Tendría que darte algo para interrumpirlo. El mundo está roto y no hay futuro. Te va a complicar mucho la vida, si sobrevivís claro.

– Su padre nos ayudará.

– ¿Su padre?

– Sí, huimos, a las afueras de Ourense, cuando, bueno, llegaron los bichos. Nos separamos hace dos días y quedamos en Allariz.

 

Carla empezó a reír como no recordaba haberlo hecho nunca. Estaba ofendiendo a aquella pipiola, lo notaba entre carcajada y carcajada pero, que importaba. Agnes no aguantó más y se levantó. Cogió el petate y gritó un gracias tratando de superar los decibelios de la risa de la señora. Giró el pomo de la puerta pero no logró abrirla.

 

– Está cerrada. Espera un momento. Te prometo que dejaré de reírme, reina. Ibas bastante mal en cuanto a dirección se refiere. Estás más cerca de llegar a cualquier parte menos a Allariz, además allí tampoco queda nadie. No queda nadie en casi ningún lugar me temo.

 

Agnes dejó de pelearse con la puerta, soltó el pomo y dejó caer su brazo. Las lágrimas surgieron. La realidad fue como un océano sobre sus hombros y la hizo hundirse en las aguas de la evidencia. La señora tenía razón. No había futuro, nunca lo hubo. Lo más probable es que su novio hubiese muerto, o tal vez se había vuelto uno de ellos. Se sentía desdichada por haber logrado escabullirse de su congregación con la esperanza de empezar una nueva vida junto a él. Ahora todo aquello no importaba, se había perdido vagando por las noches, nunca llegó a la última cita. Jamás se volverían a ver.

Notó una mano en su hombro. Carla también lloraba. La abrazó y ambas se sintieron bien.

 

– Señora Carla. Tiene usted razón, Agnes es nombre de monja.

– Tengo buen ojo, aunque tus ropas daban pistas. ¿Ahora es cuando me hablas de Dios?

– No, no se preocupe.

 

Se secó las lágrimas con el bajo del vestido, tomó aire en profundidad y dijo:

 

– Ya no creo en Dios.

 

 

Publicado la semana 63. 17/03/2019
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